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Y otra vez en el puente de los asnos. La nueva normalidad resuelve viejas dudas

Sabia definición de diccionario. La dificultad que se encuentra en una ciencia u otra cosa, y quita el ánimo para pasar adelante, se llama el puente de los asnos

Joaquim Roglan

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Y otra vez en el puente de los asnos. La nueva normalidad resuelve viejas dudas

Y otra vez en el puente de los asnos. La nueva normalidad resuelve viejas dudas

La llamada nueva normalidad obliga a revisar muchos conceptos y costumbres, y el confinamiento forzoso aporta tiempo de sobras para hacerlo. Así por ejemplo, en tal día como hoy, se hablaba más del puente festivo que de la Inmaculada Concepción de María, que es lo que correspondía en tiempos de más fe, más trabajo y menos ocio y bienestar. Lo deja claro el Diccionario de la RAE, donde, entre más de treinta acepciones de la palabra puente, figura en sexta posición: «Día o serie de días que entre dos festivos o sumándose a uno festivo se aprovechan para vacaciones». Más adelante, añade la frase «hacer puente», que define como: «Aprovechar para vacación algún día intermedio entre dos fiestas o inmediato a una». Y no olvida el popular y coloquial «puente de los asnos», que explica como: «Dificultad que se encuentra en una ciencia u otra cosa, y quita el ánimo para pasar adelante.» La coincidencia con el Diccionari del IEC es casi total, ya que dice del puente: «Dia feiner que, escaient-se entre dos dies festius o inhàbils, es converteix també en festiu o inhábil». Añade como ejemplo: «Encara no sabem si la setmana que ve farem pont o no. El pont de la setmana santa». También aporta el tradicional «Pont dels ases: dificultat que es troba en alguna ciència, on s’encallen molts».

Dicho sea en catalán o castellano, es la situación más exacta o parecida al día de hoy. Con cientos de miles de personas encalladas y desanimadas sin saber si harán o no harán puentes y hasta dónde podrán o no podrán viajar. Agobiadas de dificultades para reunirse con quien deseen. Perplejas y ansiosas por ignorar más o menos exactamente qué se puede hacer o no hacer hoy ni durante las próximas semanas en el país, en el extranjero o en la propia casa. Ni a cuántos cuñados se puede reservar silla, dónde sentar a los abuelos de riesgo a la hora de comer ni si las criaturas si suman o no suman. O si comprar un pollo de proximidad y pasarse horas entre fogones discutiendo con la suegra, o que venga una empresa como Amazon, se ocupe de todo y cierre para siempre la charcutería del barrio. Antes de tanta libertad, tanto bienestar, tanto ocio y tantas posibilidades de elegir entre más de cien perfumes televisados cada día, la cosa estaba más clara. Misa por la mañana, procesión más o menos larga, vermut austero, comida típica y frugal, siesta y al día siguiente a trabajar, que los puentes servían para muchas cosas menos para escapar de la faena.

Encallados y desanimados de nuevo en el puente de los asnos, aquí ya casi nadie sabe qué hacer o dejar de hacer. Únicamente los tertulianos y tertulianas de la televisión, especialistas en todo que no se ponen de acuerdo en nada. Con lo cual, la desorientación está más asegurada si preguntan a las autoridades sanitarias y a sus consejos de supuestos expertos. Ante tanta duda vital y existencial, en fechas muy señaladas como hoy quedaba el refugio de los templos. Pero ahora ya ni eso, que las plazas están limitadas, las distancias medidas y no se puede ni dar la mano y desear la paz a la feligresa más cercana. Porque una solemnidad religiosa televisada es muy de agradecer, pero no huele a cera ni a incienso aunque sea en 5D. E igual les pasa a quienes miran los programas de viajes y de gastronomía desde casa cuando tenían pensado hincharse de marisco en cualquier puerto ahora que ha bajado el precio. Ni tampoco algo tan humilde como unos calçots, porque si se asan en un balcón o terraza se corre el riesgo de que arda el inmueble y la tragedia sea más grande. Hay quien dice que se pueden hacer al microondas, pero sin el olor a humo de sarmiento incrustado en la ropa nada es lo mismo, no vale la pena y se quitan las ganas.

Con pocas o muchas personas desganadas no se va a ningún lado, ni de puente ni de juerga. Y si se pudiese, también lo prohibirían. Por eso, para cuatro días que dura la vida, no sale a cuenta verse perseguido y multado por las autoridades y sin resolver ni una dificultad de la ciencia o la existencia. Así que más vale no cometer burradas, rogarle a la Virgencita quedarnos no mucho peor de como estamos y sobrevivir una temporada más en el puente de los asnos. Aunque sea muertos de aburrimiento, amén.


Periodista. Con raíces familiares en la Terra Alta, Joaquim Roglan fue corresponsal en Ràdio Reus y cofundador de Informes-Ebre. Profesor universitario, ha trabajado en los principales medios de comunicación de Cataluña y ha escrito veinte libros. Vive retirado en L’Empordanet.

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