Opinión

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Aunque aún persisten entre nosotros algunos negacionistas que, pese a las evidencias, creen que se trata de una broma y en las ciudades en las que gobiernan revierten los carriles bici para seguir dando preponderancia a los vehículos de combustión, entre otras medidas, es innegable que el cambio climático ya convive con nosotros. Y lo hace de una forma no solo clara y visible, sino también, hasta cierto punto, despiadada. Olas de calor que elevan los termómetros a temperaturas nunca antes vistas, tormentas con fuertes precipitaciones que causan riadas que arrasan con todo a su paso, una sequía que vacía los pantanos y acaba con los cultivos, incendios voraces que se comen los bosques y adelantan la desertización, un agua del mar tan caliente que ya ni siquiera refresca... Como dijo la semana pasada el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, «la humanidad ha abierto las puertas del infierno». Y esto no nos saldrá gratis; ni siquiera barato.

Permanecer sin hacer nada no es una opción, porque cada día que pasa es, más que un día perdido, un paso más hacia la destrucción

No solo por lo que implica de dejar a las generaciones futuras un planeta mucho menos habitable, sino porque también ya lo hemos comenzado a notar en nuestros bolsillos. La espectacular escalada del precio del aceite de oliva, así como el aumento general que ha experimentado el valor de los alimentos, es solo un ejemplo de las consecuencias que tiene el calentamiento global. Pero el fenómeno es mucho más grave y amenaza incluso a uno de los principales motores de nuestro territorio, como es el turismo; los expertos ya auguran que en 2050 Tarragona tendrá las temperaturas de Cádiz y vaticinan que los turistas abandonarán el sur de Europa para buscar refugio en destinos más frescos, lo que puede ser una auténtica debacle para Tarragona tanto en términos económicos como de creación de empleo. La situación requiere tomar medidas de forma urgente, decidida y drástica. Permanecer sin hacer nada no es una opción, porque cada día que pasa es, más que un día perdido, un paso más hacia la destrucción.

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