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Gente conflictiva

| Actualizado a 14 agosto 2022 07:00
Josep Moya-Angeler
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Vivimos actualmente una situación general, a nivel internacional y dentro de España, de conflictos, embrollos, de difícil salida. Las radicalizaciones políticas llevan a ello. Estas situaciones de contradicción que parecen insalvables, inquietan porque todo conflicto afecta siempre a unas víctimas en el entorno de donde estalla la confrontación. Víctimas por lo general inocentes que se sienten incómodas e incluso atacadas. La clave de este choque de intereses es que suele tener un dinamizador o un elemento que los pone en marcha. Son los que se atribuyen el rol de salvadores.

La solución de los conflictos debiera pasar por una negociación que en teorías estaría destinada a llevar a un acuerdo. Pero este proceso que parece lógico no siempre se desarrolla así. El motivo es que muchas veces el alimentador del conflicto, ese que se siente bien e incluso es feliz en esa pugna de intereses, se mueve como pez en el agua en las crisis. Es más, podríamos decir que tiene vocación de conflictivo porque tras un problema de oposición y pugna intenta generar otro y otro más, para eternizar un rol en el que se siente protagonista e incluso vencedor. A este tipo de personajes lo tenemos en la clase política (Trump en los Estados Unidos, Putin en Europa y un puñado de ellos en la clase política española), en las empresas, en los colectivos docentes, en las cárceles e incluso en la escalera del edificio de nuestra vivienda o dentro de nuestro propio hogar. Su actuar hace que no tengamos solamente un problema, sino que la situación se complica siempre porque enfrente hay alguien dispuesto a dar una continua batalla.

No es difícil hacer un perfil de la persona conflictiva: Se siente bien en el problema, goza-sufre con él, lo alimenta y trata de eternizar situaciones. Se cree redentor humanitario por defender causas imposibles que también afectan a otros y suele buscar acólitos que lo sigan o al menos le oigan. Su proselitismo es manifiesto y piensa que ejerce un liderazgo.

La solución de los conflictos debiera pasar por una negociación que en teorías estaría destinada a llevar a un acuerdo. Pero este proceso que parece lógico no siempre se desarrolla así

El peor remedio a este mal tan común es tratar de pugnar, batallar contra la persona conflictiva, buscar estrategias para derrotarle. Ese es su terreno y sabe mejor que sus contrincantes mantener la llama viva del problema. Pronto descubriremos que bajar a la arena de las argumentaciones contrarias no hace más que alimentar el conflicto, pues siempre nuestros ponderados criterios servirán para una nueva respuesta que prolongue y eternice la situación. Lo estaríamos alimentando. En este ambiente de crispación, acabaremos perdiendo fuelle y la persona conflictiva irá ganado terreno que es como decir que triunfaría y estimularía a que generase nuevos conflictos.

He batallado en diversos conflictos y he asesorado a líderes en este sentido, pues estas situaciones se desarrollan siempre en el ámbito comunicacional. Y los remedios que aconsejo comienzan por no negociar, pues supone ceder en algunos aspectos en los que no claramente pensamos que no tendríamos por qué ceder. En segundo lugar, hay que desarrollar un esfuerzo en aislar socialmente a los seres conflictivos. Aislados, sin tropa o acólitos que le sigan, el oponente ve cómo desaparece su función redentora de quienes le escuchaban y no tiene a quien dirigirse ni ante quien ejercer un liderazgo. Acabará por abandonar o buscarse otro ámbito en donde desarrollar sus artes conflictivas. Lo ideal es que sintiendo esa soledad no encuentre sentido a su “misión” y acabe abandonando para trasladarse frente a otros nuevos problemas en los que sentirse salvador de nuevos males.

Aislar a una persona conflictiva no resulta fácil, pero es muy efectivo. Es la estrategia de Occidente ante Putin y considero que dará sus frutos. Ahora sólo le falta perder apoyos entre sus seguidores, inocentes por lo general pero cuyo apoyo entorpece la buena marcha de la comunidad. Si eso ocurriera, el opositor caería por sí solo. Pero hay que tener mucha sangre fría para mantener semejante estrategia.

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