Después de dos años muy largos y muy duros de pandemia, donde las restricciones han marcado la vida de las personas, todos hemos asumido este regreso a la ’normalidad’ con tantas ganas que ni siquiera los desorbitados precios de los combustibles han servido para frenar una movilidad sin precedentes, como denotan las enormes colas que cada fin de semana se forman en la autopista AP-7 y las cifras que hablan de una temporada turística de récord.
Son tantas las ansias de recuperar todo el tiempo y todas las experiencias que el coronavirus nos robó que ni la séptima ola ha conseguido que algún representante público haya osado siquiera atreverse a sugerir una vuelta atrás, más allá del protocolo de la Generalitat para que los positivos con síntomas pudieran darse a sí mismos de baja para no colapsar la Atención Primaria. Y es que las advertencias sobre la conveniencia de observar las mínimas normas de autoprotección difícilmente pueden competir con tantos estímulos.
Y eso que en las últimas semanas dos variantes muy contagiosas de la cepa ómicron han mantenido disparadas las infecciones e incluso se han dejado notar en un sensible aumento de las hospitalizaciones de enfermos por y con Covid-19.
Afortunadamente, el altísimo porcentaje de inmunizados contra la enfermedad más grave libra de momento a los hospitales de un colapso en pleno periodo de vacaciones de las plantillas. También por fortuna, todo parece indicar que el ritmo de propagación se estaría ralentizando después de un mes de firme escalada.
En todo caso, pareciera que ciudadanos y, sobre todo, administración, hemos entrado en una fase que ya da por superada la pandemia de tal forma que hemos recibido con preocupante parsimonia la llamada urgente de Europa a administrar antes del otoño la cuarta dosis a todos los mayores de 60 años. Ojalá no tengamos que lamentarlo.