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Volver a empezar

Quienes han optado por el cambio radical tienen su decisión tomada y no se avienen a razones

Antonio Papell

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En los primeros años de este siglo, llegamos a pensar, junto a nuestros socios de la Unión Europea, que habían concluido los ciclos económicos, o, al menos, que estábamos atravesando un ‘ciclo largo’ que nos depararía mucho tiempo de prosperidad. Kondrátiev era el economista de moda, por primera vez en mucho tiempo nos acercábamos al pleno empleo y España vivía momentos cercanos a la euforia.

El resto de la historia es conocido: pronto caímos en la cuenta de que aquella percepción positiva de un futuro esplendoroso era un simple espejismo, la crisis nos golpeó como a ningún otro país en Europa –ni siquiera los tres países rescatados, Irlanda, Portugal y Chipre, han tenido convalecencias tan largas y dolorosas– y hoy nos encontramos postrados, con un desempleo crónico de tal magnitud que no sabemos realmente cómo afrontarlo, con la tercera parte de la población en riesgo de pobreza, y con unas expectativas francamente mediocres, sobre todo para la juventud, que ya ve con preocupación no sólo que está condenada a vivir peor que sus padres sino que sus ambiciones sólo podrán colmarse por la vía agridulce de la emigración.

Por añadidura, quienes han gestionado el país en esta última década, con los resultados que a la vista están, no sólo han de cargar con el lastre de su propia obra sino que han de responsabilizarse del gigantesco expolio de las arcas del Estado que sectores relevantes de la clase política han perpetrado. La mezcla explosiva de la crisis económica –con sus secuelas de depauperación y desintegración social– con la corrupción generalizada que han llevado a cabo los principales partidos, han causado la irritación y la desafección que están en el origen de este inquietante proceso político, que arrancó en el 11-M y en las protestas ciudadanas que dieron lugar a la formación de Podemos, y que concluirá provisionalmente con las elecciones de este próximo domingo, en que se constatará una grave fractura y se abrirá un nuevo periodo de negociaciones de muy difícil desenlace.

En teoría, la salida de esta crisis que nos asedia, que ha provocado el empobrecimiento y la proletarización de las clases medias y que ha generado un profundo divorcio entre buena parte de la opinión pública y el establishment formado por las elites que han pilotado el desastre, debería acometerse mediante un poderoso golpe de timón, protagonizado por unos partidos que deberían haber llevado a cabo profundas catarsis internas para recomponer el rumbo, reorganizarse internamente y superar la degradación provocada por la corrupción.

Sin embargo, un sector del electorado no parece dispuesto a auspiciar semejante resurrección, porque no tiene confianza alguna en los actores políticos que nos han traído hasta aquí y/o porque quieren tomar legítimas represalias contra ellos y han decidido por lo tanto optar por otras opciones nuevas e incontaminadas. El quebranto ha sido tan serio y la inmoralidad de los partidos tradicionales tan irritante que muchos de los más damnificados por el cúmulo de desmanes apuestan por volver a empezar, por hacer borrón y cuenta nueva del sistema que tan intensamente ha decaído y por ponerse en manos de los recién llegados.

Quienes han optado por el cambio radical tienen su decisión tomada y no se avienen a razones ideológicas: es indiferente el discurso que emita Podemos porque el apoyo de estas personas indignadas no vacilará. Eso explica algunas aparentes paradojas, como el hecho de que los mismos que apoyaron a un Podemos transversal vayan a apoyar ahora a un Podemos que ha pactado en la extrema izquierda.

Esta es la situación que cada cual es dueño de calificar como quiera. Una situación que han labrado a pulso los partidos tradicionales y que habrá que desanudar con sutileza e inteligencia.

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