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La New York, una saga de artistas

Loli Alcaide inauguró un lugar de culto al baile hace 22 años y hoy sigue siendo referencia en salsa y bachata. Su hija Damaris y su sobrino Adrián han heredado esa pasión

Marc Libiano

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La New York, una saga de artistas

La New York, una saga de artistas

El comedor de la casa de Loli Alcaide se había convertido en un pequeño tablao flamenco con espejos en el que esa apasionada del baile, de talento artístico indiscutible, empezó a zapatear a sus primeras alumnas. También exponía sus conocimientos del jazz y del clásico. La casa de Loli se encontraba en el barrio del Carrilet de Reus y en ella empezaba a dar dolores de cabeza Damaris, una de las hijas que, sin apenas contar con uso de razón, ya movía su cuerpo con una naturalidad asombrosa. Heredó la vena artística de mamá. Iba a ser así con el resto de la familia. Damaris creció con la música y entre los ensayos de Loli, en una casa que transmitía arte en cada uno de sus poros. 

El invento se agrandó tanto que Loli necesitó espacio. Llegó a contar con cuatro locales, cada uno de mayores dimensiones y de forma progresiva para contentar a sus alumnos. Creó una especie de Academia con su propia firma. Se arrancó con el flamenco, pero el afán de búsqueda la llevó a experimentar con el baile de salón deportivo. Resultó un éxito. Sus hijos e incluso sus sobrinos realizaron carrera en ese ámbito. Llegaron a competir de forma profesional y a nivel internacional, con los gastos económicos que eso suponía, y a su vez se formaron para poder dar clases. En ese escaparate ya asomaban Damaris y Adrián, dos primos a los que solo la estatura les impedía ser pareja de baile en aquellos tiempos.

Hace justo 22 años, con Damaris en plena adolescencia y 12 de edad, se inauguró la sala New York, producto de esa demanda que había casi desbordado a su madre. El baile de salón, el gran reclamo. El nombre de New York surgió por dos pasiones. Primero responde a un paso del Cha Cha Chá. Luego se trata de un homenaje de la familia a la canción de Frank Sinatra, el himno New York.

La sala, situada en la carretera de Montblanc, tomó el relevo de la antigua discoteca Contrarreloj y hasta hoy perdura. Parece no disponer de fecha de caducidad. La New, tal y como la conocen sus adeptos, no pasa de moda. Sigue con una salud fascinante, aunque ahora en otra dimensión. Como auténtica referencia de la bachata y la salsa a nivel provincial. Y con Damaris y Adrián ya como pareja de formadores.

La saga de artistas no sólo la forman ellos dos. Dani, el hermano de Adrián, y Tamara, la hermana de Damaris, completan un círculo de bailarines con la misma sangre y las mismas raíces.

En la New York cada día hay movimiento. «Normalmente el que repite a venir un par de veces se acaba enganchando», confiesa Damaris.
El negocio familiar ha derivado hacia un rasgo más divertido y menos sacrificado, una propuesta que contiene, además, de un atractivo social muy marcado. En muchos casos ir a la New York no solamente se trata de un motivo para aprender a coordinar el ritmo, también para conocer nuevas amistades. De ese lugar, lógicamente, han salido muchas parejas, de baile y también sentimentales. 

La primera actuación
En el Teatro de La Salle quedaron inmortalizados los primeros pasos de Damaris, junto a la coordinación de su madre. Han pasado décadas de eso. «Era un desastre», recuerda la bailarina. «Mi madre tenía tanto trabajo que se olvidaba un poco de mí». Loli sigue actualmente al pie del cañón. No se hace para nada entraño verla en la New York impartiendo magisterio. Ella es el germen de toda una historia que no se ha apagado con el consumo del tiempo. Damaris adora su ocupación. «Mi trabajo me hace de terapia. A veces no paso por un buen momento, pero tengo que dar clases y eso me obliga a estar bien ante mis alumnos».

La influencia de esas inquietudes va a provocar que la saga, probablemente, disponga de continuidad en el futuro. Irina, la hija de tres años de Damaris, ya convive cada segundo con todo lo relacionado con el baile. «Tiene un armario con más vestidos que yo». Conoce la New York al dedillo, porque frecuenta ese lugar para visitar a la familia y, aunque todavía no puede entrar en clases, ya ha enseñado sus primeros pasos rítmicos con cierta destreza. Irina muestra lo mismo que enseñó su madre de pequeña y lo mismo que lucen sus tíos. Una pasión indomable por el arte.  

Aquello que empezó en la casa de Loli Alcaide, en el barrio del Carrilet d Reus, hoy se ha transformado una bonita expresión vital. 

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