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    La idiosincrasia española

    15 enero 2023 20:06 | Actualizado a 16 enero 2023 07:00
    Cándido Marquesán
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    Los españoles, en comparación a los habitantes de otras latitudes, estamos dotados de una idiosincrasia especial, según el Diccionario de la lengua española de la RAE: «Rasgos, temperamento, carácter, etc., distintivos y propios de un individuo o de una colectividad». Esta manera de ser y estar en el mundo se ha ido forjando y posando a lo largo de la historia.

    Somos y nos creemos diferentes, y por supuesto los mejores, dotados de todo un acervo de virtudes, debido, en parte, a nuestra poca capacidad autocrítica, por lo que nos enorgullecemos. Nos creemos que somos el ombligo del mundo. Somos unos sabelotodo, otra cosa muy diferente es que lo seamos. Porque, según el académico Francisco Ayala: «El español acostumbra a creer que lo sabe todo».

    Lo más sospechoso es que nadie se sorprende de tal desfachatez. Al ser todos tan sabios, tenemos solución para todos los problemas, por arduos o complejos que sean. Nos creemos auténticos Mesías del destino nacional. Nuestro discurso preferido: «Si yo fuera Presidente del Gobierno, lo arreglaba todo en dos días. En un tris tras». A algunos, es posible que nos sobraran aún 24 horas. Además nuestros argumentos los exponemos gritando, y hablamos todos a la vez, y encima, lo que parece algo milagroso, nos entendemos.

    En una barra de un bar, con una caña y un vino en la mano, no hay tema que se nos resista. Nos da igual el fútbol, los toros, la política, la educación, la historia, la literatura, el cine...De todo manifestamos nuestra opinión, que, por supuesto, es siempre la mejor. Cuestionamos y damos lecciones a los profesionales de la medicina, de la enseñanza, del derecho, de la historia... ¡Y ay de aquel que se atreva a discrepar de nuestras afirmaciones!

    Nos creemos que somos el ombligo del mundo. Somos unos sabelotodo, otra cosa muy diferente es que lo seamos. Somos y nos creemos diferentes, y por supuesto los mejores, dotados de todo un acervo de virtudes, debido, en parte, a nuestra poca capacidad autocrítica

    Al respecto, son oportunas algunas reflexiones plenamente actuales de Azaña de su obra La Velada de Benicarló: «Ustedes decían que el enemigo de un español es otro español. Cierto. ¿Por qué? Porque normalmente es de otro español de quien recibimos la insoportable pesadumbre de tolerarlo, de transigir, de respetar sus pensamientos...El blanco de su impaciencia, de su cólera y enemistad es otro español. Otro español quien le hace tascar el freno, contra quien busca el desquite. ¿El desquite de qué ofensa? La ofensa de pensar contrariamente. El español es extremoso en sus juicios. Está enseñado a discurrir partiendo de premisas inconciliables. Pedro es alto o bajo; la pared es blanca o negra; Juan es criminal o santo...Los segundos términos, los perfiles indecisos, la gradación de matices no son de nuestra moral, de nuestra política, de nuestra estética. Cara o cruz, muerte o vida, resalto brusco, granito emergente de la aren.Percibir exactamente lo que ocurre en torno nuestro, es virtud personal rara. La moderación, la cordura, la prudencia de que yo hablo, estrictamente razonables, se fundan en el conocimiento de la realidad, es decir, en la exactitud. Estoy persuadido de que el caletre español es incompatible con la exactitud. Nos conducimos como gente sin razón».

    Somos generosos, hospitalarios, divertidos y capaces, a veces, de los mayores sacrificios. Aunque últimamente con la llegada masiva de población foránea, proliferan cada vez más la xenofobia y el racismo, lo que significa un claro desconocimiento de nuestro pasado como emigrantes.

    Impuntuales, porque siempre llegamos tarde, abusando de la paciencia del que sabemos nos está esperando. Puede que sea porque durante muchos años, las mujeres españolas acudían con impuntualidad sistemática a las citas con sus novios o amigos. Presentarse puntualmente «no estaba bien visto».

    Un tanto indolentes, al costarnos bastante arrancar para el inicio del trabajo, sobre todo después de la siesta, dejamos las cosas para el día siguiente. Estamos siempre contando los días que nos faltan para jubilarnos.

    Orgullosos, como el hidalgo del Lazarillo de Tormes, por ello alegamos ¡no saben ustedes con quién se la está jugando! Pretenciosos vivimos muy atentos a las apariencias y por encima de nuestras posibilidades, y, por ende, nos preocupa sobremanera el qué dirán.

    Chismosos, como demuestra la popularidad de programas televisivos basados precisamente en el chismorreo. Por supuesto, que luego nadie ve.

    Chapuceros, por ello nos cabe el orgullo de haber inventado la chapuza, hija de la improvisación y prima carnal de la irresponsabilidad. Bebedores, ya que no sabemos celebrar un acontecimiento, igual da que sea una boda que un entierro, a no ser con una copa

    Vivimos en un tsunami de corrupción. Para la catedrática de Filosofía Moral Victoria Camps «Cuando hay corrupción existe la complicidad del grupo político y también la de toda la sociedad». Y es así porque carecemos de unos valores éticos claros, en torno a los cuales organizar nuestra convivencia.

    Acusamos a nuestra clase política de su incapacidad para el diálogo. Es cierta su incapacidad para el diálogo. ¡Qué contraste con el resto de la ciudadanía! Para corroborar nuestro ADN para el diálogo no hace falta más que escuchar a muchos tertulianos en los diferentes medios de comunicación, observar los comentarios de muchos de nuestros conciudadanos por las redes sociales, las conversaciones en las barras de los bares o las reuniones de la comunidad de vecinos. Los ciudadanos damos muestras de ser un país dialogante, flexible, presto a escuchar al otro y a acordar con él decisiones conjuntas en pro del bien general.

    La sociedad española se considera a sí misma como perfecta, pero que tiene la desgracia de estar dirigida siempre por los peores. Lo cual no cuadra con tal afirmación. Porque, una de dos, o no es verdad que los elegidos son siempre los más imperfectos o la sociedad española no es tan perfecta como se cree, puesto que elige una y otra vez a los peores para que la dirijan. ¿Si somos tan perfectos por qué nos equivocamos una vez tras otra a la hora de elegir a nuestros dirigentes?

    Señala Daniel Innenarity en La política en tiempos de indignación que en el menosprecio a la clase política se cuelan lugares comunes y descalificaciones, que muestran una gran ignorancia sobre la naturaleza de la política y propician el desprecio hacia ella. A estos críticos les deberíamos recordar que cuando impugnan algo tenemos derecho a exigirles que nos diga quién ocupará su lugar. No ocurra aquello de la incongruencia del último vagón. Se trata del chiste relacionado con unas autoridades ferroviarias que, al descubrir que la mayoría de los accidentes afectaban al último vagón, decidieron suprimirlo en todos los trenes. ¿Hacemos lo mismo con la clase política? ¿La suprimimos toda? ¿Ponemos entonces a tecnócratas? Queremos en el Parlamento a los mejores, pero no estamos dispuestos a pagarles un sueldo digno, y así solo acudirán los ricos.

    En un aviso a navegantes despistados y malintencionados, que abundan en esta España nuestra, en absoluto pretendo exculpar de la incapacidad manifiesta de nuestra clase política para liderar y dirigir nuestros asuntos públicos. Así las cosas, quizá deberíamos plantearnos sustituirlos por otros que estén a nuestra altura y que reflejen nuestro carácter con mayor fidelidad, pudiendo decir de ellos que representan nuestras virtudes.

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