Opinión

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Un día Vidal y Barraquer se encontró a Antoni Gaudí, que iba acompañado por Josep Maria Jujol. El cardenal, dirigiéndose a Gaudí, le preguntó: «¿Es un discípulo suyo?». «No, es mi hermano», contestó el genio. El título que le otorgaba refleja la amistad que mantuvieron siempre, porque los amigos de verdad son los que duran. Por algo le dice don Quijote a Sancho: «Cuando entres en el corazón de un amigo, no importa el lugar que ocupes, sino que nunca salgas de allí».

En mayo de 1990, Tarragona recuperó el Teatre Metropol, que contiene huellas artísticas de Jujol. Saludé a su hijo, que estaba recibiendo con alegría el tardío homenaje que se rendía a su padre. Fue un fogonazo de gratitud que no agotaba la admiración al personaje. Jujol es aún una «asignatura pendiente», como reivindicaba ayer la portada del Diari y el magnífico reportaje de Núria Riu.

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