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Martín Garrido Melero

Martín Garrido Melero

Notario. Profesor de Derecho de la Universitat Rovira i Virgili

¿Sigue siendo el matrimonio un negocio?

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Hace unos días apareció un libro que se venderá como rosquillas, Mar en calma (Ed. La Esfera de los libros), de Mar Flores. La prensa ha insinuado, o incluso lo ha dicho claramente, que la autora (suponiendo que sea la misma Mar Flores, que es mucho suponer) le ha ido muy bien con sus matrimonios y relaciones amorosas. Vamos, que ha hecho negocio, y lo seguirá haciendo, sin duda, con esta biografía, lo que prueba una vez más que los que escribimos en serio perdemos el tiempo.

Un compañero de profesión y de promoción, Alfons López Tena, conocido por ser uno de los que acuñaron la famosa frase «España nos roba», manifestó, sin ningún titubeo, en una Jornadas sobre Derecho de Familia, la siguiente pregunta: «¿Dónde está escrito que el matrimonio es amor?». Los oyentes nos quedamos un poco perplejos, por una formulación tan poco romántica del matrimonio, pero tuvimos que reconocer que en ningún artículo del Código Civil español se indica, aunque sea implícita o presuntamente, que el matrimonio vaya ligado alamor. Hablamos, por supuesto, del matrimonio civil, porque el matrimonio canónico es otra cosa.

Incluso la historia de las instituciones nos lleva a la conclusión que el amor no fue en ningún momento la base de la relación matrimonial, que no olvidemos era indisoluble hasta hace muy poco. Había que casarse con o sin amor, y cuanto antes mejor.

Un autor casi olvidado, Jardiel Poncela, escribe en Amor se escribe sin hache (1928), en boca de uno de sus personajes: «El amor entre hombres y mujeres no es sino un conglomerado de pequeños resortes: el roce de la epidermis, la vanidad mutua, el trato social, la lucha por la vida, la costumbre de verse a diario, y un poco de tesón, y otro poco de necesidad de hablar con alguien en la cama y en la mesa». Por eso amor se escribe sin hache, porque las palabras importantes se escriben con hache.

Mientras el notario se refiere al matrimonio, el escritor se refiere al propio amor. Pero limitémonos a lo primero, que lo segundo daría para mucho. Si el matrimonio no es amor, ¿qué es? No se me ocurre otra respuesta que un negocio. Gratuito, diría uno, porque te doy sin pedir nada a cambio; oneroso, porque te doy para que me des. A lo que yo añadiría que, en el fondo, ni lo uno ni lo otro, porque todo va a depender de cómo acabe al final la relación. De forma más escueta suelo decir a mis otorgantes cuando se casan (o constituyen o declaran una pareja de hecho): «Acaba usted de firmar, sin darse cuenta, el contrato más importante de su vida, porque a partir de ahora puede perder su patrimonio o una gran parte de él, la salud, los hijos, los amigos comunes, y si me apura, hasta el honor y la mínima dignidad». Pero no me escuchan porque los dos, o al menos uno de los dos, está enamorado. Terrible paradoja porque, queramos o no, el amor se cuela entre las grietas del matrimonio, como un figurante inesperado.

En realidad, Mar no es tan distinta de otras mujeres u hombres que contraen matrimonio, aunque sus relaciones no sean tan clamorosas como para llevarlas a un libro. La espera de una fortuna o renta al final, el goce de un estatus social, evitar la soledad, la ayuda mutua, el cariño incluso, son algunos de los motivos e intereses de un matrimonio. El amor en muchos casos no es más que un vicio de consentimiento, que cuando desaparece te hace ver la pura realidad, y en otros un aderezo, no lo neguemos, siempre agradable.

El matrimonio ha sido y sigue siendo un negocio que, como todos, puede salir bien o mal. Si lo vemos como tal, nos evitará muchas veces sorpresas desagradables y, curiosamente, servirá para que pueda durar hasta que la muerte lo rompa, no porque dure el amor, sino porque subsista el interés, inicial o sobrevenido. Puede haber matrimonio sin amor o con amor, difícilmente sin interés.

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