Humm… Alguien había abierto la nevera de casa que mi amigo había llenado con grandísimo dolor de sus riñones y, ay, de su bolsillo. Es mi chaval, pensó, que ha llegado del trabajo hambriento y piensa ya en la cena. Su madre bordaba los canelones, que, al abrir el horno, —oyó otro hummm de ese alguien al abrirlo— dejaban escapar el aroma irresistible de los piñones, el tomate frito hecho en casa y la bechamel adorable de la abuela con su toque de orégano.
Después, se encontró el lavabo del pasillo ocupado —el de su habitación ya se había convertido en el confesionario, con el móvil en la mano, de la pequeña. Y tuvo que cerrar rodillas y apretar su ya atribulada próstata recorriendo el pasillo dando saltitos. Los hijos… Ay, los hijos, pensó resignándose: pronto los echaremos de menos.
Vacíe la nevera ‘ad cautelam’. Póngase una neverita de esas de excursión debajo de la cama
Eso le habían dicho. Había comprado la película de que te casas, tienes hijos, los cuidas, se van y vuelven solo para cuidarte… Entonces ¿por qué a sus 30 años aún le vacían la nevera, traen a sus novias y novios a sus cuartos, y se acuartelan en el piso cada vez que nos vamos unos días al pueblo para montar cenitas y fiestas como cuando eran quinceañeros?
¿Síndrome del nido vacío? Lo que hay es un nido siempre lleno y del que cualquier día nos echarán para dejarnos llenar el del asilo (si es posible público y gratuito).
Lo pensaba mi amigo, que había soñado con un perrihijo para cuando se quedaran solitos en casa él y señora y echaran de menos a los niños. Pero ya no quería tener perro, porque sacaba a pasear el que le traían los chavales, que se habían cansado del chucho.
Fue cuando me llamó al móvil para que paseara con él al animalito. Así me enteré de que el ‘hummm’ no era ni de su mayor ni de la pequeña ni del segundo. Era del novio de alguno de ellos —ya se había resignado a no saber de quién—, porque todos eran bienvenidos en su casa, donde hace tiempo que todos se declaraban binarios. Por si acaso.
Cancele la suscripción a Netflix por unos días y cierre la wifi. Eso es definitivo
Correa de perro de hijo, que no perrihijo, en mano, mi amigo quiso buscarse excusas para no llamar gorrones a los críos: ¿dónde van a ir si una habitación en un barrio ya cuesta 300 euros? Si los huevos se han puesto por las nubes… Y lamentaciones por el estilo.
Pero se acordó de que la pequeña amenazaba con traerse a las amigas que hizo en Roma durante su Erasmus y que este verano habían aterrizado dos marroquíes amigos del mayor en los cojines del sofá del comedor.
Le vi tan desesperado, pobre compañero de pupitre, que le di algunos consejos que ahora comparto con ustedes para que su vida fuera si no del todo liberada; algo menos esclava:
Vacíe la nevera ad cautelam. Póngase una neverita de esas de excursión debajo de la cama para cuando lleguen los novios o novias o lo que se tercie de su progenie: tenga esos días en la cocina tan solo cuatro latas de fideos de lo más insípidas; de esas de oferta. Y patatas, cebollas… Esas cosas que hay que saber cocinar —dedicarles tiempo en suma— antes de poder comérselas. No las tocarán.
Cancele la suscripción a Netflix por unos días y cierre la wifi. Eso es definitivo. Diga que se ha estropeado y que tiene que reunirse la comunidad de vecinos dentro de dos meses para arreglarlo. Sugiera, si quiere obtener algún bostezo desganado, que cualquiera de sus hijos o amigos puede ir en persona a la reunión de vecinos para representar sus intereses… Y si no, que vuelvan a disfrutar las wifis de sus casas. Y suerte, amigos, nos vemos en el asilo, que alguna cosa buena tendrá.