Ya va siendo hora de que el mundo reaccione ante este desastre. Las cifras son dramáticas y espeluznantes. Según los datos de la Organización Mundial de la Salud, alrededor de 200.000 jóvenes, de entre 14 y 28 años, se suicidan al año en el mundo por sufrir este acoso. ¿Ustedes se dan cuenta de la magnitud de esta tragedia? No hay guerra, ni atentado, ni terremoto que llegue a ese número de muertes. Mi opinión es que aún no se le ha dado la importancia que realmente tiene. El próximo día 6, como todos los primeros jueves de noviembre, se celebra el Día Internacional contra la Violencia y el Acoso en la Escuela. Un buen motivo para remover conciencias y reflexionar sobre este tema.
Hace unos días se producía en Sevilla un suicidio por acoso. Uno más. Fue en Sevilla como podía ser en el Bierzo o en la Conchinchina. Con el mismo formato y perfil de los miles de casos de este tipo: Sandra Peña, de 14 años, llevaba mucho tiempo sufriendo el acoso de tres compañeras de su colegio, las Irlandesas de Loreto de Sevilla. La niña confesó en casa la angustia que le generaba ir a clase, por lo que la madre fue a quejarse al equipo directivo. El colegio no hizo lo suficiente. El pasado 14 de octubre, al salir de clase, le niña no aguantó más y se precipitó desde un balcón en la calle Rafael Laffón de Sevilla. La noticia abrió todos los telediarios de España. El resumen final fue el de siempre: «Si todos hubieran hecho su trabajo, Sandra estaría viva». Podrán cambiar los detalles, pero lo esencial aparece siempre en estos procesos de acoso con suicidio: una niña o un niño humillado por uno o un grupo de chulos y matones; todo el centro conoce esta situación, pero se lo callan; los niños y las familias acosadas se quejan y lo denuncian; nadie les hace caso y ven como única salida el suicidio. La frase final siempre es la misma: «Esta muerte se podría haber evitado». «¡Qué pena y qué tristeza!»
Nuestra definición de acoso escolar (o Bullying) es el maltrato físico o psicológico deliberado y continuado que recibe un alumno por parte de un compañero o un grupo de compañeros que se comportan con él cruelmente con el único fin de someterlo y asustarlo con insultos, difamaciones, amenazas, chantajes, robos o golpes, que provocan el aislamiento y la inferioridad del acosado. Con la llegada del ciberacoso, la complicación es tremenda. Se caracteriza por la intimidación producida a través internet con mensajes de WhatsApp por los que el acosador difunde infundios que provocan un enorme malestar en la víctima. Este acoso ya no se da en el colegio, aunque está en el colegio. Los centros escolares están obligados también a implicarse y tomar medidas. Es muy corriente la tendencia a no dar importancia a este tema, pero no se equivoquen, señores, eso no es cosa de niños, sino acoso puro y duro.
Siempre he dicho que estoy convencido de que todo acoso escolar finaliza a los cinco minutos de ser conocido por el equipo directivo. Lo importante es romper el silencio y encontrar un atajo fiable para descubrirlo. En mi experiencia directiva, tengo que agradecer la ayuda de las juntas de delegados. Si el director de un centro escolar hace «piña» con los delegados y se gana su confianza, podrá contar en cada clase con dos ojos que le comunican todo lo que sucede en el grupo. Cualquier sospecha puede ser suficiente para evitar una tragedia. Nuestro objetivo era que nadie sufriera por culpa de los compañeros. Si los delegados, al primer asomo, se lo comunican al director, el problema está resuelto. Así de fácil. El acoso se alimenta de silencios y se muere al descubrirlo. Voy más lejos aún: Una vez que se conoce el acoso, si nos «lavamos las manos», nos convertimos en cómplices y culpables. Si un director minimiza cualquier caso de acoso escolar, ocultándolo o negándose a abrirlo, porque, según él, es sólo «cosa de niños», está prevaricando. Es así de grave.
Sí, queridos lectores, en este día quiero gritar muy alto y que me oigan todos. No podemos seguir con los brazos cruzados y, sobre todo, no podemos seguir «callados» y siendo cómplices de la muerte de tantos jóvenes en el mundo cuando están empezando su vida, y sólo por someterlos con insultos, difamaciones, amenazas, chantajes o golpes que provocan su aislamiento. Todos tenemos la obligación de actuar: tutor, coordinador de convivencia, equipo directivo y padres.
Para mí, que he pasado muchos años en la dirección de un instituto, el máximo responsable es el director, porque cuenta con muchas armas para cortarlo de raíz. Él puede «reanimar a los acosados y desarmar a los acosadores». Estoy convencido de tres premisas en este asunto. Es imposible que en un centro educativo nadie se entere de que un niño está siendo acosado. Los acosadores escolares pueden llegar a ser crueles, pero son muy niños y debería ser fácil anularlo a esas edades. Y el acoso escolar existe porque lo permitimos.