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La ley del mercado

El Carrilet. La lógica económica se impone con crudeza sobre el futuro del Mercat, sin que se planteen alternativas reales a la desertización comercial

Josep Cruset

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La ley del mercado

La ley del mercado

La ley del mercado rige nuestras vidas, pese a los diversos contrapesos que las democracias liberales aplican para atenuarla. El cine francés retrató una de sus expresiones más duras, el paro, en una película titulada precisamente La ley del mercado, que llevó a la gran pantalla la cruda realidad laboral a la que se enfrenta buena parte de la sociedad.

Y es también la ley del mercado, en un paradójico juego de palabras, la que ha sentenciado al Mercat del Carrilet, que cerrará sus puertas el año que viene. Nacido en 1983 para dar servicio a una de las zonas de mayor expansión urbanística de Reus a raíz de las oleadas migratorias y el boom demográfico de los años 60 y 70, fue también un ejemplo de la voluntad de los primeros ayuntamientos democráticos de dotar a los barrios de equipamientos públicos. 

Pero la ciudad y el barrio han cambiado bastante desde entonces. Y más aún lo han hecho los hábitos de los consumidores y los modelos comerciales, especialmente en lo que respecta a la distribución alimentaria.

Así las cosas, con una quincena de parada abiertas, cerca de tres cuartas partes del recinto desocupadas y problemas estructurales que hacen necesaria la reconstrucción del edificio, el Ayuntamiento ha decidido no prorrogar los contratos de alquiler de los paradistas, que vencen a finales de junio de 2021.

Los paradistas han adoptado los lazos negros como símbolo de su protesta contra el cierre del Mercat del Carrilet. FOTO: Alfredo González

Pérdidas

La lógica económica se ha impuesto con crudeza. Aunque las pescaderías, carnicerías y la pequeña relojería que allí subsisten sean rentables, no lo es la explotación del mercado en su conjunto. El consistorio aduce que tenerlo abierto le supone unas pérdidas de 220.000 euros al año, lo que va contra los principios de estabilidad presupuestaria y sostenibilidad financiera que deben cumplir los ayuntamientos.

La única solución planteada pasaba por encantar un supermercado que se instalara dentro del mercado, pero las gestiones realizadas con los operadores del sector no han dado resultados positivos.

El mantra del supermercado salvador parte de un informe encargado al Institut Municipal de Mercats de Barcelona, al que por su bagaje hay que darle crédito. Según este estudio, los mercados municipales sólo son viables si cuentan con un supermercado que ejerza de polo de atracción, ya que la experiencia demuestra que los clientes gastan más en el mercado si allí también encuentran un súper.
Según apuntó en su día el concejal Carles Prats en su defensa de la  actuación del Ayuntamiento, otro dato a tener en cuenta es que la mayoría de ciudades de una dimensión equiparable a Reus han acabado apostando por tener un único gran mercado municipal, a no ser que la configuración urbanística del municipio, con grandes barrios alejados del centro urbano –caso de Tarragona–, dé pie a la existencia de un segundo mercado que preste servicio a esas zonas.

Es un argumentario consistente y difícil de rebatir desde el realismo político y económico, por muy doloroso que resulte poner fin a los negocios con los que un puñado de familias se ganan la vida.
Como alternativa, a los paradistas se les propone trasladarse al Mercat Central, optando a la nueva oferta de concesiones. El atractivo o no de esta propuesta depende de las circunstancias de cada paradista y de cada negocio, con lo que habrá que esperar para hacer valoraciones. 

Medidas paliativas

Sin embargo, otros pronunciamientos resultan menos sólidos, como remitirse a las medidas paliativas enunciadas en el Pla d’Acció Municipal (PAM). Es improbable que un listado de objetivos sin calendario, presupuesto ni concreción –«dinamizar las diferentes zonas comerciales para que sean tramas urbanas consolidadas...», «potenciar los comercios de barrio y de productos de proximidad...»– vaya a cambiar sustancialmente la realidad social y comercial que se impone en el barrio, como en tantas otras zonas de la ciudad.

En el Carrilet abundan los supermercados, no faltan tiendas de productos frescos –como las prolíficas fruterías y verdulerías regentadas por inmigrantes– y la mayoría de nuevos establecimientos que atenúan la desertización comercial de las calles responden a un patrón similar –telefonía, peluquerías, kebabs, ropa...–. Mientras, los bares y terrazas que llenan la avenida del Carrilet siguen dando al barrio ese carácter tan popular que lo singulariza.

Es el dictado de la ley del mercado, cuya cara más negra, en el Carrilet y en todas partes, es la plaga de locales vacíos y persianas bajadas.

Las promesas de 2019

Lo menos justificable, sobre todo a la luz de lo que hoy sabemos, fueron las promesas electorales sobre el futuro del Mercat del Carrilet lanzadas durante la campaña de las pasadas elecciones municipales por los partidos que ya entonces gobernaban la ciudad.

Los políticos que fueron a retratarse al mercado ya sabían que la suerte del equipamiento estaba en el aire. Sus compromisos pecaron de frívolos, porque los contactos con operadores comerciales cuya llegada permitiera reflotar el Carrilet se habían iniciado en mayo de 2018 y pasado un año ya debían tener indicios de que aquello pintaba mal. 

Y no parece que el negro escenario que nos han presentado ahora pueda haber cambiado mucho respecto al que manejaban antes de las elecciones de 2019.

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