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Los ‘Hombres de hierro’ de la Sang de Reus

Tradición. La Congregació dispone de dos armaduras del siglo XVI que participan de la Semana Santa reusense portadas por dos voluntarios como gesto de penitencia 

Francesc Gras

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Imagen de una de las dos armaduras que salen en procesión custodiando al Sant Crist de La Sang.  FOTO: A. González

Imagen de una de las dos armaduras que salen en procesión custodiando al Sant Crist de La Sang. FOTO: A. González

La profunda tradición de la Semana Santa reusense le permite acumular decenas de capítulos históricos. Uno de ellos, sin duda, es el del Bon lladre y Mal lladre, conocidos también como los ‘Hombres de hierro’ de La Sang. Su presencia custodiando el Sant Crist de La Sang difícilmente pasa desapercibida entre los seguidores de la Semana Santa. Son dos fornidas armaduras de principios del siglo XVI que sobrellevan todos los años dos voluntarios a modo de penitencia.

El Clavari de la Reial Congregació de la Puríssima Sang, Francesc Pardo, explica que la primera mención que existe data del 21 de mayo de 1630 gracias a un inventario que se realizó en la época. De hecho, las armaduras figuran inventariadas con el siguiente escrito: «Item dos armesos, ço és, morrions, petos y espadàs». Hace apenas cinco años fueron restauradas y se estudió sus orígenes. Aún así, su relación con los dos ladrones que acompañaron a Cristo en su crucifixión no está definida.

Detalle del casco, restaurado hace unos cinco años. FOTO: A.G.

Todos los reusenses que se han enfundado las armaduras destacan que se trata de un gran sacrificio por el esfuerzo físico que requiere. Se calcula que pesan alrededor de unos 40 kilos (la del Bon lladre es algo más liviana) que se deben acarrear, en posición rígida, a los pies del Sant Crist durante las tres horas de función de la Agonía y en el recorrido de las procesiones del Viernes Santo.

Dosis de fortuna

La presencia de las dos piezas en la Semana Santa reusense es fruto, en gran parte, del azar. Y es que la Congregació poseía en el pasado diez armaduras de batalla similares, de las cuales, y por motivos que se desconocen, sólo se conservaron dos tras la guerra de la Independencia con los franceses.

 Éstas se pudieron salvar porque uno de los congregantes las tenía en su casa, según relata el libro que recoge las memorias de La Sang. Al parecer, la historia se repitió años después con la llegada de la Guerra Civil española y sus purgas al sector eclesiástico.

Pero en aquella ocasión, la versión más extendida que se recoge es que se salvaron de ser quemados junto al material que decoraba las iglesias porque se estaban reparando en un taller. 

Todas estas peripecias de supervivencia han permitido que, en la actualidad, las corazas estén consideradas como auténticas piezas de museo. De hecho, han sido reclamadas en varias ocasiones a lo largo de sus casi 500 años de historia. Por ejemplo, en 1841, la Societat Patriótica de Foment de la Il·lustració de Reus tenía intención de crear un museo y se dirigió a la Congregació para pedirlas prestadas. Una propuesta que la entidad aceptó a cambio de que la Junta de La Sang las pudiera recuperar cuando quisiera.

Otro evento histórico fue su participación durante el traslado de los restos mortales de Ramon Berenguer III a la Catedral de Barcelona a petición del historiador y archivero de la Corona de Aragón Pròsper de Bofarull. O en 1913, cuando el Centre de Lectura también las solicitó, en aquella ocasión, para poder exponerlas en una muestra de Arte Antiguo. Más allá actos puntales, las armaduras lucen fuera de La Sang estos días de Semana Santa, los únicos para poder apreciar todos sus detalles. 
 

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