Opinión

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Hace unos días tuve la oportunidad de visitar el Museo del Louvre y el Museo de Orsay en París. Entre obras maestras del Renacimiento, lo más granado del impresionismo y más de una obra que me provocó un tremendo síndrome de Stendhal, me topé de nuevo con una escena, que no por habitual deja de sorprenderme: el afán por fotografiar pinturas y esculturas de renombre sin pararse a mirarlas.

Mientras mi mujer y yo nos tirábamos largo rato observando las obras, decenas de fotógrafos furtivos aparecían y desaparecían ante nuestros ojos, con rapidez reptil y ansia codiciosa, para cazar instantáneas de las piezas más famosas del museo. A menudo, sin echar siquiera un vistazo a su presa. O sin conocerla. O guiados solo por la longitud de las colas ante ella.

Me contaba hace años mi amigo Plàcid Garcia-Planas que, en el frente de guerra en Afganistán, los soldados le mostraban orgullosos los vídeos de explosiones que habían capturado con sus móviles, mientras ante sus ojos se desarrollaba un combate en vivo y en directo. Había en todo ello un cierto afán por poseer, por atesorar la imagen, por ser más protagonista de la acción.

Algo parecido debe pasarles a ciertos turistas: quieren capturar la obra, atraparla, tenerla... Y por el camino se pierden el disfrute, el aprendizaje, la pausa... Y otras obras menos populares que, sin embargo, son una verdadera gozada.

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