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Sin novedad en la acería

| Actualizado a 26 mayo 2022 07:50
Juan Ballester
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Esta es la enésima vez que comenzamos a escribir estas letras sobre la acería de Azovstal, las anteriores habíamos roto el folio pensando que, cuando lo publicaran, ya habría caído en manos de los invasores rusos. Pretendíamos hacerlo por tratarse de uno de esos lugares emblemáticos que permanecerán en los anales de la Historia contemporánea, el último bastión de la ciudad portuaria de Mariúpol.

Lo contrario de lo lúgubre que resulta esa gigantesca y obsoleta planta siderúrgica, es la claridad de un parque temático un soleado y caluroso día primaveral. Te ofrece un mundo de magia y fantasía donde disfrutar de la parte más amable de la vida, aunque a veces debamos hacer una larga cola para beber un refresco helado.

Delante de nosotros esperaba un grupo de mujeres y niños ucranianos que decían haber subido desde el infierno y disfrutaba de una merecida jornada de asueto. Y pensando en que sus padres, hermanos, hijos o maridos, también mujeres, están combatiendo en primera línea del frente, se nos han cruzado los escenarios y vislumbrado la luz desde el contraste.

Esta guerra debería servirnos para encender una vela por quienes sufren la sinrazón ya que nadie está libre de que, con una ráfaga de viento, se esfume cuanto poseemos

Mariúpol era una ciudad como la suya con la mala fortuna de encontrarse en el lugar equivocado, entre el Donbás y Crimea, en el momento inoportuno, con Ucrania atacada por uno de los mayores ejércitos de la tierra. Los blindados rusos llegaron el pasado 24 de febrero y cayó el 21 de abril. ¿Toda? Toda, no. Porque un buen puñado de soldados y civiles, también alguno niños, han resistido en una instalación industrial proporcionándonos testimonios en imágenes, cartas, canciones y mensajes que erizan el vello.

La factoría siderúrgica de Azovstal ocupa una inmensa superficie junto al mar, cerca del puerto. Se trata de un conjunto de naves con tubos, tolvas, torres, chimeneas y seis altos hornos conectados por un sistema subterráneo de túneles y bunkers nucleares que lo han convertido en el laberinto del terror.

Como le sucedió a Roma con la aldea de Astérix, de cada cinco soldados rusos que entraban solo uno regresaba para contarlo. Tras lanzar una cruenta ofensiva con misiles, cohetes, aviación y artillería pesada, los atacantes se han negado a penetrar en las catacumbas y decidieron matar a los enemigos de hambre, como en el asedio de Alesia (52 a. de C.), que terminó finalmente con los galos.

Julio César dijo: «No son los hombres melenudos bien alimentados a quienes temo, sino al pálido y al hambriento». Y Putin: «Que no pase ni una mosca».

Llevaban 82 días sitiados como ratas, los últimos sin comer ni dormir, potabilizando agua de los altos hornos y sin un TripAdvisor en donde despotricar por tener que reutilizar las vendas de los muertos en el cuerpo de los supervivientes. Infantes de marina, Guardia Nacional, policías, guardias fronterizos, y los combatientes del Regimiento Azov, se rindieron el pasado jueves 17 de mayo de 2022.

Nosotros vivimos con tristeza la derrota, deseábamos que un día retornara vencedor a Mariúpol el ejército ucraniano y los comandantes de la 36ª Brigada de marina y la 56ª de infantería lo recibieran con un saludo militar, «Sin novedad en la acería». Pero emergieron del subsuelo 265 soldados, sucios, famélicos, demacrados, con largas barbas, algunos con amputaciones y heridos graves. (Actualizamos, el viernes 18 salieron 771 más).

Hay, ha habido y habrá guerras, pero mira por donde nos hemos enterado con esta de Ucrania de lo que es la mayor de las vergüenzas, la peor bajeza moral del hombre

Hay, ha habido y habrá guerras, pero mira por donde nos hemos enterado con esta de Ucrania de lo que es la mayor de las vergüenzas, la peor bajeza moral del hombre. Imagínese que el cielo se cae sobre su cabeza y misiles hacen añicos su casa. Que, la avenida por la que acudía en coche al trabajo -ya no tiene ni una cosa ni la otra-, está repleta de escombros, restos de tanques y cadáveres que no se levantan del suelo cuando acaba la función.

También que, mientras usted o su hijo empuña las armas, sus familias han sido acogidas en alguna población extranjera y disfrutan de un día de fiesta en un parque de atracciones; todos pasándolo bomba.

«Cuanto más sudor hay en tiempos de paz, menos sangre se derrama en la guerra», dijo Norman Schwarzkopf. Y la que soltaba la gota gorda era una camarera del parque a la que un maleducado le leía la cartilla por haber servido la comida antes de la bebida. El ajetreo, con la música festiva, ahogaba los gemidos de los heridos en la oscuridad de la acería, sin una oficina de atención al cliente.

En estos dos meses de invasión nos hemos preguntado si reaccionaríamos como el pueblo ucraniano ofreciendo la sangre y el sudor para lograr su libertad. Las lágrimas seguro, porque España es el país del cante jondo y la sociedad del quejío. Si esos que pasan los días afilando el cuchillo para exigir vehementemente sus derechos, cargarían un fusil de asalto para defender su tierra.

Esta guerra debería servirnos para encender una vela por quienes sufren la sinrazón ya que nadie está libre de que, con una ráfaga de viento, se esfume cuanto poseemos. Desde el fondo claro de la alegría y la paz se aprecia más nítido el objeto oscuro de la desdicha y la guerra; cuya negrura de muerte y destrucción nos expele en la cara el escaso valor que damos a las cosas que obviamos, y que no siempre disfrutamos al darlas por supuestas.

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