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Los estudiantes se organizan para compartir coche cuando van a la ‘uni’

Alumnos y docentes coinciden en que se trata de una alternativa «cómoda», sostenible y útil a la hora de desplazarse

C. Valls

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Los aparcamientos de la URV tienen plazas reservadas para aquellos estudiantes que comparten coche. FOTO: alba mariné.

Los aparcamientos de la URV tienen plazas reservadas para aquellos estudiantes que comparten coche. FOTO: alba mariné.

Compartir coche se está convirtiendo en una opción que sacude el concepto de movilidad, pues se adapta a la flexibilidad de las nuevas demandas: el coche ya no es una necesidad prioritaria y algunos prefieren el pago por uso (carsharing). Se impone, pues, como iniciativa sostenible que rentabiliza el trayecto. Trasladado al mundo estudiantil (carpooling), en el que reducir gastos y compartir recursos está a la orden del día, el acuerdo entre particulares es de lo más habitual, especialmente si hay campus en los que las plazas de aparcamiento son limitadas.

Desde la Universitat Rovira i Virgili (URV), trabajan para potenciar un sistema que compatibilice la heterogeneidad de horarios para crear conciliación entre estudiantes con las mismas necesidades. «Hace cuatro años, nos adherimos a la red social de movilidad ‘Fes-Edit’, una iniciativa pionera  de la Universitat de Girona. Con ella, se reduce el uso del vehículo privado y se comparten plazas libres de aparcamiento en la universidad, reservadas para los que comparten», destaca el responsable del proyecto en la URV, Antonio de la Torre López. Aunque la aportación es «pequeña», siguen potenciando su uso y cada nueva promoción es informada de su existencia. «Es un servicio complementario que facilita el contacto entre usuarios y que dispone de sistema de valoraciones para generar confianza», acota de la Torre. Los usuarios aumentan de «forma tímida». Hay 670 de la URV registrados, aunque «eso no significa que estén todos activos últimamente». En los últimos 12 meses, se han realizado más de 600.000 km, «distancia que implica un ahorro de emisiones CO2 de unas 92 toneladas».

El acuerdo entre particulares sigue siendo habitual, sobre todo para aquellos estudiantes que no disponen de coche propio. Es el caso de la estudiante Jennifer Lozano, quien comparte coche con Adrián Hernández cuando han de dirigirse a la Facultat d’Economia i Empresa de la URV. Ambos son de Reus y afirman ir mucho más «tranquilos y cómodos» en transporte propio, «a pesar de haber una buena red de transporte público». «Cuando no coincidimos en horarios, nos lo comunicamos y hacemos tiempo en la biblioteca o la cafetería», dicen. La mayoría de estudiantes consultados prefieren ir por su cuenta en coche y, los residentes en Reus, prefieren disponer de «coche propio e incluso coger la bicicleta o el autobús, que nos deja cerca de la universidad». En las universidades de la ciudad, la tendencia a compartir vehículo ha sido ampliamente investigada. En 2017, tres investigadores del Departamento de Ingeniería Informática y Matemáticas de la URV, David Sánchez, Sergio Martínez y Josep Domingo-Ferrer, diseñaron la aplicación gratuita para móvil Co-car, actualmente retirada. «Nuestro objetivo era mejorar la sostenibilidad sin un tercero que hiciera negocio. Creamos un prototipo para comprobar la viabilidad de la tecnología. Como toda universidad, desarrollamos tecnologías y no productos, con lo que tuvo un ciclo de vida  limitado», explica David Sánchez.

La Escola Oficial d’Idiomes es otro centro de Reus que cinco años atrás quiso ponerse al día en el asunto. Habilitaron un sistema en el que los interesados escribían el punto de partida del trayecto y su horario. «Tiene poco éxito. Los estudiantes no se conocen y es difícil que se adapten. Compartir trayecto no ha de suponer un esfuerzo, pero seguiremos potenciándolo», añaden.     

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