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La triste vida de un sujeto pasivo tributario

| Actualizado a 03 octubre 2022 07:00
Martín Garrido Melero
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Lo confieso. Soy un sujeto pasivo tributario. Que conste que no soy un delincuente, ni un pederasta, ni la niña de los peines; simplemente soy un puto contribuyente de la mañana a la noche, de lunes a domingo y fiestas de guardar. No hay tributo, ya sea tasa, impuesto o contribución, que se me escape. Bueno, me libraré del nuevo invento del Gobierno que quiere instaurar un «impuesto para los ricos», cuando éste es precisamente el único tributo del que con mucho gusto querría ser sujeto pasivo.

No solo soy un contribuyente más, sino que los avatares del destino me han convertido en algo todavía peor, en un recaudador de impuestos. Únicamente me queda el consuelo que don Miguel de Cervantes también lo fue mientras escribía sus novelas ejemplares.

Me levanto por la mañana y voy a mi despacho. He logrado librarme del impuesto de circulación gracias a que no tengo coche; pero de alguna manera tengo que moverme, y no puedo por menos de estar sometido a un tributo viajero. Carece de importancia, al fin y al cabo, acaba uno de levantarse. Luego desayuno tranquilamente leyendo el Diari y la primera nota que me traen es la cuenta y el IVA correspondiente. También carece de importancia, porque el café está bueno, el Diari siempre es entretenido y hace buen tiempo.

Subo a trabajar a mi estudio. Viene un cliente y le digo el importe de mis honorarios, y aquí empieza mi rastrera labor de recaudador. Ya no tengo ganas de comentarle que IVA incluido. Y aparto el 21 por cierto para entregar al Estado. Luego aparto otro 20 por ciento para pagar a cuenta de los ingresos profesionales que deben satisfacerse trimestralmente; y un tanto aun superior para la declaración final. Continúa el día sin mayores sobresaltos. Luego ingreso lo que me queda para pagar los gastos; afortunadamente no tengo que pagar rentas de capital porque el banco ya no paga por tener una cuenta, sino que te alegra la vida cobrándote por ello.

Debo reconocer que mis clientes son unos mártires tributarios, es decir unos parias. Por el hecho de pasar por mi estudio van a sufrir todo tipo de vejaciones económicas. No me miran mal, comprenden la situación, pero más de uno tiene la sensación de que la culpa de ser esquilmados de manera tan canallesca es mía y no de la Hacienda Pública.

Sujetos al IVA, al Impuesto de Transmisiones Patrimoniales, al Impuesto de Actos Jurídicos Documentados (que es otra payasada más, fruto de una mente esquizofrénica), al de Operaciones Societarias, a la Retención por la renta de los no residentes y a la Retención de pagos a los profesionales, al Impuesto del Incremento del Valor de los Terrenos de naturaleza Urbana, a los Incrementos de patrimonio en el Impuesto de la Renta de la Personas Físicas y en el de Sociedades. Pero lo llevan bien.

Quizás lo que peor llevan es el Impuesto de Sucesiones o el Donaciones. Los pobres no se han dado cuenta de que el legislador acaba de idear un sistema para que paguen más, porque de eso se trata para el legislador, sin que aparentemente no se haya subido el tributo (el valor de referencia).

Los pobres no se han dado cuenta de que el legislador acaba de idear un sistema para que paguen más, porque de eso se trata
para el legislador

Sales para tomar algo y a hacer algunas compras y vas acumulando papelitos en las que dice IVA tanto. Luego sigues haciendo tu labor de recaudar por la tarde. Y al final, terminas el día con una copa y pagas tu IVA correspondiente. Te vas a casa y piensas que todo ha acabado, hasta que te das cuenta de que has de pagar la contribución urbana y, si Dios no lo remedia, el impuesto de patrimonio (porque vivo en Cataluña).

Hay días más duros. El final de mes satisfaces los sueldos de tus empleados y apartas una parte (es decir, se la quitas) para ingresar por ellos a Hacienda. Si todos los empleados por cuenta ajena recibieran el bruto de sus percepciones y fueran ellos los que tuvieran que ingresar una parte en la Hacienda Pública, los tributos tal como están concebidos y los gastos sociales tal como se distribuyen durarían un telediario de los de antes. El Estado no es tonto, prefiere que otros den la cara y eviten una revolución fiscal. Y ahí me tienen a mí, de verdugo sanguinario.

Les reconozco, eso sí, que hago todo lo posible para no morirme porque no quiero convertir a mis herederos en unos sujetos pasivos tributarios y que tengan de mí un mal recuerdo.

Ser un contribuyente hace piña con los otros, como ir juntos a la mili. No hay conversación más entretenida que la que surge espontáneamente entre los que se reconocen como tales, especialmente si son del mismo tipo. No queda títere con cabeza, aunque los que peor salen son los políticos, los funcionarios de mero pelo y los subvencionados a troche y moche.

Últimamente estas conversaciones espontáneas se dirigen a preguntarse sobre el sentido que tiene que en unos lugares del mismo Estado se tribute por unos impuestos y en otros no; o que en unos lugares el tipo impositivo sea superior o inferior al de otros. Los ricos se pueden ir a las Bahamas, pero nosotros lo tenemos difícil para ir hasta el pueblo de al lado.

Si somos serios tendríamos que suprimir de raíz el sistema tributario actual y muchas de las actuales figuras tributarias. Habría que crear otro nuevo, mucho más sencillo y claro para el contribuyente, más armónico, con menos duplicidades y más justo entre territorios de un mismo Estado. Y sobre todo, mucho menos gravoso. Se paga mucho y cada vez el sujeto pasivo tiene la sensación de que recibe poco. La vaca puede que en un momento diga que ya basta. No falta mucho.

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