Reus Munta i Baixa

El negacionismo y las uvas de la ira

Toque de queda. Más allá de conspiranoicos e irresponsables, tras la protesta late la dura realidad socioeconómica y la desesperanza

JOSEP CRUSET

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Concentración de protesta contra la implantación del toque de queda, el pasado miércoles por la noche en Reus. FOTO: CEDIDA

Concentración de protesta contra la implantación del toque de queda, el pasado miércoles por la noche en Reus. FOTO: CEDIDA

La segunda ola del coronavirus llega con un potencial desestabilizador muy superior al de la primera, porque impacta sobre una sociedad con demasiadas crisis económicas y políticas en ebullición. Cuando a la emergencia sanitaria y social se le añaden más restricciones a la actividad económica y la movilidad, que para muchos implican perder el sustento, un nuevo fantasma toma cuerpo: la ira de los desesperados por el presente y los desesperanzados por el futuro, a los que se suman lunáticos e irresponsables de diverso pelaje.

La protesta contra el toque de queda del pasado miércoles por las calles de Reus, convocada a través de las redes sociales y que acabó con algunos manifestantes desafiando el límite horario y provocando incidentes, es muy ilustrativa al respecto. Más allá de tratarse de una movilización hasta ahora inédita en la ciudad y de la limitada respuesta que obtuvo, lo interesante es el caldo de cultivo en que se generó.

Concentración de protesta contra la implantación del toque de queda, el pasado miércoles por la noche en Reus. FOTO: Cedida

Una semana antes se había activado en Telegram el grupo Toque de queda Reus que la promovió. Las primeras publicaciones difunden idearios como el de Denuncia Colectiva Catalunya –«contra todas las medidas anticovid y para recuperar nuestros derechos civiles y humanos; contamos con el apoyo de abogados y médicos por la verdad»– o Dulce Revolución de las Plantas Medicinales –la asociación del agricultor leridano Josep Pàmies que dice curar desde el cáncer al coronavirus–, aunque las noticias sobre la inminencia de nuevas restricciones animan rápidamente a los miembros a proponer acciones de protesta, espoleados por una concentración y corte de carretera realizada unos días antes en Cambrils.

De adolescentes a damnificados

Los miles de mensajes colgados en los días siguientes permiten trazar los perfiles de los participantes, una mezcolanza de conspiranoicos de la ciencia, la política y la educación hasta damnificados por el cierre de los establecimientos de hostelería, estética u ocio nocturno, que buscan canales para expresar su indignación. No tarda en llenarse también de adolescentes al encuentro de sus primeras experiencias revolucionarias y jóvenes rebotados cuya válvula de escape es el alboroto –«hay que liarla»; «¿vamos a quemar contenedores, sí o no?»–.

Los convocantes defienden desde el terraplanismo a la «ley natural» y exigen libertad

Los administradores asumen el liderazgo y los debates revelan sus ideas negacionistas –«no hay virus, borrego, el único que se contagia aquí es tu cerebro»; «velo con tus propios ojos, los hospitales están vacíos»– y hasta terraplanistas –«¿tú has visto que la tierra sea redonda?»–, envueltas en llamamientos en defensa de las libertades individuales y los derechos humanos. Aunque la palma se la llevan las apelaciones a ampararse en una llamada «ley natural» ante cualquier requerimiento de la policía. «No deis el DNI o mejor no lo llevéis. Decid que rechazáis ser personas jurídicas e identificaos como hombre/mujer libre».

La falta de libertad, que para parte de la audiencia se traduce en no poder salir de casa después de las 10 de la noche, es otra zona de derrape: «¿vamos a levantarnos contra esta dictadura?;«esto está siendo peor que un régimen comunista»; «parece que estemos en la época de Franco»...

Lecciones de vida

Más importantes y significativos que los dislates, son las visiones que aportan las personas que están sin trabajo, de los que sufren el cierre de los sectores en que se ganan la vida, de jóvenes hartos de bajos sueldos, inestabilidad y precariedad, de falta de oportunidades, de ausencia de horizontes... «Salgamos igualmente sea por lo que sea. Cada vez va a peor la situación, hay gente que no puede trabajar, nos obligan a cerrar los pequeños negocios y tendremos que seguir pagando todo igual sin tener ingresos».

Y entre estas historias, aparecen duras lecciones de vida: «¿Miedo? El miedo yo ya lo tengo en el cuerpo. Me han cerrado los bares, me han denegado la renta mínima garantizada diciendo que tengo contrato y es mentira. No tengo contrato desde 2019. Suerte de mi novio y sus padres ahora mismo. Por mi sola no tengo de nada. Miedo me da todo esto. Verme en la mierda».

Otras intervenciones llaman la atención por su inocencia, como la del adolescente que pregunta si «¿puedo llevar a mi padre, que es poli?». En este mismo sentido, deja atónito la de la joven que leyó un manifiesto en la plaza del Mercadal y que explica que su tía la llamó poco después para soltarle una reprimenda cuando vio el vídeo colgado en las redes sociales, especificando que el enfado de su tía obedecía a que es concejal del Ayuntamiento con competencias en la materia.

Unos y otros conforman el preocupante paisaje de esta nueva gran recesión, que invita a recordar a aquel de la Gran Depresión de 1929 retratado por John Steinbeck en Las uvas de la ira.

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