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Vladimir Putin gana de nuevo

Rusia no fue nunca muy liberal y mantiene un secreto gusto por el liderazgo

Enrique Vázquez

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E l lector ya habrá corregido perspicazmente el título de esta nota: Putin no puede ganar de nuevo porque la elección del próximo domingo en la Federación Rusa es parlamentaria, no presidencial… y solo se quiere indicar que, como siempre desde la fundación del partido oficialista, «Rusia Unida», el jefe del Estado gana. Y ahora sucederá lo mismo y solo se trata de saber conocer el número de escaños obtenidos en la Duma Estatal y la participación.

En el parlamento saliente «Rusia Unida», su partido y el del presidente de la República, Dmitri Medvédev, su socio con el que se alterna al timón según convenga, dispone de 238, de un total de 450, lo que es mayoría absoluta aunque estuvo aún mejor en 2015, con 315 escaños y nada menos que el 64,3 por ciento de los votos. A día de hoy el llamado «sistema Putin», una mezcla de nacionalismo pan-ruso, una actitud política de centro, desarrollo económico, baja participación y alguna compra de votos (se venden baratos) funciona y parece estable.

Probablemente la no siempre amable descripción de Putin como «el nuevo Zar»no molesta gran cosa al interesado y, desde luego, es un recuerdo amable para un ruso medio al que ya muchos observadores perspicaces dan como calurosamente interesados en una historia patria que desde Catalina la Grande en el siglo XVIII hizo de Rusia lo que es hoy. Coexiste sin problema alguno su recuerdo con la momia de Lenin y aún con la estatua de Stalin en una especie de exhibición patriótico-científica de cómo ve, o debe ver, un pueblo maduro su historia, grande, compleja, desventurada a veces y gloriosa otras.

Quien quiera detalles de gran altura puede ver la última contribución al respecto de la primera rusóloga de Francia, Hélène Carrère d´Encausse, «Seis años que cambiaron el mundo», recién aparecida en el mercado español y que ya nos había ilustrado a fondo con su «Rusia inacabada», de 2001. Queda claro que todo lo sucedido en Rusia-URSS en el siglo XX ha sido asimilado, digerido y sometido al veredicto de la eficiencia (por ejemplo, la condición de superpotencia atómica), la condena (los crímenes del estalinismo sin negarle al tirano su jefatura en la Guerra contra la Alemania nazi, terminada con una victoria memorable al precio de 21 millones de muertos) y adobado con el cambio generacional y de contexto internacional.

El mérito de Putin, al fin y al cabo un ex- agente de Inteligencia, fue el de intuir todo esto a la sombra de Yeltsin, quien le metió en el corazón del poder y, de hecho, le ungió como su heredero. Al corriente de que el país, por fin dotado de una Constitución, con partidos y superado el inicial caos post-comunista, pedía otra cosa él la inventó: se necesitaba un líder fuerte (su publicitado gusto por el yudo, la gimnasia y su excelente forma física a los 64 años es deliberado) y Rusia lo tiene. Las carencias del régimen son muy grandes y a menudo inaceptables desde los elevados parámetros del Occidente liberal… pero Rusia no fue nunca muy liberal, como supo muy bien Robert Service, otro sovietólogo de primera, y mantiene una especie de secreto gusto por un fuerte liderazgo.

Es, pues, poco práctico abordar el análisis de la situación en Rusia - o su política exterior y de seguridad - sin ponderar todo lo dicho. Y eso vale, por ejemplo, para entender la posición de Moscú en Oriente Medio. Lo que hace allí el Kremlin no le hace perder a «Rusia Unida» ni un solo voto…

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