Somos animales más o menos racionales. Y estamos aquí, porque nuestros genes han sido capaces de sobrevivir a depredadores tras ser durante miles de años simples primates subidos a un árbol en la sabana. Superamos sequías, hambrunas, cataclismos… Porque siempre hemos estado alerta.
A veces esa capacidad de percibir el peligro antes de que se nos coman se convierte en indeseable ansiedad. Hoy el peligro de que nos persiga un tigre ha desaparecido; pero la ansiedad sigue exigiéndonos una molesta alerta continua.
Es la que nos asalta cuando tenemos que hablar en públicos; realizar un examen o superar una prueba en la que nos juzgarán.
Hay quien no la domina nunca y acaba recluyéndose en una cómoda renuncia a que le escuchen. Y en las clases de la URV hemos tenido ejemplos de brillantes articulistas, pero pésimos oradores. Y al revés. Hay quien la vence ensayando, entrenando, superándose… Entre amigos; en el deporte… En el tenis.
Y estos días viendo jugar a Carlos Alcaraz en Wimbledon he recordado el análisis de sus tácticas para vencer la ansiedad de Michaell Allison, coach de coaches que ahora prepara nuevos cursos en España tras visitar las escuelas de Rafa Nadal o la de los Sánchez Vicario en Barcelona.
Nadal llegó a la cumbre del tenis mundial dominando su ansiedad con un ritual. Si lo han visto jugar alguna vez, recordarán cómo antes de cada saque repetía exactamente los mismos gestos: se tocaba el pelo, la nariz, la salva sea la parte… Caminaba exactamente los mismos pasos hasta la toalla y la usaba siempre igual. Se le veía decirse algunas frases por el movimiento de sus labios. Siempre eran las mismas.
Una oración. Y no toleraba que nadie hiciera el mínimo ruido en las gradas cuando el jugaba y se la jugaba en la pista. Recuerdo que mi grupito de amigos y yo sufrimos una dura -y merecida- reprimenda del campeón durante unas semifinales del Godó. Apenas emitimos un bisbiseo, pero para él fue como si cantáramos la parrala. Nos miró airado y se llevó las manos a los labios con autoridad. Yo pensé que para nosotros era un cuchicheo, pero su subconsciente podía percibirlo como una grave amenaza...Y perder la bola, el match, el partido.
En el mundillo del tenis se murmuraba que todo ese ritual de gestos era mera superstición. Pero Allison me explica que es un recurso de tímidos y ansiosos para vencer la incertidumbre. Nadal no sabía por dónde le iba a entrar la bola; pero sabía qué iba a hacer exactamente antes y después.
Tácticas
Así que con él aprendí a combatir mis miedos cotidianos con un ritual. Y recuerdo el que me dio otro psicólogo polivagal para hablar en público: antes de empezar recorra usted solo el escenario tres veces -ni una ni cuatro- y escupa en los rincones (mejor si no le ven) y así marcará territorio para su subconsciente y se relajará.
Hay quien se mete una pastillita de sumial y obtiene parecidos resultados, pero no es lo más sano. Es mejor usar el ritual Allison y, por ejemplo, cogerse los dedos como si contaras los argumentos que utilizas al hablar e ir soltándolos uno tras otro mientras te expresas en público.
Carlos Alcaraz, en cambio, prefiere tomar distancia de la situación acercándose al público y sintiendo a sus amigos, familia y equipo muy próximos… Jugar. Digamos que sería el chaval que en el examen sonríe, gasta bromas, deja escapar risitas y relativiza la importancia del examen.
Es otra táctica. Muy diferente, pero igualmente ganadora. Imagino que el deporte existe para adiestrarnos en el arte de vivir. Formamos equipos; nos entrenamos; creamos vínculos más allá de cada partido que tal vez duren toda una vida; competimos y cooperamos… Ojalá la política no fuera diferente.