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¿Y si el mal no fuera (sólo) Trump?Lo preocupante es que sus acusaciones a los medios sean compartidas

La libertad de expresión como pilar de una sociedad democrática. Los medios de comunicación no son amigos ni enemigos del pueblo. Basta con que sean amigos de la pluralidad y enemigos de la intolerancia. 

Josep Martí Blanch

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Centenares de medios de comunicación estadounidenses han editorializado esta semana sobre la necesidad de preservar la libertad de prensa en su país. El Boston Globe encendió la mecha que han seguido desde gigantes como el New York Times hasta humildes medios de tirada local.

La libertad de expresión como pilar de una sociedad democrática, y la defensa del periodismo y de los medios de comunicación como baluartes de la misma, son los ejes alrededor de los cuales giran los centenares de textos que han visto la luz. Enfrente, un presidente que no tiene ningún reparo en dedicar a la prensa cariñosos apelativos como «enemigos del pueblo» o «constructores de mentiras», dejando claro, día sí, día también, cuán tormentosa es la relación entre el inquilino de la Casa Blanca y buena parte de los informadores estadounidenses. 

¿Cuántos independentistas creen que algunos medios son enemigos de Catalunya o viceversa?

Si bien es cierto que otros medios de referencia, Washington Post o Politico, se han quedado al margen de la iniciativa, lo acontecido es del máximo calado y trascendencia, sobre todo en un país que permanentemente saca pecho de  que la primera enmienda a su Constitución fuese para garantizar el respeto a la libertad de expresión y prensa.

Como era de prever, el tratamiento en los medios de comunicación catalanes y españoles ha sido de unánime apoyo a la iniciativa de sus colegas norteamericanos. No podía ser de otra manera. Trump falta al respeto tan a menudo y con tanta vehemencia a los medios de comunicación que cualquier persona que sienta un mínimo apego por el respeto a la libertad de expresión y a la pluralidad no puede hacer otra cosa que censurarlo.

Pero ¿y si no hiciera falta cruzar el Atlántico para encontrar los mismos tics autoritarios que caracterizan a Donald Trump respecto a los medios de comunicación? Sin salir del ámbito gubernamental y político, ¿cuánta gente cree en España que algunos medios de comunicación catalanes son enemigos del pueblo español? ¿Hace falta recordar que, de haber sido por PP y Ciutadans, la aplicación del artículo 155 hubiese supuesto la intervención de TV3 y Catalunya Ràdio? Del mismo modo, ¿cuántos independentistas creen que algunos medios de comunicación son enemigos del pueblo de Catalunya? 

O, por añadir otra pregunta, cuando Mariano Rajoy felicitó a los medios de comunicación que habían estado al lado del Gobierno del Estado durante los hechos de octubre en Catalunya, ¿no estaba haciendo algo tan anómalo como Trump, aunque en sentido inverso, al explicitar que las empresas periodísticas habían ido más allá de su cometido meramente informativo?

¿Y si no hiciera falta cruzar el Atlántico para encontrar los mismos tics autoritarios hacia los medios?

El ejemplo doméstico sirve para ilustrar hasta qué punto la entrada de elementos emocionales o de gran relevancia en la agenda política quebranta el principio de responsabilidad que, en situaciones de menos encono, se mantiene en un cierto equilibrio entre todos los actores del ámbito institucional, incluidos los medios de comunicación. 

Las palabras de Donald Trump son veneno, ciertamente, y sobre él deben caer las acusaciones que sin duda merece de intolerante y autoritario. Pero mucho más preocupante que sus exabruptos es que buena parte de los ciudadanos de Estados Unidos los tengan por ciertos y que compartan esa misma mirada sobre los medios de comunicación. 

Llegados a este punto, uno puede conformarse pensando que los americanos son de la misma calaña que su presidente o, yendo un poco más lejos, puede interpelarse sobre si los medios de comunicación no habrán ayudado con sus prácticas a que estas acusaciones encuentren un terreno abonado en el que ser creídas a pies juntillas.

Si fuese así, junto a los editoriales conjuntos y la defensa a ultranza de la libertad de expresión que siempre ha de practicarse, harían bien las empresas editoras en reflexionar sobre el ejercicio de la práctica periodística. La emoción y los intereses ocultos no son nunca un terreno fructífero para el periodismo porque asesinan la credibilidad a largo plazo. Ni en América ni en cualquier otra parte. Aquí tampoco, por supuesto.


Josep Martí  es periodista y ‘calero’, es decir, de L’Ametlla de Mar. Es empresario y periodista. Analiza la actualidad política en ‘El Periódico’, Rac1 y 8TV.

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