El filósofo griego Aristóteles ya decía, en el siglo IV antes de Cristo, que tener un propósito específicio, una meta, «impulsa la acción hacia adelante». Tener objetivos forma parte de «nuestra razón de ser».
Y nuestro propósito como seres humanos –apunta en su obra Ética a Nicómaco– es la felicidad o eudemonía, el buen ánimo. «La felicidad consiste en una vida ordenada y prudente. Los buenos hábitos, una mente sana y una disposición a la virtud son algunos de los pasos que nos conducen a ella», asegura. Mens sana in corpore sano.
En eso estamos cada inicio de año, con una lista de cosas a hacer para mejorar nuestra vida. Los retos más manidos son apuntarnos al gimnasio para ponernos en forma, comer más saludable, dejar de fumar, quedar más a menudo con los amigos, viajar más o aprender idiomas.
Pero «solo el 8% de las personas logra cumplir sus propósitos de año nuevo debido a falta de claridad, motivación o planificación», advierte el piscólogo sanitario Adrià Cabestany. Al final, la rutina se suele imponer.

La rutina se impone a los propósitos