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Unas breves reflexiones sobre la masacre de la valla de Melilla

Europa despliega una tanatopolítica, en la que la muerte del otro intentando llegar a la Tierra Prometida es justificable, pues la culpa no es nuestra

| Actualizado a 01 julio 2022 09:29
Cándido Marquesán
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La masacre en la valla de Melilla estremece, avergüenza a cualquier ser humano. No encuentro palabras para describir tanta maldad humana. Como también condeno con contundencia las palabras de Pedro Sánchez. Espero que rectifique y pida perdón. Si no lo hace, tiene complicado el volver a ser presidente del gobierno.

Pero quiero hacer unas reflexiones. Lo de la valla de Melilla estremece. Pero, por favor, si estamos contemplando día tras día muchos inmigrantes ahogados en el Mediterráneo. Ya nos hemos olvidado del niño sirio Aylan Kurdi, ahogado en nuestras costas. El Mediterráneo es un auténtico cementerio. Y los europeos todo esto lo toleramos.

Para Michael Walzer, la hipocresía es el grado mínimo de moralidad. Ahí, en ese casi subsuelo de la moral, está instalada la política inmigratoria europea. En las fronteras, Europa despliega una tanatopolítica, en la que la muerte del otro intentando llegar a la Tierra Prometida es justificable, pues la culpa no es nuestra. En las fronteras abiertas al comercio de bienes y armas mueren las personas. La Europa barrera sigue su imperturbable carrera hacia un futuro de iniquidad.

Javier de Lucas, en su libro Mediterráneo: El naufragio de Europa: «Ya en octubre de 2013, tras el primer gran naufragio con 300 víctimas en Lampedusa, la alcaldesa Giusi Nicolini, harta de entierros sin nombre y de lamentaciones vanas, escribió a Bruselas para preguntar hasta dónde tenían que ampliar su cementerio sin que la UE se decidiera a actuar». ¿Cómo se entiende, si somos los defensores de los derechos humanos, que en los últimos años más de 20.000 personas se hayan ahogado en el Mediterráneo?

Cuanto más duren las guerras en Oriente Medio, cuanto más destruyamos los estados en África, más peligro hay de que algunos de los escapados de esos auténticos infiernos reboten contra nosotros, los pacíficos habitantes de las urbes europeas. Y, por supuesto, somos los defensores de los derechos humanos.

Existe un gran desconocimiento sobre los refugiados: quiénes son, su procedencia y las causas de la salida de sus países. Para subsanarlo debemos hacernos la pregunta qué y quiénes son los verdaderos responsables de estas avalanchas humanas. La causa fundamental es la dinámica del capitalismo global y las incontables intervenciones militares. Para Zizek, el actual desorden es la auténtica realidad del Nuevo Orden Mundial. Abandonados a su suerte, los africanos o los del Próximo Oriente ellos solos no podrán cambiar sus sociedades. Y eso es así porque nosotros, los europeos, se lo impedimos. Fue la intervención militar en Libia la que provocó el caos en el país. Al respecto, resultaron proféticas las palabras del coronel Gadafi poco antes de su muerte: «Ahora escuchad, gentes de la OTAN. Estáis bombardeando un muro que ha impedido la emigración africana a Europa y la entrada de los terroristas de Al-Qaeda. Ese muro era Libia, y lo estáis rompiendo. Sois idiotas, y arderéis en infierno por los miles de emigrantes que se irán de África». Fue el ataque de USA a Irak lo que generó las condiciones para la aparición de ISIS.

No debería pasarnos desapercibido que casi todos los refugiados proceden de estados fracasados, donde la autoridad pública es prácticamente inoperante en gran parte del territorio (Siria, Irak, Libia, Somalia, Congo, Eritrea...). En todos estos casos, la desintegración estatal es el resultado de la política y la economía internacionales, y en algunos casos, consecuencia directa de la intervención occidental, como en Libia e Irak. Este incremento de los estados fracasados no es algo fortuito, sino uno de los mecanismos mediante los cuales las multinacionales de los grandes estados ejercen su colonialismo económico. Esta realidad la explicó Alain Badiou en un seminario del 23 de noviembre de 2015 tras las matanzas de París del mismo mes, que se publicó en el libro Nuestro mal viene de más lejos. Pensar las matanzas del 13 de noviembre y las nuevas formas del fascismo. El imperialismo del siglo XIX era ejercido directamente por los Estados-nación. Se llevó a cabo un reparto del mundo entre los estados más poderosos, como se hizo en la Conferencia de Berlín de 1885, donde se troceó África arbitrariamente como una tarta sin contar con las poblaciones autóctonas. Luego llegaron las guerras mundiales, las guerras de liberación nacional apoyadas por el bloque socialista, que desembocaron en la «independencia» entre los años 40 y 60 del siglo XX. Mas las grandes potencias para defender a sus empresas interesadas en materias primas o fuentes de energía siguieron interviniendo militarmente. En los últimos 40 años, hubo más de 50 intervenciones militares de Francia en África. En la última, en Malí en 2013, un periódico serio señaló que había sido un éxito, porque se había logrado «proteger los intereses de Occidente». Por supuesto, no a los malienses. ¡Qué cinismo!

Por ello, si las modalidades cambian, las intervenciones imperiales siguen, conocidos los grandes intereses capitalistas en juego: uranio, petróleo, diamantes, maderas preciosas, carbón, aluminio, alimentos, gas... En el Congo hay minerales clave: el coltán, diamantes, cobre, cobalto y oro. Algunos de ellos son básicos en nuestros ordenadores y teléfonos móviles.

Hoy a las grandes potencias, en lugar de mantener estados bajo su tutela, es preferible destruirlos, dentro del proceso de desestatización del capitalismo mundial. En ciertos territorios llenos de recursos se pueden crear zonas francas, anárquicas, sin Estado, donde las grandes firmas operan sin control. Habrá una semianarquía, bandas armadas, controladas o semicontroladas, donde abundan chicos drogados, pero los negocios pueden hacerse, incluso mejor que antes, al ser más fácil el negociar con estas bandas armadas que con estados constituidos, que pueden preferir otros clientes. A estas nuevas prácticas imperiales, a saber, destruir a los estados en lugar de corromperlos o sustituirlos, Badiou propuso el término «zonificación». El imperialismo que fabricaba pseudopaíses en África, Medio Oriente o Asia, podía ser sustituido por zonas infraestatales, que son, en realidad, zonas de saqueo no estatizadas.

Termino con las palabras de Tzvetan Todorov del discurso en la toma de posesión del Premio Príncipe de Asturias de 2008. Los habitantes de un país siempre tratarán a sus allegados con más atención que a los desconocidos. Sin embargo, estos no dejan de ser hombres y mujeres como los demás. Esto nos atañe a todos, porque el extranjero no sólo es el otro, nosotros mismos lo fuimos o lo seremos, ayer o mañana, al albur de un destino incierto: cada uno de nosotros es un extranjero en potencia. Por cómo percibimos y acogemos a los otros, a los diferentes, se puede medir nuestro grado de barbarie o de civilización. Ser civilizado significa ser capaz de reconocer plenamente la humanidad de los otros; saber ponerse en su lugar...

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