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Los artesanos reusenses luchan por mantener vivos los oficios con más tradición

En Reus todavía quedan zapateros, tapiceros o afiladores, ejemplos de esfuerzo y supervivencia a la competencia

Carla Bergadà

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Enrique Piedra trabajando en su zapatería.  FOTO: Alfredo González

Enrique Piedra trabajando en su zapatería. FOTO: Alfredo González

David Mojón es afilador y tiene 42 años. Albert Caballero es tapicero y tiene 42 años. Enrique Piedra es zapatero y tiene 59 años. Los tres aprendieron sus oficios con 20, 19 y 15 años, respectivamente, y actualmente luchan a diario por mantenerlos pesé a que cada vez hay menos profesionales en sus gremios. La competencia, las opciones a mejor precio —y muchas veces, menor calidad— o el aumento de impuestos son algunos de los motivos por los que trabajos artesanales como los suyos podrían terminar desapareciendo. El Diari visita sus talleres para charlar sobre la situación laboral en la que se encuentran.

David Mojón regenta un local en la calle de la Victòria, Mojón Esmolats. Es afilador desde hace 22 años y decidió dedicarse a este oficio porque «era el negocio que estaba en casa». Él es la tercera generación. «O continuaba estudiando y buscaba un trabajo de lo que fuera o seguía con lo que siempre había visto hacer». Su abuelo llegó a Reus en 1957 y estuvo llevando a cabo el oficio por la calle hasta que abrió la primera tienda en 1960 en la calle La Mar, que unos años después trasladó a la calle Major. Tras jubilarse, el padre de David abrió el local de la calle de la Victòria, en 1982. Precisamente allí es donde ahora ejerce él. En el taller trabaja solo, aunque, recuerda, su padre llegó a tener empleados a su cargo. «Hay momentos puntuales de trabajo, pero no para mantener una plantilla».

Algo parecido es el caso de David Caballero. Abrió su negocio, Tapicería Albert Caballero, hace 23 años en la Avinguda dels Països Catalans. Es la segunda generación, aunque su padre tenía una tienda en el centro de Reus cuando él decidió tener su propio local. Quiso seguir con lo que había visto hacer en su casa porque le gusta el oficio. «Nunca me plantee hacer cualquier otra cosa», dice Caballero, quien actualmente lleva el comercio adelante solo, sin ningún empleado.

El taller de Enrique Piedra está en la calle Misericòrdia, Don Rápido. Tenía 15 años cuando empezó a trabajar como zapatero aunque su negoció lo abrió hace 35. Aprendió el oficio con un zapatero antiguo ubicado en la calle Doctor Frias. «Quise serlo porque era una salida y en ese momento era lo que había, no tenía muchas más opciones». Su abuelo se dedicó a ello pero no fue su mentor. Junto a él, llegaron a trabajar hasta tres personas, hace 25 años.

Albert Caballero en el local donde ejerce de tapicero. FOTO: Alfredo González

Reinventarse o morir

David Mojón hace recogida y reparto a domicilio para sus clientes, Enrique Piedra aprendió a hacer llaves y vendió plantillas y Albert Caballero se ha readaptado para tapizar cualquier tipo de automóvil. Los tres son el vivo ejemplo del «reinventarse o morir». «El oficio continua pero se ha ido perdiendo. La gente compra objetos baratos que no tienen calidad y no los puedes ni afilar», lamenta David Mojón. «Además, cada vez hay menos comercios como pescaderías o carnicerías, los pequeños locales eran nuestros clientes» añade el afilador. Aunque es optimista: «Trabajo hay, la duda es hacia donde van los mercados y las tiendas pequeñas, que van a la baja. Este potencial cliente lo perdemos, aunque también tenemos hostelería y hoteles».

Precisamente la incertidumbre por el futuro es un sentimiento que comparten los tres artesanos. Albert Caballero lamenta que hoy en día esté más de moda renovar un objeto que arreglarlo. «Todo ha evolucionado y tienes que adaptarte, pero la gente sigue necesitándonos. Ahora hay quien apuesta por arreglar lo que realmente vale la pena». «Es verdad, cada vez somos menos y no es un negocio remunerado, considero que no cobramos lo que realmente hacemos», confiesa el tapicero. «Si hubiera otra generación, sería un futuro totalmente incierto», acaba diciendo. 

Para Enrique Piedra, su oficio no se ha reformulado, «ha ido a peor». «El primer problema fue cuando la zapatilla deportiva pasó a usarse a diario. Para subsistir, hemos tenido que aprender a hacer llaves y a vender cremas y plantillas. Pero la ferretería hacía llaves a precios más bajos y en los supermercados puedes comprar plantillas», critica el zapatero. «Intentamos buscar una salida pero no la encontramos», zanja. 
A todos los problemas, cabe sumarle los impuestos que, según Enrique Piedra, «nos están matando; lo que estamos pagando es una barbaridad». De hecho, asegura que no habrá una tercera generación porque «no quiero que mis hijos tengan la misma angustia diaria que yo, que nunca sé qué caja habré hecho al llegar la noche. «Al oficio de zapatero le doy como mucho 10 años más», termina.

David Mojón afila en su tienda de la calle de la Victòria. FOTO: Alfredo González

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