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Cuando ni la Tierra nos traga

| Actualizado a 03 mayo 2022 07:31
Ángel Pérez Giménez
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¡Hola vecinos! La Tierra, lo que viene siendo el planeta en el que vivimos, eso redondo ligeramente achatado por los polos, tiene un carácter a menudo arisco y muy suyo. Por ejemplo: no te traga cuando tú se lo suplicas, sino cuando le sale del nabo a la Tierra aunque en ese momento no te venga nada bien a ti.

Hubo un tiempo en que los individuos e individuas que formamos el género humano eran capaces de desear, con todas sus fuerzas, que la Tierra los engullera. De repente, sin avisar, gronfl. Sucedía cuando el ser humano llegaba a adquirir plena consciencia de haberla cagado pero bien -de pensamiento, palabra, obra u omisión, o de las cuatro manera a la vez- y lo único para salvar la cara se fundamentaba en clamar al Cosmos: ‘¡Tierra, trágame!’. La Tierra no te tragaba. Te dejaba ahí con tu gran cagada bien a la vista para tu sonrojo, vergüenza y contrición. ‘Ya te tragaré yo -pensaba la Tierra- cuando me entre la pájara de tragarte. Entre tanto: sufre, mamón’.

Al ir minusvalorando valores como el respeto, la discreción, la humildad, aquello tan imprescindible de intentar no ser esclavos de nuestras palabras y convertirnos, en cambio, en dueños de nuestros silencios, ya casi ni imploramos que nos trague la Tierra ante una situación de clamoroso bochorno. Nos volvemos altaneros, pretenciosos, bocachanclas, con licencia para faltar y estamos convencidos de que, si la Tierra ha de tragarse a alguien, es a los demás. A uno mismo, nunca.

He conseguido actuar como un gañán con los discapaci-tados, con los negros y con las mujeres. A ver quién mejora eso

Me declaro un campeón del ‘¡Tierra, trágame!’ Felipe de Edimburgo, el consorte de la reina Isabel II de Inglaterra, hizo de la metedura de pata verbal un verdadero arte pero, como le reían las desgracias, se la trajo al pairo su propio caché de bocazas. Que se sepa, no llegó a mostrarse propicio a que se lo tragara la Tierra, si bien estoy convencido de que la reina lo puso a caldo en más de una ocasión. Yo sí, yo hubiera pagado por hacer chás y que la Tierra hiciera ñám.

Atesoro tres momentos gloriosos de querer desaparecer ipso facto. Tengo otros, pero estos tres todavía me reconcomen. Uno: el delegado territorial de la ONCE (Organización Nacional de Ciegos) ruega que vaya a verle a su despacho para tratar asuntos relativos a protocolo y comunicación. Voy encantado. Me acompañan al despacho, situado en una planta alta, con grandes ventanales al río Ebro. Y, al entrar, lo primero que suelto por esta boquita es:

-¡Joér, vaya vistas espectaculares que tienes desde aquí!

-Sí, me lo dicen mucho -intentó echarme un capote el delegado territorial de la ONCE-. Aunque yo paso, que soy ciego.

Dos: el Diario de Barcelona me manda a cubrir una rueda de prensa. El compareciente era un señor negro. Lo vemos llegar y saluda a quienes le aguardábamos. Pero pide disculpas para retirarse unos minutos porque se encuentra un poco indispuesto. Los periodistas le deseamos que se recupere. ¿Todos? No, todos no. Hay uno, yo mismamente, que dice en voz alta:

-No, si ya se advierte que no tiene la color muy buena.

¡La color! ¡A un negro! ¿Se puede ser más imbécil? Y tres: espero a tres bailarinas que han de participar en un desfile de diseño textil como modelos, a través de la danza. Vienen y se presentan:

-Aquí estamos ya, nos vamos a cambiar y volvemos enseguida.

-¿Pero no erais tres? –pregunto a bocajarro.

-Sí, tres. Mira: una, dos y tres. Tres. Lo acordado.

A mí solo me salían dos. Una y dos. Pero eran tres. Dos bailarinas, modelos y hasta Miss Universo Sideral si hubieran querido. Y una normal, bajita, agarrada a una mochila con sus cosas. La normal me miraba con cara de: ‘juro que yo también bailo, soy la tres, cacho impresentable’. Resultó ser la que mejor bailaba.

Al ir minusvalorando valores como el respeto, la discreción, la humildad, ya casi ni imploramos que nos trague la Tierra ante una situación de clamoroso bochorno

He conseguido actuar como un gañán con los discapacitados, con los negros y con las mujeres. A ver quién mejora eso. Bueno, igual Felipe de Edimburgo, sí. Julia Otero confesaba el otro día a Jordi Évole su más terrible ‘¡Tierra trágame!’ Hacía una entrevista a Rosa Díez, entonces consejera de Turismo del Gobierno Vasco. Hablaba la entrevistada de la inmensa variedad de atractivos de un país pequeño...

-Pero matón -dijo en directo por la tele Julia Otero. ¡’Pero matón’! Promocionando sin complejos el turismo en Euskadi, ole y ole. Aún se pone colorada Julia Otero al recordarlo y mira que han transcurrido años de aquello.

La Tierra nos tragará tarde o temprano, sin duda. Y, cuanto en menos ocasiones lo hayamos deseado antes, mejor. Por nuestro propio bien.

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