Opinión

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La moral tiene criterios estéticos.No es lo mismo matar una cucaracha que una mariposa. Lo decía Nietzsche. Nos recuerda que la moral, la forma en que la sociedad define el bien y el mal, no siempre se basa en la verdad o la justicia; a menudo se basa en las apariencias. Una cucaracha nos repugna, por lo que matarla nos parece justificado. Una mariposa nos deleita, por lo que dañarla nos parece cruel. El acto es el mismo —quitar la vida—, pero nuestro juicio cambia según la belleza. Nietzsche expone cuán superficial puede ser nuestra noción de «bueno» y «malo». Nos dejamos influir por la apariencia, no por la esencia. Esto no solo se aplica a los insectos, sino también a las personas. Alguien encantador, atractivo o admirado socialmente puede salir impune de actos que condenamos en alguien común o antipático.

Esto nos lleva a preguntarnos: ¿con qué frecuencia nuestros valores se moldean no por la verdad, sino por la estética, por las impresiones superficiales, las apariencias y las emociones? El desafío de Nietzsche es incómodo pero necesario: mirar más allá de la máscara de la belleza o la fealdad, y cuestionar si nuestra brújula moral es realmente nuestra, o simplemente la costumbre de la sociedad de juzgar los libros por sus portadas.

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