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«Como los vinos, todo es maravilloso en el Priorat»

Entrevista. En Porrera, Olívia Bayés y su marido, David Marco, están al frente de la bodega Marco Abella, después de abandonar sus respectivas carreras profesionales para dedicarse exclusivamente al mundo del vino

Sílvia Fornós

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Olívia Bayés en la viña de la bodega Marco Abella, en Porrera. FOTO: Cedida

Olívia Bayés en la viña de la bodega Marco Abella, en Porrera. FOTO: Cedida

Olívia Bayés (Vic) es licenciada en Derecho. Si bien, en el año 1999 su vida profesional dio un giro de 180 grados. Su marido, David Marco, y ella decidieron replantar las hectáreas familiares de Porrera –la familia de él siempre ha estado arraigada al Priorat– y recuperar la viña vieja con la intención de vender uva. Pero en 2003 decidieron que elaborarían su propio vino y en 2005 construyeron la bodega actual Marco Abella. Un proyecto profesional y personal que permite a Olívia Bayés sentirse «privilegiada», ya que «tengo la libertad de trabajar como quiero y en lo que me gusta».

Es licenciada en Derecho. ¿Por qué se formó en este ámbito?

Soy una defensora de la justicia. Entonces, cuando tuve que decidir qué estudiar, no encontré otra carrera mejor que me permitiese defender las causas justas.

Ejerció durante poco tiempo.

Sí. Primero estuve preparándome la primera convocatoria de unas oposiciones para acceder a una plaza de abogado de la administración catalana, y para ello tuve que estudiar el temario de abogado del Estado, que es bastante difícil, y adaptarlo al derecho foral catalán. Cuando, después de tres años, convocaron las oposiciones solo se otorgaron dos plazas a personas que ya trabajaban en la administración. Me pareció muy injusto.

¿Qué hizo después?

Durante un tiempo ejercí de forma indirecta en una empresa familiar, como responsable de asuntos laborales y contables. Y en cuanto fui madre de mi primera hija, y cogí la baja maternal, ya no volví a ejercer.

Entremedias, su marido David Marco y usted se adentraron en el mundo de vino.

La adaptación fue gradual, y casi sin darnos cuenta. Empezamos a plantar la viña en el año 1999-2000. La familia de David tenía raíces en Porrera, y los amigos del pueblo nos preguntaban por qué no recuperábamos los viñedos. Así que, después de hacer cálculos, decidimos comprar unas fincas a un primo de mi suegro, con la idea de vender las uvas a otras bodegas. Fue así como nos introdujimos en el mundo del vino y yo me enamoré del Priorat.

¿De qué se enamoró de la comarca?

De la tierra, del paisaje, de la viña… Como los vinos, todo es maravilloso en el Priorat. Por ello, cuando llegó el momento de tomar la decisión de vender la producción a otra bodega o producir nuestro propio vino, no lo dudamos y apostamos por la segunda opción. No tuvimos miedo.

¿Por qué?

No queríamos llegar a los ochenta años, estar sentados en el sofá haciendo balance de nuestra vida, y pensar qué hubiese pasado si hubiésemos emprendido la aventura de hacer nuestro vino. Como teníamos una buena formación profesional, él como ingeniero de telecomunicaciones y yo como abogada, también pensamos que si el proyecto no salía bien, teníamos la oportunidad de regresar al mundo laboral. 

¿Qué más le enamoró del Priorat?

La forma de vivir tan tranquila y pausada, a la vez que activa. Cuando vienes de una ciudad como Barcelona, totalmente opuesta en todo, te das cuenta de los sabios que son en el Priorat y de lo mal que hacemos las cosas, muchas veces, en la ciudad. 

¿De qué más tenían ganas cuando emprendieron la bodega?

De tener libertad profesional y de tomar nuestras propias decisiones.

Ambos han sido autodidactas. 

