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Reus DIARIO DE UN DESESCALADO

La competencia por convertirse en víctima

Diario de un desescalado. Ante el Covid-19, algunos políticos van de víctimas y perseguidos. Pero decir que nunca eres culpable también es decir que nunca eres capaz 

Josep Cruset

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Josep Cruset

Josep Cruset

El crítico Robert Hugues publicó en los años noventa La cultura de la queja, un ensayo sobre los efectos del omnipresente recurso al victimismo en el panorama sociopolítico de los Estados Unidos. «Acabamos por crear una infantilizada cultura de la queja, en la que papaíto siempre tiene la culpa», sostenía Hugues en el libro, cuyo subtítulo era Trifulcas norteamericanas. No hace falta que me extienda sobre las posibilidades de aplicar esta teoría a la España política de hoy y la abundancia de ejemplos que la ilustrarían. Incluso el citado subtítulo serviría con solo cambiarle el gentilicio.

Pero si existe una tesis premonitoria sobre la política catalana y española actual es la de la victimización como arma predilecta en la disputa por el poder, que Pascal Bruckner desarrolló en La tentación de la inocencia (1995). El filósofo francés advierte de que los ciudadanos y los políticos tienden a atribuir la responsabilidad de cuanto ocurre siempre a otros y compiten por convertirse en víctimas de todo tipo de agravios y sufrimientos, como baza para captar la atención, cargarse de razones o ganar elecciones. Pretenderse perseguido, avisa Bruckner, se convierte en una manera sutil de perseguir a los demás.

«Ése es el peligro: que la postura de víctima roce la impostura, que los perdedores y los humildes sean desplazados en beneficio de los poderosos, que se han vuelto maestros en el arte de colocar sobre sus rostros la máscara de los humillados», escribió Bruckner hace 25 años, aunque parezca un análisis sobre la actitud de los líderes de los países más afectados por el coronavirus o sobre las manifestaciones en los barrios más ricos de Madrid. 

«Si el dolor distingue a quien lo padece, hay una manera ostentosa de exagerar las más mínimas angustias que permite desplegar sobre los seres más cercanos una tenaz voluntad de poder», sentenció Bruckner, en una frase que bien podría haber escrito después de contemplar las fotografías de Isabel Díaz Ayuso emulando a la Virgen de los Dolores. 

«Hay dos maneras de tratar un fracaso amoroso, o político, o profesional: o bien imputándoselo a uno mismo y sacando las consecuencias que se imponen, o acusando a un tercero, designando a un responsable empeñado en nuestra pérdida», afirmó también el filósofo francés. Lúcidas reflexiones que adquieren plena vigencia a la vista de algunas comparecencias de Quim Torra, Meritxell Budó y otros presidentes y consejeros de comunidades autónomas con competencias plenas sobre la salud y las residencias de ancianos, y donde sus partidos se habían dedicado a recortar y privatizar la sanidad pública. 

La carrera política por proclamarse víctima de algo tiene multitud de precedentes últimamente en España. Con la consecuencia añadida de que a las verdaderas víctimas se las ha ignorado, utilizado o incluso menospreciado, como en el caso del 11-M. Esperemos que esta vez la respuesta del gobierno y de todas las administraciones interpeladas no sean cuentos chinos. Rendir explicaciones y aclarar responsabilidades son las obligaciones de los políticos, no huir de ellas.

Ante todo lo contemplado a raíz del Covid-19, lo que está por venir y lo que queda por escuchar, es bueno recordar otra de las conclusiones de Pascal Bruckner: «Decir que nunca se es culpable equivale a decir que nunca se es capaz».
 

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