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Y llegó el ‘peak’. El Gran Santiago entra en cuarentena

A punto del colapso. Las imágenes de enfermos inertes, embutidos en cápsulas plastificadas, trasladados en avión de una región a otra porque los hospitales de Santiago ya no dan para más, sacuden las entrañas

Josep Garriga

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Josep Garriga

Josep Garriga

A lo largo de su historia todo país retiene ciertas fechas, esas que perduran en la memoria forjadas con hierro candente. Algunas rememoran episodios gloriosos, otras en cambio desastres. Las mismas fechas pueden albergar sentimientos contrapuestos según sus protagonistas o espectadores. Para algunos esa jornada personifica una victoria o simplemente un halo de esperanza. Para los de enfrente, una derrota. Como el 11 de septiembre de 1973 (golpe de estado contra Allende) o el 18 de octubre de 2019 en Chile (arranque del estallido social). 

En cambio, otros días, con independencia de lo que acontece -generalmente tragedias- son capaces de unir personas, sociedades o naciones porque todos nos ponemos en la piel de nuestros dolientes compatriotas. Como el 27 de febrero de 2010, cuando un terremoto de 8,8 sacudió Chile de norte a sur. 

Treinta y ocho comunas con más de 6,5 millones de habitantes encerrados teóricamente en casa

El pasado 30 de abril me gustaría que fuera una de esas últimas, pero creo pecar de optimista. El mismo optimismo que me llevó a creer que Chile había controlado la pandemia de coronovarius con su política cuasi efectiva de ensayo y error; que, efectivamente, nos hallábamos en una meseta cuando los contagios se mantenían estables entre 400 y 500 diarios; o cuando desde el Gobierno nos sermoneaban con la llegada de un «retorno seguro» y una «nueva normalidad» como quien anuncia el advenimiento de un nuevo Mesías.

No fui yo el único contagiado por ese virus. Fueron otros tantos chilenos que, quizá sin quererlo ellos mismos y el Gobierno sin pretenderlo, relajaron las medidas de confinamiento y autoprotección.

El Covid-19 partió de las comunas cuicas (ricas) de Santiago, las de clase alta y muy alta

El Covid-19 partió de las comunas cuicas (ricas) de Santiago, las de clase alta y muy alta. Esas que, a lo largo de los años, se han alejado del centro para acercarse a la cordillera. Como quien se coloca un antifaz o una bandera en los ojos para eludir la triste realidad que les envuelve.

Pero los virus, como se ha demostrado, no entienden de fronteras. Y menos las mentales.

Y, poco a poco, ese bicho maligno fue bajando hacia poniente y sur, hacia esas comunas en las que en tu primer día en Chile alguien te advierte que no debes pisar. Y no insistes, porque conoces los riesgos. Esas comunas hacinadas, a veces malolientes, con altos índices de delincuencia y poco salubres. Esas comunas en las que, en mi primer mes en Chile, a un amigo le pegaron tres tiros en una pierna.

Pero el virus tampoco entiende de clases. Y el 30 de abril -esa fecha fatídica- cuando el ministro de Salud, Jaime Mañalich, realizó su diaria comparecencia ante los medios, una cifra nos estremeció. Los contagios, hasta entonces controlados, se triplicaron a 1.600. Y escasos días después alcanzaron los 2.600. Los muertos se acercaron a la treintena y el santiaguino de a pie -utilice sanidad pública o privada, viva en oriente o en poniente- le vio el filo a la guadaña.

En esas estamos. El viernes pasado, a las diez de la noche, empezó a regir una megacuarentena, como aquí la han bautizado, que afecta al Gran Santiago: 38 comunas con más de 6,5 millones de habitantes encerrados teóricamente en casa. El Gobierno del presidente Sebastián Piñera era consciente de que o asumía el órdago o el sistema sanitario chileno entraba en colapso total porque las camas UCI y los ventiladores mecánicos empezaban a agotarse. Las imágenes de enfermos inertes, embutidos en cápsulas plastificadas, trasladados en avión de una región a otra porque los hospitales de Santiago ya no dan para más, sacuden las entrañas.

Unos, los desventurados, viajan en aviones medicalizados. Otros, con mejor suerte, pillan su helicóptero en Vitacura para relajarse el fin de semana en la costa. Y los terceros, aprovechando cualquier oportunidad por trágica que se antoje, se pasean a diario por los matinales de la televisión chilena intentado sacar tajada política en un año cargado de citas electorales. Desgraciadamente, toda desdicha también tiene sus vedettes. Sea en Catalunya o en Chile.

Natural de Gandesa, Josep Garriga empezó como periodista en el Diari de Tarragona. Tras casi dos décadas en ‘El País’ ahora trabaja como consultor de comunicación en Chile.

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