Atacar a las mujeres es atacar el tejido social de la comunidad a erradicar

Alerta. En República Democrática del Congo queda mucho por hacer. En nuestro país, no sólo hay que avanzar, sino no retroceder. La ultraderecha se presenta sin careta como antifeminista y antiabortista

| Actualizado a 10 octubre 2018 13:04
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El doctor Denis Mukwege, que trata en su clínica de Panzi, en Bukavu, en el este de la República Democrática del Congo (RDC), a mujeres y criaturas a las que hay que reconstruir las entrañas, recibió la semana pasada el Nobel de la Paz.

Mukwege, que estudió ginecología para tratar a mujeres con fístula causada por complicaciones en el parto (la vagina se desgarra y a ella se filtran orina o heces, cuya descarga es entonces incontrolable), que por falta de atención médica adecuada sufren unas dos millones de mujeres en el mundo y que les condena a una vida de ostracismo y miseria.

Ya sólo eso, sería para Nobel. Pero la guerra en RDC, de más de dos décadas (y contando, quedan más de 120 grupos armados en la región donde se asienta Bukavu), hizo que Mukwege tuviera que especializarse en la reconstrucción física y mental de mujeres y criaturas para las que se reserva un arma de guerra especial: la violación.

Individual, en grupo, con objetos contundentes de todo tipo y cualquiera la edad de la víctima. El cuerpo de la mujer, víctima, pero también arma: mujeres embarazadas de sus agresores son abandonadas por sus familias. Con la destrucción de sus úteros, estériles, también. Atacar a las mujeres significa acabar con el tejido social de la comunidad que se pretende erradicar.

Es una estrategia antigua que ha adoptado también ISIS. Con una de sus víctimas, Nadia Murad, - una mujer Yazidí que fue secuestrada y convertida en esclava sexual- comparte el Nobel el ginecólogo congoleño. 

Los porcentajes de mujeres violadas en RDC no se circunscriben a los períodos más álgidos de conflicto bélico. Es el pan nuestro de cada día, haya o no conflicto (aunque más y más brutales si lo hay). Mukwege es uno de los muchos (y muchas mujeres, con él y a solas, en su país) que alzan la voz por ello. Dejó de ser el especialista al que las mujeres, recorriendo kilómetros y kilómetros, acudían, rotas por dentro, a ser recompuestas, en la medida de lo posible. Se convirtió en un activista, en un portavoz y en 2012 fue víctima de un intento de asesinato por ello.

El porqué de que las mujeres sean más agredidas en unos países que en otros, es complejo. Tal vez la respuesta esté en las palabras del médico, que ataca al sistema patriarcal: «lo que las mujeres tienen que sufrir en nuestras sociedades en tiempos de paz es una forma latente de lo que sufren en tiempos de guerra», según dijo en una entrevista en la CNN en 2017.

A las mujeres en Bukavu y en la zona las ves acarreando fajos enormes de carbón o de leña, en un lado de un camino de tierra, empapadas por la lluvia, ellas y sus niñas, los cuerpos doblegados por el peso, los pies descalzos. Las he visto llegar a los centros de tratamiento de cólera, cargando a sus maridos, sus padres, sus hijos, enfermos. Las he visto en los campos, los bebés atados al lomo, acarreando. En los pozos, acopiándose de agua. Mulas de carga. Llevan el peso injusto del mundo.

Desigualdad entre sexos, falta de educación o que ésta sea dispar entre niños y niñas, ausencia de acceso femenino a títulos de propiedad, desempleo elevado, subordinación de la mujer (dotes, matrimonios forzados o precoces, etc.), legislación inadecuada, impunidad de los agresores.

Todos son factores que explican las razones de la violación en tiempos de paz y que ésta se desmadre en tiempos de guerra. Mucho hay que hacer en RDC, como en otros tantos países.

En el nuestro, en el que queda por hacer, la cuestión estriba no sólo en avanzar, sino también en no retroceder. La ultraderecha se presenta sin careta como antifeminista, antiabortista, antigay, antiautonomías. Especialmente contra la autonomía de la mujer, cuyo cuerpo debe ser controlado, fiscalizado, agredido, permitido, preñado y parido a conveniencia del macho-español-muy-español en el poder. Alerta.

 

Lali Cambra es periodista y trabaja en Metges Sense Fronteres, donde cubre diversos países de África y Sudamérica. Antes hizo de corresponsal para medios estatales en Sudáfrica. Comenzó de periodista en Tarragona.

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