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Comprar, cocinar, comer

| Actualizado a 06 agosto 2022 06:30
Pilar Gomà i Quintilla
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Son muchas las campañas publicitarias que actualmente nos bombardean con mensajes promocionando la alimentación saludable, el consumo de productos de proximidad, ecológicos, sostenibles y otros tantos adjetivos más. Algunas de estas campañas, responden más a cuestiones de puro marketing que a un real fomento de un consumo más responsable.

En un mundo cada vez más acelerado, crecen con fuerza los movimientos que reclaman repensar nuestra modo de consumir, empezando por la idea de «desacelerar» nuestro ritmo de vida, no solo para vivir de modo más saludable, sino también para proteger el planeta. Esta nueva corriente, conocida también como slow life, va más allá de no ir con prisas y ha generado movimientos en paralelo como el slow food.

Centrándonos en el slow food, quisiera hacer una reflexión sobre qué significa o debería significar, realmente, este concepto. El concepto o, mejor dicho, la aplicación de dicho concepto, no debería limitarse a la promoción del consumo de productos cultivados o producidos de manera respetuosa con las personas y el medio ambiente. En realidad, debería abarcar todos los aspectos relacionados con la alimentación.

En un mundo cada vez más acelerado, crecen con fuerza los movimientos que recla-man repensar nuestra modo de consumir, empezando por la idea de «desacelerar» nuestro ritmo de vida

Si aplicamos la frase «Somos lo que comemos» del filósofo Ludwig Feuerbach, a todo aquello relacionado con la alimentación, habría que incluir no sólo la valoración de qué alimentos compramos (procedencia, calidad, sistema de producción, etc.), o como los compramos (envases sostenibles, autoservicio, etc.), si no también donde y cuando los compramos. No tiene sentido hablar de sostenibilidad, conciliación familiar, proximidad, cuando estamos comprando por internet o vamos al supermercado en domingo, a pesar de que aquello que compramos venga con todas las etiquetas ecológicas incluidas.

Es necesario empezar a repensar nuestro modo de consumo de alimentación. ¿Realmente necesitamos comprar tantos productos precocinados o cocinados de manera industrial? ¿De verdad es preciso consumir productos supuestamente excelentes, pero producidos a centenares de kilómetros de distancia? Y, lo más importante, ¿es bueno reducir cada vez más el tiempo dedicado a cuidar nuestra alimentación?

Dedicar tiempo a comprar y cocinar, para luego disfrutar comiendo, es también una manera de hacer salud

Curiosamente, en un momento en que se valoran tantísimo los hábitos alimentarios saludables y en el que los programas y cursos de cocina son tendencia, nos hemos olvidado de uno de los ingredientes principales de estos hábitos, el de dedicar tiempo a cuidar la alimentación.

Enlazando con el título de este artículo, dedicar tiempo a comprar y cocinar, para luego disfrutar comiendo, es también una manera de hacer salud. Ir a comprar al mercado o a la tienda especializada del barrio, dedicar tiempo a hablar con el vendedor, dejarse asesorar, saludar a los vecinos, para luego llegar a casa y cocinar con esmero aquello que hemos comprado, es también un excelente modo de contribuir a nuestra salud y a la protección del planeta. En los puestos de mercado o en las tiendas especializadas, podemos comprar la cantidad exacta que necesitamos, evitando así desperdiciar comida y en la mayoría de los casos, con envoltorios más sostenibles.

Qué hacer la compra sea un momento de sociabilidad, nos conecta a nuestro entorno. Comer aquello que se ha cocinado con mimo, alimenta el cuerpo y el espíritu. En nuestra cultura, sentarnos alrededor de una mesa, con la familia o los amigos, va estrictamente ligado a la convivencia, a compartir, a relajarse. Y la suma de todos estos aspectos, contribuye sin duda, a nuestra salud.

Os animo a aplicar el título de este artículo y comprar con consciencia, cocinar con mimo y comer con tranquilidad y en buena compañía.

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