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La estación intermodal en los tiempos de Leo Messi

Munta i Baixa. La certeza principal es que el acuerdo de los gobiernos del Estado y la Generalitat resucita un proyecto que estaba muerto

JOSEP CRUSET

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La estación intermodal al sur del aeropuerto prevé unir el epicentro del Camp de Tarragona con Barcelona en 30 minutos. Foto: Alfredo González

La estación intermodal al sur del aeropuerto prevé unir el epicentro del Camp de Tarragona con Barcelona en 30 minutos. Foto: Alfredo González

Era el año 2000 cuando un adolescente argentino llamado Lionel Messi llegaba a Barcelona para intentar ser admitido en el fútbol base del club azulgrana. Era el año 2000 cuando el Gobierno de España proyectaba resolver el enlace del corredor ferroviario del Mediterráneo con la línea de alta velocidad Madrid-Barcelona mediante una conexión en antena a la altura de Perafort y la construcción de una estación intermodal al sur del aeropuerto de Reus, para dar servicio a las dos principales ciudades del Camp de Tarragona y ejercer de estación central del territorio gracias a su posición geográfica y a los nudos de comunicación que convergen a su alrededor.

Más de dos décadas después, ambos asuntos vuelven a coincidir en el tiempo. Aquel futbolista rosarino abandona el Barça después de haberse convertido en el mejor jugador de la historia del club y el artífice de su época más gloriosa, mientras los gobiernos de España y de Catalunya vuelven a anunciar la construcción de una estación de alta velocidad junto al aeropuerto de Reus –y otra en Girona, ambas incluidas en el acuerdo de ampliación de El Prat– para apostar por la intermodalidad de estas infraestructuras y conectar con Barcelona en 30 minutos.

Las contradicciones sobre si la conexión será con el aeropuerto o con la ciudad de Barcelona, expresadas por la propia Generalitat a los dos días de sellar el acuerdo, no son la mejor garantía para una obra que ya se licitó en 2009 y de la que se inició el movimiento de tierras, hasta que la gran recesión la paralizó un año después.

Incertidumbres y recelos

La falta de concreciones sobre la estación anunciada ahora no ayuda, pero tampoco cabe esperarlas de un acuerdo político que se enmarca en planes y negociaciones que van mucho más allá, en este caso la reconducción de las relaciones entre Catalunya y España tras el estropicio derivado del proceso independentista. Un factor que implica incertidumbres añadidas, porque cualquier cambio en el escenario político podría repercutir en el esquema aeroportuario diseñado alrededor de la ampliación de El Prat y las gigantescas inversiones aparejadas.

Amén de los condicionantes y recelos medioambientales que conlleva el proyecto, tampoco ayuda la cultura del ‘no’ hacia las grandes infraestructuras instalada en parte de nuestra sociedad y cuyas motivaciones, fruto del resquemor hacia los poderes políticos y económicos, no hay que banalizar. Y menos cuando esta visión es compartida por responsables de instituciones como el Ayuntamiento de Barcelona.

En cualquier caso, opino que es mejor tener un hub de vuelos intercontinentales que no tenerlo y que es preferible competir con las regiones que juegan esta liga que en categorías inferiores. Una opción que, además, tiene una incidencia directa en la creación de puestos de trabajo y riqueza.

Los mismos argumentos y ejemplos podemos poner respecto a la aversión de determinados sectores hacia el turismo de masas y, en consecuencia, hacia los grandes equipamientos que lo fomentan. En este caso, la pandemia de Covid-19 ya nos ha demostrado con crudeza que la ausencia de turistas es infinitamente peor que su presencia masiva.

Pero sería bueno que los árboles de las incertezas no nos impidan ver el bosque. Desde esta semana, la estación que permitirá conectar el epicentro del Camp de Tarragona con Barcelona –a través del aeropuerto de El Prat, o no– es un compromiso avalado por dos gobiernos. Y cabe recordar que la intermodal ha estado clínicamente muerta durante una década. Incluso tuvo un conato de funeral en 2018 cuando el comisionado del Ministerio de Fomento para el Corredor del Mediterráneo aseguró que la estación no figuraba en los planes del Gobierno.

Es, por tanto, buen momento de reconocer la labor de quienes han seguido defendiendo esta bandera contra viento y marea, desde la Cambra de Comerç de Reus, a los grupos políticos del Ayuntamiento y los alcaldes y municipios que firmaron el Pacto para las Infraestructuras del Camp de Tarragona. Y a todos aquellos que sortearon dificultades todavía mayores, como Albert Vilalta, que rectificó el trazado inicial del AVE Lleida-Barcelona para que se adentrase hasta Perafort y así poder enlazarlo después con Tarragona y Reus; o los alcaldes Pérez y Nadal, que consensuaron la estación dentro de un amplio acuerdo ferroviario.

Y volviendo a Messi, recordar que bien está llegar a acuerdos y proclamarlos, pero luego hay que hacerlos realidad.

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