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Sin más fuerzas

| Actualizado a 14 mayo 2022 07:22
Josep Moya-Angeler
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«Me retiro porque ya no tengo más fuerzas para seguir», ha dicho Elsa Artadi renunciando a seguir su carrera política. Pocos la han aplaudido, pese a ser un ejemplo de lo que debe ser un político: entregado a sus funciones sin poner límites. De acuerdo en que es un error no medir las fuerzas que se tienen para soportar el peso del cargo, pero agotarse física y mentalmente requiere que se agradezca como reconocimiento a esa entrega. Porque cuando uno es elegido para un cargo de responsabilidad no debe conceder tregua a una dedicación al cargo para tratar de ser útil al máximo a la ciudadanía que espera precisamente eso.

Elsa Artadi no buscó la notoriedad pero se atrevió con todo y con todos porque tenía la fortaleza de quien
se sabe mejor capacitado que quienes le rodeaban

Elsa Artadi ha sido una política atípica. Formada en los Estados Unidos, inteligente y lista, con un expediente académico brillante, no tuvo tiempo para formarse en lo que podríamos llamar la oratoria moderna de una persona pública y se notó. Comenzó causando la impresión de no estar preparada, a lo que ayudó su intención de ser sincera, que es la mejor fórmula para no ser pillado después en trucos de palabras o telarañas de mentiras. Estaba más que preparada, y lo ha demostrado, pero entendió que la entrega al cargo debía ser total y esto, que no se paga con dinero, le vació los tuétanos de todas sus reservas anímicas y tal vez de horas de sueño. No buscó la notoriedad pero se atrevió con todo y con todos porque tenía la fortaleza de quien se sabe mejor capacitado que quienes le rodeaban. Tampoco fue una mujer-quijote que arremete contra molinos de viento que le dejan magullada.

No seguiré alabando a Artadi, a la que no conozco personalmente, pero no puedo evitar ponerla como ejemplo de lo que no son por norma general los políticos en Catalunya y en España. Es más, cada vez la clase política habla mejor, domina la técnica oratoria –y es de agradecer- pero está menos preparada y esto exaspera a sus interlocutores de la sociedad civil. En estas circunstancias es lógico pensar que los líderes políticos habrían de cumplir con la obligación de hacerse una corte de profesionales bien preparados. Pero, ¡ay!, ni los muy preparados se sienten atraídos por un mundo en donde impera la zancadilla dentro de los partidos y se menosprecia y miente cuando se dirigen al adversario desde el escaño ni, por otra parte, los líderes tienen intención de poner a su lado a gente que o le haga sombra o bien evidencie sus limitaciones.

Es un error no medir las fuerzas que se tienen para soportar el peso del cargo, pero agotarse física y mentalmente requiere que se agradezca como reconocimiento a la entrega

Ha habido quien, como hizo Pujol, ha puesto en muchos cargos a gente no solo bien preparada sino de solidez moral –algunos porque no tenían ninguna necesidad de echar mano a la caja- notable. Otras veces, las famosas cuotas de participación de familias políticas (Unió Democràtica fue un claro ejemplo) obligaban a cerrar los ojos ante determinados nombramientos. Todo ello, en general, evidencia que la clase política es un lobby que comienza a gestarse con jóvenes que pretenden hacer del servicio público a través de la política una carrera profesional. Este planteamiento genera de inmediato unas batallas de aspirantes a cargos que no vislumbran ningún futuro fuera de la política, y que aspiran no ya a ser útiles a la sociedad sino a ver compensados sus malintencionados esfuerzos con cargos en empresas del Ibex, que es la bicoca final de una vida mal enfocada. Enrique Laborde, periodista agudo y corresponsal en Londres y París, le dijo un día a un ministro español que él no aspiraba a ser ministro, sino exministro, por el sueldo que podría alcanzar. El político le preguntó por qué no ser ministro, y Laborde le respondió que era porque no quería hacer el ridículo como suelen hacer los ministros.

Quedarse sin fuerzas por el batallar de un cargo no está de moda, pero no deja de ser ejemplar y admirable. Lo de hacer carrera política desde los dieciocho años puede llegar a ser execrable.

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