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¿Y si no fuera suficiente?

¿Cómo es posible que nadie advirtiera de la captación de los jóvenes tras más de un año?
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Momento de la concentración celebrada en las Ramblas en la concentración contra el terrorismo y en repulsa por los atentados del jueves día 17. Foto: EFE.

Momento de la concentración celebrada en las Ramblas en la concentración contra el terrorismo y en repulsa por los atentados del jueves día 17. Foto: EFE.

¿Ysi no fuera suficiente con que las comunidades musulmanas en Catalunya expresaran su decidida repulsa del terrorismo islamista en los actos previstos o en otros espontáneos, o a través de comunicados de sus entidades representativas? Es cierto que esta pregunta puede extenderse al resto de la sociedad, pero al hilo de los últimos acontecimientos creo que es especialmente relevante dirigirla a las comunidades musulmanas que viven en Catalunya. Vaya por delante mi certeza de que la mayoría de los musulmanes que viven en Catalunya son ciudadanos de bien que repudian la violencia y que desean vivir en paz. Pero no es menos cierto que las células islamistas detectadas, desarticuladas o no, se originan en el seno de las comunidades musulmanas. Y, asimismo, que el terrorismo islamista es un problema que tienen dichas comunidades en primera instancia.

Uno de los responsables y/o líderes de la comunidad musulmana de Ripoll aseguraba enfadado hace unos días en televisión que la policía (o el Estado, según él) debía haber puesto en conocimiento de la comunidad las actividades ilícitas del imán, al que más tarde se responsabilizó del adoctrinamiento de los jóvenes que atentaron en Barcelona y Cambrils. De haber sido advertidos, no lo habrían contratado, según sus propias declaraciones. Esto me sugiere una disyuntiva: o bien el imán actuó durante el año que estuvo dirigiendo la oración en la mequita de una forma sibilina, sin mostrar en ningún momento sus planteamientos radicales, o durante más de un año los miembros de la comunidad fueron incapaces de detectar su radicalismo, bien por incapacidad o bien porque sus planteamientos no fueron considerados radicales. En cualquiera de los casos estamos ante un grave problema. Si la comunidad islámica de Ripoll es incapaz de detectar la radicalización de uno de sus miembros relevantes, nada más y nada menos que el imán, ¿cómo podrá en el futuro afrontar los procesos de radicalización de cualquiera otro de sus miembros, como la de los jóvenes de dicha comunidad?

Pero las declaraciones de otros miembros de la comunidad a pie de calle y durante una protesta en Ripoll nos dan señales contradictorias. La televisión entrevistó a algunas de las participantes que coincidieron en señalar al imán como responsable de dicha radicalización. Con lo cual, en el seno de la comunidad ya había personas que eran conscientes de dicha situación. Incluso una mediadora afirmaba que detrás de la radicalización de aquellos jóvenes (que ella había visto crecer) había una mano negra que nunca pagaría. ¿Hacía referencia al imán o a alguien más? O sea, las actividades de captación del imán ya habían sido detectadas por miembros de la comunidad en Ripoll y nunca fueron denunciadas ante la policía o ante el Ayuntamiento que, por cierto, también se lava las manos: el alcalde afirmó que había coincidido por la calle un par de veces con el imán en cuestión, pero que no le conocía personalmente. Esto conduce a pensar razonablemente que el responsable de la comunidad que hizo aquellas declaraciones culpabilizando al Estado de no advertirles sobre las actividades del imán, mentía o escabullía el bulto culpabilizando a terceros de su permisividad o de su inacción.

Pero hay más. Los miembros de la célula que se preparaba en el chalet ocupado de Alcanar, vecinos de Ripoll, habían desaparecido del pueblo y entre idas y venidas llevaban seis meses preparando el atentado que finalmente (y felizmente) no pudieron ejecutar por una imprudencia suya, no porque fueran detectados. ¿Cómo es posible que estos jóvenes –que según algunos vecinos, como ya hemos dicho, habían sido radicalizados– desaparecieran de su vida cotidiana en Ripoll, sin que las familias, amistades u otros miembros de la comunidad lo advirtieran? Todo ello lleva a pensar que las comunidades musulmanas de Catalunya o bien no están captando adecuadamente las situaciones de radicalización de algunos de sus miembros o, si son conscientes, no lo están poniendo en conocimiento de las autoridades. En ambos casos, es preocupante.

Cierto es que esta tarea de vigilancia compete a toda la sociedad, y no solo a la comunidad musulmana, pero en primera instancia deberían ser ellos mismos los primeros en detectar estos procesos. Es preciso recordar que el terrorismo de ETA no entró en su fase final hasta que la sociedad vasca no se movilizó de forma decidida. La acción policial no hubiera podido por sí sola acabar con el terrorismo etarra. Fue precisa una interpelación constante a la conciencia de la ciudadanía vasca para que denunciara de forma sistemática la barbarie. De la misma manera, creo que es necesaria una permanente interpelación a las comunidades musulmanas para que en su seno surja una conciencia de rechazo tal que imposibilite o dificulte en extremo la opción por la violencia y la radicalidad. Y esto incluye la denuncia inmediata de las personas que captan a los jóvenes para la yihad. No vale con echar las culpas a terceros, sino que hay que ser valientes y conscientes de que el fenómeno está dentro.

Las comunidades musulmanas deben hacer más e incluso añadiría que deberían protagonizar la lucha contra la barbarie terrorista islamista ya que les interpela directamente a ellos como creyentes y como comunidad. No es suficiente (aunque sí necesario) asistir a actos colectivos de repulsa; además hay que construir internamente los mecanismos de detección del radicalismo. En esta tarea, las comunidades no pueden estar solas sino que han de estar acompañadas por los ayuntamientos y por otras instituciones que puedan ayudar a la detección de problemáticas de radicalización.

La sociedad comienza a hacerse preguntas aunque estas sean incómodas. Entre estas preguntas está la de cómo es posible que nadie advirtiera de la captación de los jóvenes tras más de un año que se supone que duraba el proceso. Y es necesario que las respuestas se ofrezcan desde los entornos más cercanos a dichos jóvenes. En aras de la convivencia, no es conveniente dejar de responder a estos interrogantes.

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