Vinos en el mar

En el terreno del vino hay mucho nacionalismo tonto (como lo son todos los nacionalismos). Está bien el producto de la tierra próxima, de kilómetro cero, que afecta a la economía local

| Actualizado a 28 diciembre 2021 12:12
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¡Hola vecinos! El pasado abril la empresa S’Ànfora sumergió en aguas del parque subacuático Societat d’Exploracions Submarines del puerto de Tarragona un centenar de ánforas conteniendo vinos del Priorat y de la Terra Alta. A ver qué pasa. Estarán allí, a la fresca, doce meses, o sea: hasta el próximo abril. Luego se recuperarán, serán abiertas, alguien experto echará un buchito y, una de estas tres posibilidades:

A. ¡Recollons, qué bueno ha salido!

B. No está mal, pero presenta un ligero retrogusto a bacaladilla, con aromas de suquet y Bob Esponja. Habrá que analizarlo más a fondo.

C. ¡Puargh!

La posibilidad más previsible es la A. Existe el convencimiento de que el vino envejece sumergido en el mar más rápidamente que en tierra firme, propiciando un plus de excelencia al producto. El proceso se asienta sobre las mareas, las olas, las corrientes, la energía biodinámica de la luna, la salinidad, temperatura, presión y cuanto conlleva la biología marina. Al parecer, todo ello influye en los vinos hasta llevarlos a su máxima expresión, calidad y alto standing. El mar intensifica los aromas, aporta madurez, hace vinos redondos, suaves, a los que confiere especial brillo en lo cromático y aromático. La firma Bodegas Vallobera ya tiene una cava submarina en Sant Carles de la Ràpita. Por su parte, World Wine Now organiza en Tarragona una presentación/degustación de vinos submarinos ‘Mar de Vinos’ en maridaje con delicatesen gourmet ‘Delamar Gourmet’. Todo apunta a que, a no mucho tardar, los vinos producidos en zonas costeras envejecerán en el mar, en lugar de en las bodegas al uso. Lo que, además, resultará menos costoso. Y quien desee visitar la ‘oceanodega’, tendrá que embutirse en un traje de neopreno, unas aletas de bucear y una bombona de oxígeno. Una innovación radical en el sector del enoturismo: si quieres ver vino, tírate al agua. ¡Qué parajoda!

Aquí en Las Tierras de al Lado desde os escribo, no sé qué haremos. No tenemos mar. Bueno, sí: el de Cambrils, Salou, Altafulla, Torredembarra, Miami Playa, Deltebre… todo ese cacho de mar también es nuestro, que lo hemos llenado de pumas en segundas residencias y turisteo del bueno, del que no hace balconing, ni gusta del alcohol barato, ni monta gresca. Los pumas, como mucho, jugamos al guiñote y, en lugar de decir ‘No’, decimos ‘Sí, por los cojones’. Otra parajoda.

Nuestros vinos, los de Las Tierras de al Lado, suenan más a secarral. La D.O.P Cariñena se identifica con el lema «El vino de las piedras», que alude al terreno pedregoso en el que se cultiva la uva. La D.O.P. Calatayud lleva por bandera: ‘Viñedo Extremo. Vinos de Altura’, en el marco de un clima riguroso de inviernos muy fríos y veranos atorrantes, sin apenas precipitaciones. Por su parte, la D.O.P. Somontano, la más inconformista, utiliza su geolocalización: ‘A los pies del Pirineo’, entre el llano y la montaña. Y la D.O.P Campo de Borja se ha erigido a sí misma como ‘El Imperio de la Garnacha’, centrada como está en esa variedad que allí azota de forma inmisericorde el cierzo (viento norte del Moncayo). Piedras, condiciones extremas, somontanos, viento. Pero no hay mar.

Sin embargo, sí hay aquí vinos bien divertidos. Por ejemplo, el ‘Cojón de Gato’. Ya perdonarán ustedes, pero la variedad se llama así, qué le vamos a hacer (se trata de un D.O.P. Somontano). O el ‘Teta de Vaca’ (D.O.P. Calatayud), al que acompaña el eslogan ‘¡Este vino es la leche!’ (otra parajoda más). A la misma Denominación se adscriben ‘La moto vintage’ o ‘La tapa loca’. Hay un estupendo ‘Ecce Homo’ (D.O.P. Campo de Borja) basado en el Paquirrín que pintó doña Cecilia Giménez, de Borja, cuando quiso ‘restaurar’ el Ecce Homo de verdad en el Santuario de la Misericordia. El Ecce Homo Paquirrín es famoso en el mundo mundial. Y el vino, también. Tenemos hasta un ‘Có’ (D.O.P. Calatayud). En Mañolandia no se dice colega, compañero, tío, tronco… Se dice ‘Có’. Bueno, lo expresan con especial fruición los adolescentes poligoneros, que insertan el ‘có’ cada tres palabras, ‘có’: ‘Có, Vanessa, có, qué chungo llevo, có’. Pues sacas un tinto ‘Có’ a la mesa y ya está la juerga montada antes de descorchar la botella porque, además, la etiqueta es lo más feo que ha parido diseñador gráfico alguno de etiquetas. Te quita radicalmente las ganas de comprarlo.

En el terreno del vino hay mucho nacionalismo tonto (como lo son todos los nacionalismos). Está bien el producto de la tierra próxima, propia, kilómetro cero, que afecta a la economía local. Pero a mí me ponen pelín nervioso quienes declaran que solo beben Ribera del Duero, o Rioja, o Penedés, o Priorat o cava que no sea catalán o vino que sea aragonés, aunque se trate de un ‘Có’. Hay que probarlo todo. Y disfrutarlo. Lo mismo que hay que celebrar todo.

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