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La lluvia de Baigorri

Cuando ponía en marcha uno de sus ingenios, equipado con reactivos químicos y una batería, el cielo se cubría de nubes

| Actualizado a 03 julio 2022 11:12
Dánel Arzamendi
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Acabamos de padecer unas semanas climatológicamente bochornosas, y todo parece indicar que el mes que acabamos de inaugurar será aún más sofocante, tal y como previenen algunos meteorólogos. Durante los próximos días se vislumbra un aumento generalizado y constante de las temperaturas, que llevará a superar los 35º en la mayoría de capitales de provincia, e incluso los 40º en el sur de Extremadura y el valle del Guadalquivir. Si se cumplen los peores augurios, será a partir de la segunda quincena cuando la canícula nos golpee contundentemente con eso que algunos llaman estúpidamente «buen tiempo».

Lo más duro para quienes venimos de climas más templados (y, sobre todo, para la salud de nuestros bosques) es que las previsiones de lluvia tampoco son muy halagüeñas. Según los expertos, no se prevé prácticamente la menor precipitación durante todo el mes, salvando quizás algún chaparrón esporádico, de esos que aumentan aún más el bochorno en vez de rebajarlo. Visto el panorama, que invita a comprar acciones de Daikin lo antes de posible, algunos echamos en falta la misteriosa «máquina para hacer llover» que a principios del siglo XX desarrolló Juan Baigorri, un ingeniero argentino perteneciente a una acomodada familia de origen vascofrancés.

$!La lluvia de Baigorri

Nuestro protagonista fue básicamente un inventor, especializado en geofísica en la Universidad de Milán. Trabajó durante años para varias empresas petrolíferas en numerosos países americanos, aportando sus conocimientos como experto en detección de yacimientos mediante la utilización de artefactos diseñados por él mismo. Alcanzó tanta notoriedad en este campo, que terminó siendo reclutado por Enrique Mosconi para poner en marcha la empresa estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF).

Lo interesante de su historia arrancó mientras trabajaba en el departamento uruguayo de Colonia. Baigorri comprobó que cuando ponía en marcha uno de sus ingenios, equipado con reactivos químicos y una batería, el cielo se cubría de nubes y frecuentemente acababa produciéndose algún tipo de precipitación: «Noté algo curioso. Cuando conectaba el mecanismo y éste se ponía en funcionamiento, se producían lluvias ligeras que me impedían trabajar. Me llamó la atención el fenómeno y consideré que esas pequeñas lluvias podrían ser originadas por la congestión electromagnética que la irradiación de mi máquina producía en la atmósfera».

El ingeniero decidió perfeccionar el aparato, como posible herramienta tecnológica para resolver las graves sequías que padecían numerosas regiones del planeta de forma recurrente. Fue probando diferentes combinaciones de metales radioactivos, sustancias químicas e impulsos eléctricos, hasta que finalmente dio con una versión definitiva de su artefacto para provocar la lluvia mediante «congestión atmosférica». Se trataba de una caja del tamaño de un pequeño televisor que sólo él podía y sabía utilizar.

Expertos sostienen que lo que desarrolló sólo fue un método que le permitía predecir dónde había altas probabilidades de llover

Una vez presentado el dispositivo en las oficinas del Ferrocarril Central Argentino, su artífice comenzó a hacer demostraciones para acreditar su eficacia. El escéptico gerente de dicha compañía, Ronald McRae, retó al científico para que hiciera llover en Santiago del Estero. Así, el 22 de diciembre de 1937, Baigorri viajó a dicho lugar, donde hacía más de un año que no caía ni una gota y, efectivamente, provocó un intensísimo aguacero. A la vista del resultado, fue reclamado por el gobernador Pío Montenegro para probar su artilugio en su provincia, donde no llovía desde hacía tres años, y logró una precipitación de 60 milímetros en sólo dos horas. La fama de Juan Baigorri no paraba de crecer, y fueron numerosas las experiencias exitosas de la nueva tecnología. En Carhué, ciudad donde llevaban varios años sin ver una nube, desbordó el exhausto lago Epecuén. Algo similar sucedió en la provincia de San Juan, donde padecían una durísima sequía de hacía casi una década.

El ingeniero empezó a ser conocido como el ‘Mago de Villa Luro’, por ser éste el lugar porteño donde residía junto con su mujer María y su hijo William. Los periódicos del momento recogen los cantos de los niños por las calles: «Que llueva, que llueva, Baigorri está en la cueva, enchufa el aparato y llueve a cada rato». En 1951, nuestro peculiar protagonista fue nombrado asesor ad honorem del Ministerio de Asuntos Técnicos, e incluso recibió desde EEUU una suculenta oferta por la venta de la patente, que fue rechazada de plano: «Soy argentino y quiero que mi invento beneficie a mi país». Y, como era de prever, no tuvo que pasar mucho tiempo para que comenzaran a aparecer sus férreos detractores. Entre ellos destacó el máximo responsable de la Dirección de Meteorología de Argentina, Alfredo Galmarini, quien calificó el artefacto de «parodia». El agraviado respondió irónicamente enviándole un paraguas.

Con el paso del tiempo, la radical oposición de Baigorri a patentar su máquina, a permitir su uso o a revelar su funcionamiento, favoreció la sospecha de que el invento no era más que un fraude. Aunque recientes experimentos realizados en el Golfo Pérsico otorgan cierta verosimilitud a sus teorías, otros expertos actuales sostienen que quizás lo que desarrolló, en realidad, sólo fue un método que le permitía predecir dónde había altas probabilidades de que lloviera, y el resto era puro teatro. También hay quien defiende que podríamos encontrarnos ante un simple ejemplo de sesgo de confirmación, favorecido por cierto amarillismo periodístico, de modo que la opinión pública acabó recordando más las pruebas exitosas que las fallidas.

En cualquier caso, lo único seguro es que la fama del inventor fue menguando con los años, hasta provocar su enclaustramiento voluntario y perpetuo en su domicilio. Finalmente, solo y olvidado, el creador del «agua de Baigorri exhaló su último aliento el 24 de marzo de 1972. Sólo un puñado de personas acudieron a su entierro en el cementerio bonaerense de Flores. Y durante el sepelio, según cuentan las crónicas de la época, cayó un tremendo chaparrón. Obviamente.

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