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Y las encuestas, ¿para qué?

Lo adecuado es hacer caso omiso a los resultados de las encuestas
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Las recientes elecciones en el Reino Unido han puesto una vez más de manifiesto la inutilidad de las encuestas previas a una contienda electoral. He preguntado a amigos sociólogos sobre el porqué de la discrepancia entre tales encuestas y los resultados de las urnas, y ninguno de ellos me ha dado una respuesta mínimamente convincente, aunque razonamientos de diversa índole no faltan. Así las cosas, cabe preguntarse por qué se realizan encuestas de tal naturaleza que, por supuesto, cuestan mucho dinero, si sus resultados son contrarios a la realidad de la suma de los votos extraídos de las urnas electorales. En mi opinión, conviene mantenerlas para tener activas instituciones públicas destinadas a tales menesteres, con importante dispendio de dinero público, aunque como digo sus estudios y conclusiones no sirvan para nada, o para muy poco.

Pero es que cada vez aparecen más a diario estudios resultantes de encuestas, que intentan explicar equivocadamente la intención de voto de los ciudadanos llamados a las urnas, en un año pródigo en citas electorales. En estos estudios, realizados con metodología muy afinada, además de sociólogos intervienen, entre otros, politólogos, psicólogos, urbanistas y economistas. Tales profesionales deben conocer ampliamente diversas disciplinas y contar con acreditada experiencia en las labores de elección de las correspondientes poblaciones.

En España tales actividades demoscópicas están directamente vinculadas al Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), un organismo público dependiente del Ministerio de la Presidencia, con una plantilla de unas cien personas, entre funcionarios y contratados laborales, creado en el año 1963 y profundamente remodelado en 1977, en los primeros años del inicio de la actual etapa democrática. La presente etapa política con la eclosión de nuevos partidos políticos, que tratan de romper el bipartidismo, con el consiguiente clima de incertidumbre, propicia considerablemente la actividad demoscópica, aún a sabiendas del poco valor que conviene atribuir a los resultados de las encuestas.

Recordemos que el CIS anunció en el mes de noviembre pasado que el partido Podemos se situaba como primera fuerza política en intención de voto directo, aunque quedaba en tercera posición por detrás de PP y PSOE, según los expertos. Los sondeos electorales incluyen la creación de una muestra y un cuestionario, el denominado trabajo de campo o entrevistas a los encuestados, el análisis de la información y la estimación de votos y escaños. Para todo ello, también hacen falta cualificados profesionales que se ocupen de las cuestiones cuantitativas: ingenieros, matemáticos, estadísticos e informáticos.

Los expertos tratan de justificar la discrepancia entre los resultados de las encuestas y la realidad, cuando manifiestan que ellos no hacen predicciones sino estimaciones, por lo que, obviamente, pueden aparecer distintos factores que no se tuvieron en cuenta en la preparación de la encuesta, lo cual deriva en notables desviaciones en los resultados obtenidos. Sea como sea, en mi opinión, tales encuestas deben ser consideradas prudentemente como meras estimaciones y en un contexto social determinado y, por supuesto, cambiante. Y lo que es peor, en ocasiones, no carecen de intencionalidades poco confesables.

En conclusión lo adecuado, ante la incierta maraña de votaciones que se avecinan, es hacer caso omiso a los resultados de las encuestas, por muy bien tabuladas que se presenten y con gran apariencia de fiabilidad pues, como decía al principio, tales resultados sirven para muy poco o para nada. Debemos, pues, lamentarnos de tener ocupados a tan buenos y excelentes profesionales en tales actividades y durante tanto tiempo. La única encuesta válida e indiscutible es la resultante de la contabilidad minuciosa de todos los votos extraídos de las urnas, una vez cerrados los colegios electorales.

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