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Ariadna Masqué, la arquitecta reusense que se ha ganado un lugar en Nueva York

Ariadna Masqué Vila inició hace tres años una aventura vital y laboral en Nueva York, donde ejerce como arquitecta y empresaria

Marc Libiano

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Ariadna Masqué, en el parque de Broklyn Bridge. Foto: Cedida

Ariadna Masqué, en el parque de Broklyn Bridge. Foto: Cedida

Ni la inmensidad de la Quinta Avenida, ni la rebeldía del Bronx, ni tampoco el talante cosmopolita de Broklyn han asustado la firmeza de Ariadna Masqué (Reus, 1988), una reusense de 30 años que parece haber echado raíces en Nueva York. Su historia responde al trayecto de una chica con inquietudes y afán de progreso. Con poco tiempo ha logrado hallar un status solvente en Estados Unidos gracias a su espíritu de superación. Se ha construido su lugar en un mundo nada sencillo. Ariadna es arquitecta de profesión. Se licenció en la Universidad Ramon Llull en 2012 y desde entonces no ha parado hasta equilibrar sus ambiciones. A miles de kilómetros de casa lo ha conseguido.

Alumna de la escuela La Presentació y del instituto Reus 3, Ariadna ha convivido en una familia apasionada por el fútbol. Tanto su padre, Ramon, como su hermano, Sergi, han disfrutado durante algunos años de este deporte a nivel profesional. Ella eligió un camino distinto desde que en 2006 inició la carrera de arquitectura, una profesión creativa muy en consonancia con su carácter.

La situación de escasez de oportunidades en el país la obligó a tomar determinaciones muy pronto. Tras finalizar la licenciatura y después de un período de labor junto a su padre, Masqué decidió iniciar su primer viaje. Disponía de dos amigos que se habían instalado en Londres para aprender el inglés y disfrutar de una experiencia en el extranjero. Los dos ejercían como camareros en el restaurante Kai Kayfair, de una Estrella Michelin, un local de alto standing al que famosos como Penélope Cruz o Almodóvar frecuentan.

Londres, primera estación
La reusense se atrevió a imitar el camino de sus amigos con el afán de mejorar su inglés durante un año. De primeras, se unió a ellos como camarera en el mismo restaurante en el que resultaba muy común apreciar la llegada de jeques apoderados y de artistas como Adele. En el recinto gourmet vivió anécdotas en abundancia. Por ejemplo cuando volcó un café entero por encima de una princesa de país exótico o cuando no se atrevió, por timidez, a charlar con Penélope Cruz y Almodóvar, mientras éstos degustaban de un buen manjar.

Los primeros seis meses en ese nuevo escenario marcaron mucho a Ariadna, que sufrió la dureza de un desconocido hábito, inmersa en un ecosistema casi antagónico al que se había acostumbrado. No se rindió. Los caprichos de la vida, el imprevisible destino, provocaron que en ese restaurante donde consumió muchísimas horas, conociera a un empresario que, meses después, iba a convertirse en su jefe.

La aventura londinense finalizó con los primeros pinitos como arquitecta, aunque la llamada de Vertix, la firma de aquel empresario del restaurante, la convenció para regresar. Concretamente se instaló en Barcelona para inaugurar un nuevo capítulo. En todo caso, la propuesta no conformó sus ganas de evolucionar. Masqué había visitado Nueva York con antelación durante tres meses y quedó totalmente embrujada por la ciudad. En su mente. la idea de emigrar hacia Estados Unidos crecía. Ayudó la escasa capacidad para saciar sus expectativas que se encontró en Catalunya.

El riesgo del viaje
El rastreo por internet para alcanzar alguna oferta que le abriera las puertas del gigante americano no cesó. Hasta que surgió una oportunidad, aunque casi a ciegas. En 2015, Ariadna Masqué y Nueva York formaron un idilio con inicios titubeantes, propios del país. En Estados Unidos nadie regala nada. El status se alcanza con trabajo, perseverancia y ambición. La reusense se presentó en el aeropuerto JFK sin prácticamente saber lo que esperaba. La empresa que la solicitó cumplió. La recogió en la misma puerta, aunque las condiciones primerizas, con 14 horas diarias de trabajo y recursos básicos, alejados de la ostentación, alimentaron la dificultad durante los primeros meses. Ariadna se acomodó en una habitación de pocos metros.

El contacto con Roart, otra firma con sede en Nueva York, prácticamente le encaminó el futuro. Roart se comprometió con el primer visado de la reusense, que regresó a Barcelona para legalizar su situación. Un año y medio en la segunda empresa le permitió mejorar su condición, que poco a poco creció. Abandonó esa habitación incómoda para alquilar un estudio en Brooklyn, el barrio en el que todavía reside.

Nueva York ha terminado premiando la capacidad de esta joven que ha conseguido lo que en su día había soñado, cuando en Barcelona pensaba continuamente en lo que podría significar una vida mejor. En lugar de sólo soñar se arriesgó y el tiempo le ha dado la razón. Su paso por Christian Lahoude Studio le aumentó el prestigio profesional y también la calidad de vida.

Hoy, Ariadna Masqué se ha establecido en la firma Two one two design, mientras comparte una negocio de cafetería, el Zabka, junto a su pareja. Su nuevo hogar simboliza muy bien el progreso de la arquitecta en la ciudad. Presume de un dúplex en Brooklyn fruto de ese trabajo incansable. En sólo tres años de aventura ha derribado cualquier tipo de barrera. Ya es la reusense de Brooklyn.

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