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Un genocidio silenciado

Cuando atacan o incluso asesinan a cristianos por el mero hecho de serlo, parece que la sensibilidad social y mediática ante este tipo de dramas se reduce

| Actualizado a 11 junio 2022 20:15
Dánel Arzamendi
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Como es lógico, cuando agreden a una persona por su raza, aunque ocurra en la otra punta del planeta y nosotros mismos no compartamos esa misma etnia, nos indignamos con lo sucedido, nos solidarizamos con su sufrimiento, y nos colocamos de forma natural en la posición de quien padece dicha amenaza. Y, como debe ser, los medios de comunicación dan cumplida respuesta a este episodio, para alertar sobre la persistencia de esos incidentes, y para fomentar la concordia entre los diferentes pueblos y culturas.

Del mismo modo, cuando acosan a alguien por su orientación sexual, aunque nosotros mismos no compartamos dicha condición, nos rebelamos ante dicha injusticia, empatizamos con quien padece este hecho, y sentimos como propio ese dolor. Y, como debe ser, los principales foros de opinión destacan este lamentable hecho, para denunciar la intolerable persistencia de estas actitudes propias del pasado, y para concienciar sobre la necesidad de realizar una pedagogía social basada en el respeto y la tolerancia.

Sin embargo, cuando atacan o incluso asesinan a cristianos por el mero hecho de serlo, parece que la sensibilidad social y mediática ante este tipo de dramas se reduce significativamente. Lo acabamos de comprobar con las dos matanzas de católicos acaecidas recientemente en África.

El primer episodio se produjo en la iglesia de San Francisco Javier de la localidad de Owo, al sur de Nigeria. Las informaciones que llegan desde el terreno hablan de cinco asaltantes, que provocaron la muerte de una cincuentena de personas, así como graves heridas en el resto de participantes en la celebración. Según informó la filial local de la BBC, los autores iban fuertemente armados y entraron en la iglesia disparando indiscriminadamente contra los fieles. Secuestraron al sacerdote y a otros asistentes, y al marchar detonaron un potente explosivo que acabó con la vida de decenas de feligreses. No se trata de un hecho aislado. Apenas un día después, el Estado Islámico perpetró un nuevo y sangriento atentado, en el que murieron una veintena de cristianos en la región de Ituri, al este del Congo.

Por aportar otro caso especialmente perturbador, hace apenas un mes, una turba lapidó y quemó viva a una estudiante en Sokoto (Nigeria), acusada de haberse referido al profeta Mahoma de forma irrespetuosa. Los autores de esta atrocidad grabaron y difundieron un vídeo del sádico crimen, donde un joven afirma orgullosamente ante la cámara: «La maté. La quemé. Esta es la caja de cerillas que usé para prenderle fuego». El obispo de Sokoto, Mons. Matthew Hassan Kukah, respondió a la barbarie con espíritu evangélico: «Los cristianos hemos vivido pacíficamente con nuestros vecinos musulmanes durante años. Quiero llamar a los fieles de Sokoto y los alrededores a mantenerse en calma. Lo que ahora debemos hacer es rezar por el reposo del alma de Deborah. Que Dios le conceda el descanso eterno y consuele a su familia».

Son recurrentes los estudios que alertan sobre la creciente falta de libertad religiosa en numerosas regiones del mundo, publicados por diversas organizaciones como ‘Puertas Abiertas’ (protestante) o ‘Ayuda a la Iglesia necesitada’ (católica). Según el informe ‘Libertad Religiosa en el Mundo 2021’, realizado esta última fundación, el número de asesinatos de este tipo, perpetrados por grupos armados en Burkina Faso, Camerún, Chad y Mali, era más del doble entre enero y mediados de abril de 2020 que en el mismo período de 2019. Es decir, que no se trata de un fenómeno medieval que va reduciéndose con el paso del tiempo, sino todo lo contrario. Va a más.

Pero esta realidad no sólo es denunciada por organizaciones confesionales. A mediados del pasado verano, la ONG norteamericana International Society for Civil Liberties & the Rule of Law (Intersociety) publicó un estudio que revelaba una cifra escalofriante. Desde el 1 de enero hasta el 18 de julio de 2021, sólo en Nigeria, casi tres mil quinientos cristianos, incluyendo diez sacerdotes católicos y pastores protestantes, fueron asesinados por grupos islamistas como Boko Haram. Diecisiete muertos diarios. El número total de víctimas durante estos seis primeros meses de 2021 prácticamente igualó la cifra absoluta de todo el año anterior. ¿Han encontrado ustedes grandes reportajes o indignadas denuncias sobre estas matanzas en los principales medios de comunicación de nuestro entorno? Yo tampoco.

Se ha hablado mucho sobre la especial solidaridad que ha mostrado la ciudadanía europea ante el drama del pueblo ucraniano, en comparación con los conflictos que se producen al mismo tiempo en otros lugares del planeta. En cierto que un muerto es un muerto, aquí y en las antípodas, pero es igualmente obvio que resulta mucho más sencillo empatizar con aquellas personas con quienes compartimos lazos más estrechos. No sé si es bueno o malo, pero parece inevitable: no sufrimos lo mismo si fallece un familiar próximo, que si lo hace un amigo lejano, y no digamos ya un perfecto desconocido. Y la lucha del pueblo ucraniano contra el invasor ruso tiene mucho que ver con nosotros, y no sólo por el factor geográfico. Es una cuestión de modelo democrático, de identidad y principios europeos, de esquema de relaciones entre las diferentes naciones...

Por eso mismo, al margen de un principio de solidaridad universal que no debería conocer de razas, religiones o culturas, resulta sorprendente el desinterés casi ofensivo de la sociedad occidental ante el genocidio de cristianos, que son asesinados precisamente por profesar una fe que podemos compartir o no, pero que indudablemente forma parte de nuestra idiosincrasia: nuestros orígenes, nuestra historia, nuestra cultura, nuestros valores, nuestra forma de vida... De todos modos, sospecho que el foco de este fenómeno no se encuentra tanto en la ciudadanía, sino en nuestros medios. ¿Por qué nuestros grupos de comunicación consideran irrelevante esta tragedia? Ése es un dato que se me escapa.

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