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Ya viene
el invierno

| Actualizado a 22 septiembre 2022 07:00
Juan Ramón Ortega Ugena
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En plena crisis económica, la de 2008, a una política valenciana se le ocurrió decir que muchos de los subsidiados empleaban el dinero en comprarse la televisión –de plasma, se decía por entonces– más grande que había en el mercado. La lapidaron. Por entonces, un pensador francés, en una entrevista en el diario El País, vino a decir lo mismo, pero todos callaron. No se atrevieron con un filósofo y, además, francés. Podían ser tildados de ignorantes o probablemente no lo leyeron porque bastantes letras tienen ya las páginas deportivas. Es verdad que había familias que vivían de la pensión del abuelo y que otras ni eso, pero no era extraño que, aun así, la situación fuera como la de un joven que salió en el programa de MyHyV que, con toda la cachaza del mundo, contó que estaba en el paro, pero que era un tío sano, no perdía el tiempo y se iba todas las mañanas al gimnasio, con la bendición de la presentadora Emma García, que lo puso como modelo a seguir. Nada de prepararse para un trabajo.

Dicen que vamos a pasar frío, que no vamos a poder pagar un restaurante porque ese dinero lo vamos a necesitar para cubrir necesidades básicas

Me dirán que qué hacía yo a esas horas viendo la televisión en lugar de seguir mi consejo y trabajar. Confieso que me quedaba con la boca abierta viendo la dinámica y el desparpajo de esos espacios. Lo bueno que tienen es que si ves uno ya has visto todos, con lo que si empalmas el par de neuronas, difícilmente repites. Por eso desde hace años no tengo televisión, televisor, quiero decir. Y sigo tan informado sobre lo que pasa en ese submundo como el día prístino aquel. Ni siquiera echo de menos a Arguiñano.

Durante la pandemia hubo muchas quejas, y las sigue habiendo. También sufrimiento, y no me refiero al que produjo el no poder ir al bar a tomarte unos botellines con los amigos. Ése fue vergonzoso. Sino a las muertes y al esfuerzo ímprobo de los profesionales. Pero salvo algunas fotos puntuales de anaqueles saqueados en los supermercados, estuvimos bien abastecidos y el tiempo muerto se pudo llenar de diferentes maneras, entre otras lloriqueando por lo desgraciaditos que somos y lo duro que es estar en casa tantas horas con el cónyuge.

Cuando empezábamos a respirar, llegó Putin con su armada invencible. Ha formado una guerra en la que ves a los soldados bien equipados y gorditos. Algunos se echan un baile con el fusil para mostrar a sus hijos lo felices que son en el frente. Luego lo suben a TikTok. La percepción que recibimos de la guerra es que está cercana a un videojuego o a un juego de rol. También salen casas destruidas, ancianas llorando y algún cuerpo al lado de su bicicleta. Dan noticias de niños asesinados por las bombas, pero parecería que forman parte de la partida como la cárcel en la oca. Similar a contar cuántos carros de combate han destripado unos y otros, los de la zeta y los de la uve.

El egoísmo infantiloide no nos permite ejercer la capacidad de ponernos en la situación que genera la guerra, el daño que puede hacer un simple fusil

No quedan personas que vivieran la Guerra Civil, incluso los que la conocemos de oídas a través de los que la padecieron nos vamos haciendo mayores. Suena a batallitas cada vez más. No se hace el servicio militar, con lo que los conocimientos sobre las consecuencias de las armas se adquieren en internet en plan lúdico, en una realidad falsa, artificial. El egoísmo infantiloide no nos permite ejercer la capacidad de ponernos en la situación que genera la guerra, el daño que puede hacer un simple fusil.

... Y ahora viene el invierno y las consecuencias de la invasión de Ucrania. Dicen que vamos a pasar frío, que no vamos a poder pagar un restaurante porque ese dinero lo vamos a necesitar para cubrir necesidades básicas. Después de lo vivido en los últimos años, deberíamos de estar más que preparados, entrenados para encontrarle las vueltas y que el festejo no decaiga. Y no, no soy un aguafiestas. Me alegra que esta sociedad viva y sobreviva con optimismo y picaresca mientras el cuerpo aguante. Y mañana, Dios dirá.

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