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La plataforma del Miracle nuestras fallas de hormigón

La factura del derribo del Milagro. Ubicada en el extremo norte de la playa, nunca supimos para qué se construyó ni por qué no sirvió pero ahora sí sabemos que nos costará 3,3 millones de euros de deconstruir

| Actualizado a 26 mayo 2022 07:41
Lluís Amiguet
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La platja del Miracle tuvo mala suerte con su urbanismo durante décadas, por lo que ya mi padre escribía con distancia crítica en este diario al respecto -de hecho no era el único- cuando se edificó un restaurante sin licencia en la punta en los años setenta, que luego fuimos a ver derribar toda mi pandilla en los ochenta (después los ecologistas la liaron, porque los escombros se arrojaron sin más al mar).

Lo hemos vuelto a comentar al leer las crónicas de estos días sobre la demolición de la tan monstruosa como inútil plataforma de hormigón ubicada en el extremo norte de la playa que nunca supimos para qué se construyó ni por qué no sirvió pero ahora sí sabemos que costará 3,3 millones de euros de deconstruir.

He escrito «costará». Perdón, amigos, debí decir «nos costará», porque esos millones, por mucho que salgan de los fondos Next Generation, tendremos que devolverlos. La inflación disparará los tipos -la presidenta del Banco Central Europeo (BCE), Christine Lagarde, ya anuncia una subida para julio- y eso significa que tendremos que pagar todos más intereses por nuestro 122% de nuestro Producto Interior Bruto (PIB) que ya debemos a los deudores internacionales.

¿Se acuerdan cuando no podíamos pagar a nuestros deudores con nuestros ingresos fiscales allá por los años 2008-2015 y hubo que pedir un rescate de 40.000 millones a Draghi? Entonces, para poder satisfacer tan solo los intereses, nos impusieron los denostados recortes en Sanidad y Educación.

Ahora han cambiado los políticos, pero los números volverían a ser parecidos...Y los recortes, también. Mientras llega otro Mario con la rebaja, el derribo del Milagro nos ha recordado a los tarraconenses, hoy transterrados en Barcelona con tertulia los jueves, a la barcelonesa Plaza de las Glòries, porque hemos perdido ya la cuenta de sus proyectos, PERI, planes, promociones, construcciones y reconstrucciones.

También se asemejan a la plaza Lesseps, que hemos visto hacer y deshacer ya varias veces.

Pero el monstruo de los monstruos del hormigón armado y desarmante en Barcelona es el que fuera Fòrum de las Culturas, hoy en día buscando su destino aún entre desatinos urbanísticos y el jolgorio de los patinadores.

¿Quién sale ganando cuando se construye y se deconstruye? Los malpensados dirán que quienes en nombre de alguna ideología se llevan alguna comisión, tanto para construir como para derribar, y alimentan así nuestra inmensa tecnoestructura de la construcción, paralela a la de la sanidad o la educación y, al cabo, mejor que la militar.

La economía es un sistema que ya Keynes apuntaba que hay que tener funcionando a tope, aunque sea haciendo y deshaciendo, para que nos alimente a todos. Y la política prospera, así se pagan las campañas electorales, en ese tejer y destejer de presupuestos de construcción y deconstrucción, impuestos y proyectos que pocos ciudadanos conocen, aunque seamos nosotros quienes, al final, las paguemos con cada cartel electoral de todos los partidos.

De ahí que recuerde una entrevista que realicé al creador de los presupuestos participativos, Tarso Gemro, alcalde de Porto Alegre, Brasil. Tarso proponía que antes de cada obra pública se le dijera a cada ciudadano cuánto le iba a costar y de qué partidas del presupuesto -sanidad, educación, pensiones- se iba a detraer para financiarla. Después, los ciudadanos votarían si querían llevarla a cabo o no. Y esa filosofía llevó a referéndums como el del tranvía de la Diagonal -que alguien me explique la ventaja de un tranvía sobre un autobús eléctrico- que nos entretuvo durante meses.

Cada obra pública, en fin, debería someterse al veredicto de la ciudadanía, pero tampoco así, me temo, nos evitaríamos deconstrucciones. Tal vez sí algunas comisiones.

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