¿Qué es lo mejor que puedes comprar cuando, como Jeff Bezos, el fundador de Amazon, tienes un patrimonio de 250.000 millones de dólares y por tanto lo tienes todo? La respuesta es muy sencilla: la vida eterna. O por lo menos, vivir más. Y esa es la que dio hace un par de años Bezos a esa pregunta. Con 3.000 de sus millones fundó el Altos Lab en California y se llevó allí desde Barcelona —pagando cifras de mareo— a dos de nuestros mejores científicos: Juan Carlos Izpisúa y Manuel Serrano.
Pasé horas inolvidables con ellos en sus laboratorios antes de que los fichara Bezos. Izpisúa me dijo «Una célula madre en un laboratorio en condiciones vive mientras las tenga: nunca muere; no tiene fecha de caducidad». Serrano no fue tan explícito; pero me dio a entender que hay recorrido en su especialidad, el rejuvenecimiento celular, aunque fue muy comedido al decirme que no perseguía «la inmortalidad», sino mejorar la salud a lo largo del envejecimiento y la calidad de vida reduciendo las enfermedades que llegan con los años.
La Historia del progreso: decidir cada vez más cosas sobre nuestra propia existencia
Estos días me llegan los ecos de sus últimos y prometedores logros en el laboratorio de California y cómo la inmensa cantidad de dinero —hablamos de trillones— que se están invirtiendo ahora en Inteligencia Artificial los pueden acelerar y cambiar así nuestros destinos.
No se trata, repetían los dos, de que vivamos eternamente ni mucho menos; pero sí de que ensanchemos la capacidad humana de decisión. Esa es la Historia del progreso: cada vez decidir más cosas sobre nuestra propia existencia. Mi abuela no pudo decidir cuantos hijos tenía; ni cuándo... Hoy hay madres de 60 años tras serlo cuando han querido.
Y aterriza en Catalunya y entrevisto a Mauricio Umansky, leyenda de la propiedad inmobiliaria en Beverly Hills que ahora abre delegación en nuestros vecindarios para los más ricos. Umansky me cuenta que en las casas de los potentados instala el ‘cuarto de la sangre’. Consiste en un rejuvenecedor de sangre por transfusiones que complementa el trabajo realizado en el gym y la piscina privadas.
Mauricio Umansky cuenta que en las casas de los potentados instala el ‘cuarto de la sangre’
De ahí que resulte enternecedor y gratificante charlar con la cineasta Alauda Ruiz de Azúa, que acaba de ganar la Concha de Oro en San Sebastián con Los domingos. La película documenta el camino de una joven vasca, el ‘proceso de discernimiento’ para acabar ingresando en un convento de clausura: otro modo, al cabo, de buscar la vida eterna empezando por encontrarla en la paz absoluta del claustro; el calor de la comunidad; el no tener que preocuparse ya por sueldos, hipotecas ni convenios ni novios, divorcios, separaciones ni hijos…Dios, al cabo, ¿Cabe mayor proyección de eternidad?
La joven ingresa en el convento con 17 años y su decisión, como podría adivinarse, causa un enorme revuelo en su familia y entorno y en el de su noviete al que prefiere relegar, porque es «el amor terrenal», dice Alauda, frente al «amor divino». Sorprende el cuidadoso acercamiento de la directora a la decisión de la joven y el cuidadoso tratamiento de la vida en un convento que tantas veces ha sido banalizado por el cine. Le pregunto si el de los conventos de clausura no resulta un asunto remoto para la mayoría y me sorprende respondiendo que el amor no lo es y que al hablar con estas chicas que deciden ser monjas lo ha podido sentir.
La vida eterna, al fin y al cabo, más que un destino es un camino —ninguno es más largo— por recorrer. A los más nos quedará pagar la hipoteca antes de llegar y palmar cuando nos toque, pero lo mejor es compartirlo.