Memorias de la nueva normalidad

Munta i baixa. Los reusenses dejaron atrás la epidemia de gripe de 1918 con el Carnaval más fastuoso y recordado. Veremos si la historia se repite 

Josep Cruset

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A la nueva normalidad se le ha unido el fin de ciclo como conceptos más recurrentes para describir el panorama actual, ya sea desde la perspectiva sanitaria, económica o futbolística. La crisis del virus es la realidad latente en la nueva normalidad, mientras el virus de la crisis es la subyacente en los fines de ciclo.  

Como no tengo respuesta a lo que nos deparará el futuro inmediato y el pálpito acerca del mismo es más bien negativo, he echado un vistazo al precedente histórico local más cercano en materia de recuperación de la normalidad tras una pandemia, por si el pasado aporta más positivismo que el presente.

¿Qué pasó en Reus tras la gripe de 1918? En primer lugar, es necesario recordar que la epidemia llegó en tres oleadas: la de primavera, la de otoño y la del invierno ya de 1919. En Catalunya, la peor con diferencia fue la que sembró de muertos el país entre septiembre y noviembre de 1918. Pensando en la actualidad, no está de más mencionar que las escuelas y la universidad permanecieron cerradas y el curso empezó con casi dos meses de retraso.

En cambio, la última oleada, entre febrero y marzo de 1919, pasó prácticamente desapercibida. Buena prueba de ello es que en esas fechas Reus celebró por todo lo alto el que sería el último de sus grandes carnavales de principios del siglo XX, y seguramente el más recordado por la espectacularidad de sus carrozas y las multitudes que acudieron a presenciarlo. Fue la edición en que la sociedad recreativa El Olimpo sacó a la calle la famosa y gigantesca reproducción de uno de los tanques que combatieron en la Primera Guerra Mundial.

La carroza ‘La Barca’ de la sociedad El Círcol desfila por la calle Sant Joan durante el Carnaval de Reus, en marzo de 1919. FOTO: El Círcol

El dineral de la neutralidad

El final del conflicto bélico marcó aquel Carnaval, pues la ciudad aún disfrutaba –o al menos las clases más pudientes– de los beneficios económicos que la neutralidad española reportó a la industria y el comercio reusenses, y que para los más aventurados fueron ingentes. 

Los historiadores sostienen que la mayor parte de esas fortunas se dedicaron a gastos suntuarios en vez de ser reinvertidas en modernizar y fortalecer las empresas o mejorar las condiciones laborales de los trabajadores. Y sin duda el Carnaval de 1919 fue fiel reflejo de la alegría con que circulaba el dinero entre la burguesía acomodada y, a su vez, en las sociedades recreativas, culturales y políticas coorganizadoras de la fiesta. En paralelo, las movilizaciones obreras plasmaban las tensiones sociales fruto de tan desigual reparto de la riqueza.

La historiografía también atribuye la excepcionalidad y opulencia del Carnaval de 1919 al hecho de que los de 1917 y 1918 se habían limitado a los bailes organizados por las sociedades, en contraste con el de 1916, considerado como el más fastuoso de la época. Tras ese paréntesis de dos años, se daban la voluntad y las circunstancias propicias para recuperar el modelo de gran fiesta, capaz además de atraer a multitud de visitantes.

Una variable que no ha sido tenida en cuenta hasta ahora es la influencia del final de la epidemia de gripe, apenas tres meses antes, en ese estado de ánimo. Una vez que conocemos de primera mano las penurias de una pandemia, quizá estemos en mejores condiciones para ponderar su posible influjo.

Un año fructífero

El punto culminante del Carnestoltes de 1919 fue el martes de Carnaval. Buena prueba de que la gripe ya debía darse por extinguida es que la comisión organizadora hizo un llamamiento a los comerciantes  e industriales para que concedieran fiesta a sus trabajadores ese día y así pudieran disfrutar de la gran cabalgata de la mañana del martes y de los bailes que se celebraron a continuación en una plaza del Mercadal abarrotada, en el que ha pasado a la historia como el último de los grandes carnavales anteriores a la guerra civil  y al largo paréntesis del franquismo.

La nueva normalidad de 1919 deparó realizaciones más duraderas que el reinado de Carnestoltes. Entró en servicio el pantano de Riudecanyes y su suministro de agua llegó a Reus; se inauguró el Institut de Puericultura del Dr. Frias, popularmente la Gota de Llet, cuya labor redujo drásticamente la mortalidad infantil en la ciudad; finalizó la construcción del Institut Pere Mata, referente de la atención psiquiátrica y gran obra modernista de Domènech i Montaner; Evarist Fàbregas y Eduard Recasens tomaron el control del Banc de Reus, desde el cual iniciaron la aventura financiera que dio origen al Banc de Catalunya y a la constitución de Campsa, Cepsa, el Banco Exterior de España... Aquella fue una recuperación fructífera de la normalidad. Veremos si se repite.

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