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El Mundial

| Actualizado a 27 noviembre 2022 07:00
Dánel Arzamendi
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Hace una semana arrancó la Copa del Mundo de fútbol más controvertida que se recuerda, en el multimillonario emirato de Catar (con ‘c’, tal y como recomienda la RAE y la Fundéu). En efecto, la FIFA está siendo objeto de durísimos ataques por la designación de este pequeño estado como sede de la competición. Resumidamente, son tres las críticas fundamentales que vienen escuchándose desde hace ya un tiempo.

Por un lado, se cuestiona éticamente la decisión de llevar el Mundial a un país que no se caracteriza precisamente por su democracia ni por el respeto a los derechos humanos. Efectivamente, el régimen catarí es una monarquía absoluta donde el emir asume los papeles de Jefe de Estado y Jefe de Gobierno, y donde la sharía es constitucionalmente la fuente principal de su modelo jurídico.

Este sistema tiene contundentes consecuencias en la normativa de familia (la igualdad de derechos entre hombres y mujeres brilla por su ausencia) o en algunos delitos penales. Según denuncia la ONG Human Right Watch, las relaciones sexuales entre gais están penadas con siete años de cárcel, y si los acusados son musulmanes, pueden verse también sometidos a flagelación, o incluso a la pena de muerte si están casados. También se castigan con siete años las relaciones sexuales fuera del matrimonio, y con tres años la inducción o instigación a «cometer un acto de sodomía o inmoralidad».

En segundo lugar, las condiciones de trabajo en las mastodónticas obras que acarrea la celebración de cualquier Mundial también han sido objeto de polémica en esta ocasión. Por un lado, se reprocha el régimen de esclavitud que padecen millones de trabajadores procedentes de países fundamentalmente orientales (Bangladés, India, Nepal...) y que representan conjuntamente el 90% de la población residente en Catar.

Por lo que se refiere a las condiciones de seguridad, The Guardian denunció hace año y medio la muerte de 6.500 trabajadores inmigrantes desde la concesión de la Copa del Mundo en 2010: golpes de calor, caídas, aplastamientos, deficientes condiciones de salud, etc. Para ser rigurosos, deberíamos coger con pinzas esta terrorífica cifra, pues el rotativo británico se basó en las «actas de muerte» proporcionadas por varios países del sudeste asiático, cuya causa no puede adjudicarse automáticamente a las construcciones de la competición, dada la opacidad total del régimen árabe en este aspecto.

Por su parte, el Comité Supremo de la Organización del Mundial ha reconocido tres fallecimientos en toda la obra, un dato difícilmente creíble a todas luces, pese a ser ratificado por el poco fiable presidente de la FIFA, Gianni Infantino. Supongo que nunca conoceremos con certeza el reguero de sangre que esta Copa del Mundo oculta bajo el césped de sus flamantes estadios.

El régimen catarí es una monarquía absoluta donde el emir asume los papeles de Jefe de Estado y Jefe de Gobierno, y donde la sharía es la fuente principal de su modelo jurídico

Por último, también se ha criticado la absoluta sumisión que las autoridades futbolísticas internacionales han demostrado a las exigencias establecidas por esta dictadura teocrática. La FIFA ha reaccionado ante la marea de petrodólares cataríes como un perro detrás de un palo lanzado al aire, y han sido recurrentes los episodios que han evidenciado esta absoluta amoralidad interesada: las declaraciones de Infantino, relativizando el blanqueamiento del régimen local, apoyándose en la actitud de los occidentales en el mundo durante los últimos tres milenios; el hecho de haber tenido que trastocar el calendario futbolístico planetario, dada la evidente imposibilidad climatológica de celebrar el campeonato en verano, con tal de no perder el maná emiratí; la amenaza de sanciones deportivas a los jugadores que luciesen un brazalete de apoyo a la comunidad LGTBI, tras el anuncio de diez selecciones (Francia, Alemania, Inglaterra...) sobre su adhesión a la campaña One Love para “fomentar la inclusión y la igualdad, y tratar de cambiar las cosas a través del fútbol”, etc.

Quienes pretenden obviar estas cuestiones, recurren al manido argumento de que este tipo de eventos favorecen la apertura de los regímenes totalitarios, dinamizando su transición hacia modelos más acordes con los estándares internacionales. ¿Alguien cree honestamente que la cita olímpica de Beijing supuso un empujón efectivo hacia la democratización de China? ¿En serio? Por otro lado, también es cierto que no nos encontramos ante la primera celebración de un campeonato al máximo nivel en un país escasamente respetuoso con los derechos humanos: recordemos la Olimpiada de Berlín en pleno nazismo, o el Mundial de Fútbol de Argentina durante la dictadura militar.

Sin embargo, existe un factor que diferencia aquellos casos y el que ahora nos ocupa: mientras la designación de Catar se produjo a pesar de encontrarnos ante un sistema totalitario, antes, durante y después del evento, las candidaturas de 1936 y 1978 se gestaron y desarrollaron con anterioridad a la llegada al poder de Hitler y Videla respectivamente. Aun así, su posterior conversión en sangrientas tiranías no impidió la celebración de ambas competiciones.

Como vemos, se trata de un tema complejo y lleno de matices que impide cualquier planteamiento blanconegrista. Sin embargo, supongo que todos coincidiremos en que resultaría impensable un campeonato de este tipo en Corea del Norte o en la Sudáfrica del ‘apartheid’. ¿Pero Catar sí? ¿Dónde está el límite? La solución a este debate probablemente pase por la asunción de que determinados valores que consideramos universales no lo son en absoluto, pero también por la implementación de un sistema objetivo y transparente para la adjudicación de eventos deportivos internacionales que conlleve la exigencia de unos estándares básicos de respeto a los derechos humanos. El mundo es complejo y heterogéneo, pero la ética y la estética imponen unos mínimos de obligado cumplimiento. Y si el país candidato no los cumple, roja y expulsión.

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