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Los gilipollas

El porcentaje de gilipollas. La Universidad de San Diego cifra en un 12 por ciento el de personas con rasgos psicopáticos que ocupan altos cargos en las grandes empresas

| Actualizado a 27 octubre 2022 07:00
Lluís Amiguet
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Paso la mañana intercambiando experiencias empresariales con el ‘padre del Ipod’ y diseñador del ‘iphone’ y de otros grandes inventos que han cambiado nuestras vidas, Tony Fadell. Pero lo que no ha cambiado durante su larga trayectoria de ingeniero, inventor y emprendedor en Silicon Valley es –cita textual– «el porcentaje de gilipollas que te encuentras cada día». La Universidad de San Diego, apunta, cifra en un 12% el de personas con rasgos psicopáticos que ocupan altos cargos en las grandes empresas. Barrunto –sin más baremo que mi propia experiencia– que el de nuestras empresas, administraciones y partidos políticos no es inferior.

1-En la taxonomía gilipollesca española (y, ça va de soit, catalana: no empecemos con gilipolleces) la subespecie reina es sin duda la del gilipollas gilipollas: es quien inflige daño a sus colegas, familiares y conocidos, porque amigos ya no le quedan, sin obtener a cambio beneficio alguno. Tal vez solo la fugaz compensación de sentirse poderoso haciendo daño, que siempre es más fácil que hacer el bien, y sobre todo más gratificante a corto plazo. Los distinguirá porque nadie quiere sentarse a su lado en una fiesta, pero hay que aguantarlos en el trabajo que consiguieron gracias a otro gilipollas gilipollas que lo enchufó.

2-Gilipollas Políticos: viven del esfuerzo y talento ajeno para los éxitos que «hemos conseguido» y de los errores que «han cometido». Nunca arriesgan, y por tanto, nunca pierden; pero tampoco aportan nada a la organización aparte de calentar una silla: ¿Cómo evitan ser despedidos? Son habilísimos creando coaliciones de interés con otros gilipollas políticos con los que enseguida se juntan los críe Dios o el demonio.

3-Gilipollas Controladores: se distinguen porque les molesta toda buena idea que no sea suya y se sienten amenazados por el talento de quienes las tienen. Son maestros en evitar que quien trabaja y sabe cómo progresar no lo consiga. Y no dejan de ser cada día mejores en esa habilidad que perfeccionan hasta que acaban liquidando la propia organización que parasitan... Y a por la siguiente.

4-Gilipollas con una Misión: Saben que lo son a menudo, pero se sienten legitimados para serlo por el aura purificadora de su destino manifiesto como liberadores de países, lenguas, sexos, minorías, barrios o cuñados gorrones de Antequera. Da igual la misión: hay que salvar a las focas o acabar con las especies invasoras de gurrumino. El caso es que no son ellos; son la misión y por el camino se van embolsando las comisiones, subvenciones y lo que caiga. Y, además, hay que agradecérselo o eres enemigo a derribar de la causa. Y por ende, de la entera humanidad.

Los gilipollas de toda especie pueden actuar de forma agresiva y exhibida: gritan, te señalan, te odian y quieren que se note para intimidarte y dominarte; o pasivo agresiva: te sonríen, asienten, te dan la razón cuando les miras y cuando no, te clavan los puñales de la insidia, el chisme o la falsedad por la espalda.

¿Cómo defenderse de los gilipollas? Puedes matarlos de cariño dejándolos totalmente despistados; pasar de ellos; intentar sortearlos o enfrentarte desde el primer día a sus asechanzas: señalarles la pared y decir que acabaréis a bofetadas, colgando vuestros atributos allí. Y que los tuyos serán los más grandes. Eso, cuenta Fadell, le dijo uno de sus primeros jefes en Apple.

Al final, Fadell y yo convenimos en que también hemos sido gilipollas alguna vez; tal vez más; tal vez muchas; quizá demasiadas... Seguro, pero ya hemos sido castigados por ello, porque la primera víctima del gilipollas es él mismo.

Lluís Amiguet es autor y cocreador de ‘La Contra’ de ‘La Vanguardia’ desde que se creó en enero de 1998. Comenzó a ejercer como periodista en el ‘Diari’ y en Ser Tarragona. Su último libro es ‘Homo rebellis: Claves de la ciencia para la aventura de la vida’.

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