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Vivir y gozar

20 enero 2023 19:59 | Actualizado a 21 enero 2023 07:00
Josep Moya-Angeler
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En este siglo de las apariencias y engaños, nuestra sociedad tiene tendencia a confundir el goce con la diversión, de la misma manera que tendemos a confundir el amor con la pasión. No es una cuestión semántica, sino la imposición de prioridades, es decir que se prefiere la diversión y la pasión a sentimientos y sensaciones más complejos y, en especial, más profundos. Es una cuestión que marca los cambios sociales de nuestra sociedad, cada vez más frivolizada.

La vida, ese regalo inexplicable, está hecha para ser gozada, en contradicción con la cultura judeo-cristiana clásica del sufrimiento como consecuencia de la culpabilidad innata del ser humano. El Valle de Lágrimas ha dejado de ser doctrina, pero eso no significa entregarse al descontrol. Gozar quiere decir disfrutar positivamente de las circunstancias que se nos ofrecen y de las que creamos como un objetivo nada baladí. Ni todos ni siempre tenemos la dicha del goce continuo, pero sí el derecho y hasta la obligación de buscarlo y satisfacernos. La diversión es el entretenimiento y distracción que, apartándonos de la realidad, nos permite evadirnos hacia mundos habitualmente sin problemas. El concepto de evasión es primordial en la diversión y en este sentido la televisión y todo cuanto surge de una pantalla nos llaman a escapar.

Nuestra sociedad tiene tendencia a confundir el goce con la diversión, de la misma manera que tendemos a confundir el amor con la pasión

Gozamos con la audición de una bella música, la contemplación del arte y la naturaleza, la demostración de inteligencia de un buen diálogo e incluso del descanso a veces necesario. El espíritu interviene en ese goce que es aún mayor si nos enriquece, es decir si nos ayuda a avanzar en la vida.

La vida tiene muchos aspectos que pueden inducirnos a gozarla, con una máxima expresión en lo que consideramos que son los instantes felices. Pienso que la felicidad es la sublimación del goce. Pero, en el lado contrario, ¿somos felices distrayéndonos? Es posible, pero nunca esa chispa de felicidad tiene hondura que nos satisfaga internamente.

El goce de saber que no descarrilamos de ese sentido es, probablemente, el que más satisface al espíritu

Como siempre, andamos buscando de forma habitual esos momentos de tentadora felicidad, aunque quizás fuera mejor inquirir –y tener la suerte de encontrar- una forma de vida gozosa. Aunque sin búsqueda será difícil encontrarla. Los hay que «meditan» a la manera india, e incluso queman inciensos y se sientan en la posición del loto para buscar o indagar el pequeño milagro de dar con algo maravilloso o, simplemente, liberarse de ciertas tensiones. Me temo que no es necesaria tanta ceremonia. Se puede meditar en muchos momentos y sin tanto ritual, y los hay que lo hacen cuando se acuestan para dormir, pero claudican ante el sueño antes de llegar a alguna conclusión, lo que demuestra que no es un buen camino para la reflexión. Meditar es hurgar dentro de uno mismo, cosa que no siempre es simpática pero sí liberadora. Así las cosas, siempre que queremos buscar alguna solución a temas personales, llegamos a la conclusión de que conviene hacer el viaje interior, pues la mayoría de cuanto precisamos está, o debería estar, dentro de nosotros mismos. Estas introspecciones siempre acaban con respuestas satisfactorias, el pequeño goce de haber puesto las ideas en orden.

Todo esto tiene que ver con el sentido de la transcendencia que queramos dar a nuestra existencia y, en consecuencia, a nuestro día a día, que es el material con el que forjamos nuestras vidas. El goce de saber que no descarrilamos de ese sentido es, probablemente, el que más satisface al espíritu.

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