Sí. Veníamos de mundos absolutamente apartados de la viticultura y la enología. Rápidamente empezamos a estudiar por nuestra cuenta y a leer mucho, aunque al principio necesitamos ayuda externa porque solos no podíamos con todo. 

¿Se arrepienten?

Estamos muy contentos con la decisión que tomamos, ya que estamos en contacto con la naturaleza. De hecho, es muy satisfactorio pensar que nuestras viñas contribuyen a mejorar el planeta.

¿Se siente privilegiada?

Totalmente, sobre todo por tener una empresa propia. Seguramente trabajo muchas más horas que antes, pero tengo la libertad de hacerlo como yo quiero y en lo que me gusta. Es satisfactorio tener un trabajo tan bonito en todos los sentidos, y disfrutar tanto del día que acudes a la viña como de las visitas con importadores y distribuidores. Personalmente, el mundo del vino me ha permitido conocer a personas de todo el mundo y muy interesantes, además de poder viajar. 

Vive a caballo entre Barcelona y Porrera. 

Sí. Cuando hicimos este cambio de planteamiento de vida, también nos planteamos mudarnos. Aunque Porrera nos encanta, no queríamos vivir en el pueblo todo el año y si nos hubiésemos mudado lo hubiésemos hecho a Tarragona. Entonces, por unos kilómetros decidimos quedarnos en Barcelona. 

¿Vivir en la ciudad ha sido una ventaja?

Sí. Por un lado porque hemos tenido tres hijos y la ayuda de los abuelos ha sido fundamental, y por otro porque los importadores con los que estamos en contacto quieren alojarse en Barcelona, aunque después visiten el Priorat. Además, desde hace muchos años hacemos distribución directa desde la bodega en la provincia de Barcelona y, entonces, vendemos directamente a restaurantes y tiendas especializadas. 

¿Qué expresan sus vinos?

Como creemos que el vino se elabora 100% desde la viña, la tratamos con mucho mimo y cuidado. Por ello, cuando iniciamos el proyecto decidimos dividir las parcelas en subzonas, según la altura, la orientación, la variedad, etc. Así, estudiamos y vinificamos cada zona por separado, observando cuál tiene mayor o menor rendimiento, la de mayor y menor calidad, etc. Esta forma de trabajar nos ha permitido elaborar cada uno de nuestros vinos directamente y de manera personalizada en cada parcela, como Clos Abella y Roca Roja, que tienen una producción limitada por vid. 

La bodega está integrada en el paisaje. 

Cuando la construimos queríamos que tuviese el mínimo impacto paisajístico, en línea con la elaboración de vinos sostenibles. 
En el ámbito familiar, está emparentada con la ilustradora Pilarín Bayés. Es mi tía y madrina, y una gran persona y artista. 

Olívia y Pilarín Bayés con los vinos Olbieta Blanco y Olbieta Tinto. FOTO: Cedida

¿Usted ha heredado esta faceta artística?

Manteniendo las distancias con ella, siempre se me ha dado bien el dibujo, he sido muy creativa y he aprovechado esta ventaja a nivel empresarial. Además, Marco Abella es una bodega familiar, por lo que soy la responsable del marketing y del diseño de las etiquetas. 

La etiqueta de su última línea de vinos Olbieta Blanco y Olbieta Tinto, elaborados en la Terra Alta, tiene como referencia artística Pilarín Bayés.

Sí. Mientras que en los vinos del Priorat tenemos algunas etiquetas en homenaje al pintor Josep Guinovart (1927-2007), quien fue un gran amigo de la familia, en los vinos de la Terra Alta, que son más frescos, jóvenes y expresan mucho el patrimonio y la tierra, nos hizo ilusión que Pilarín Bayés dibujase las etiquetas. Era una asignatura pendiente.

Ilustración de Olívia Bayés diseñada por la ilustradora Pilarín Bayés, que es su tía y madrina. FOTO: Cedida

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