Opinión

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El mundo sufre la existencia y la manipulación de personajes que utilizan un desorbitado exceso de personalismo para lograr sus objetivos y, si hay hueco, partidistas. Es la expresión descarnada del populismo autoritario que asola en numerosos casos la escena política en demasiados países.

Se trata de utilizar los mecanismos que presta el sistema, democrático o no, para lanzar a la ciudadanía o la gente los mensajes que necesita y quiere oír como vía de solución de sus graves problemas.

Da igual si esas promesas se pueden cumplir o no, normalmente no, el caso es que, una vez alcanzado el poder, neutralizado cualquier tipo de oposición tanto externa como interna, el líder ejerce con un exceso de personalismo estomagante el poder con el objetivo de que todos piensen que cualquier logro o progreso positivo en sus condiciones de vida y de trabajo se debe principalmente a él. Además, cuenta con una gran difusión en redes y televisión, lo que amplifica su discurso y hace que sus mensajes se expandan rápidamente a una audiencia masiva.

Se trata de utilizar los mecanismos que presta el sistema, democrático o no, para lanzar a la gente los mensajes que quiere oír

En la actualidad sufrimos, principalmente, las ambiciones de una pareja de nefasta influencia para las relaciones internacionales, el comercio, la estabilidad y la seguridad, como es la formada por el expresidente de Estados Unidos Donald Trump –que apunta a que volverá liderar el Partido Republicano en la próximas elecciones– y el ruso Vladímir Putin.

Populismo autoritario de derechas, con asalto incluido al Capitolio para defender sus intereses personales y usar la protección política frente a las investigaciones judiciales; y populismo autoritario leninista, con la invasión de Ucrania para recuperar el olvidado orgullo ruso, sostenido casi en exclusiva de la amenaza nuclear pues sus unidades militares han ofrecido un escaso rendimiento.

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