Hoy en la URV, como en otras universidades catalanas, hay convocada una huelga para protestar contra el genocidio palestino. De sobras encontrarán en diarios, tertulias y plataformas comentaristas autorizados para elucidar si esta protesta aporta algo a la lucha contra la injusticia, ojalá, aparte de perjudicar con seguridad el rendimiento académico.
Yo solo me permitiré celebrar con ustedes que un grupo de mis alumnos de Periodismo me han enviado un whatss en el que me proponen hacer discretamente huelga a la huelga y reunirnos para comentar los ejercicios programados para hoy.
Podemos contribuir también a luchar contra la injustica con nuestro humilde quehacer cotidiano
Gracias, compañeros alumnos algunos ya colegas. Me ha hecho muchísima ilusión saber que podemos contribuir también a luchar contra la injusticia con nuestro humilde quehacer cotidiano. Tras leer el whatss, me siento más útil y más aún tras leer algunos de los ejercicios que me adelantáis por mail.
Uno de vosotros ha entrevistado al portero de una discoteca de Reus con fama de casa de citas. «He visto aquí –reza el titular– más soledad que sexo». Y refiere las desgracias de los ‘desesperados’, los clientes más temidos por los de seguridad, porque se han enamorado de alguna de las chicas del local y ahora quieren redimirla. Son rechazados –cuenta– por ellas y puestos de patitas en la calle donde pueden volverse muy agresivos…
Al leer la apasionante pieza que ha cuajado nuestro alumno recuerdo algún local ‘nocturno’ del casc antic tarragoní donde antaño también se ofrecía más compañía –era así como las llamaban: chicas de compañía– que otra cosa. En aquellas barras, auténticos confesionarios cuando no divanes de psicoterapia, las madames escuchaban desde lamentos por la hipoteca encarecida hasta las quejas por las malas notas de los hijos o las arbitrariedades del jefe. Y ahora al leer el ejercicio de mi alumno compruebo que las cosas no han cambiado. Se pagaba la copa al triple que en cualquier bar porque llevaba incorporada unas orejas que escuchaban o sabían fingirlo.
Un planchista de un Frankfurt sabía distinguir a los clientes por cómo se sentaban a la barra
Otro becario destacado me remite su incalificable entrevista con un cajero de supermercado. No sé cómo lo logra, pero tras leerla siento renovada mi fe en la humanidad. Y es que el chaval, veinteañero, tiene siempre una palabra de ánimo para todos cuantos pasan por caja; ayuda a los mayores; bromea con los críos y hace sentirse a todos, en fin, más personas en la cola esperando que les cobre las patatas.
El caso es que se ha hecho popular en el barrio y el mero intercambio de holas y adioses con algún añadido personal ad hoc hace sonreír a quienes se cruzan con él y lo reconocen. Y ha animado a nuestro colega en clase a entrevistarlo. Sé que no es fácil transmitir esa bonhomía dicharachera, que no plasta y menos aún, interesada, de quien sabe por instinto dónde, cuándo y a quién saludar más allá de la formalidad.
De nuevo, el cajero simpático que llama la atención por serlo pone la llaga en la primera causa de muerte en vida en nuestras sociedades, que es estar más solo que la una.
Y al hilo de las entrevistas excelentes recuerdo de otros años la del planchista de un Frankfurt de Tarragona que sabía distinguir a los clientes por cómo se sentaban en la barra: qué pedían y, lo más difícil, cómo conseguir que dejaran propina. Sé que en estos lares es casi imposible, porque quien escribe vendió en el bachillerato durante un largo y tórrido verano helados en un puesto de Camy en la Plaza Imperial Tarraco. Y cuando ya acababa agosto descubrí que el mejor modo de que te dijeran que te quedaras con el cambio era alargar la conversación... Pero si lograbas charlar sin que se te notara, era porque ya te daba igual si te daban propina o no. Y las horas volaban.