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Mujeres marcadas para toda la vida

Reportaje. Dos víctimas de la violencia machista explican cuánto sufren para llevar una vida normal. Dicen que las ayudas económicas son bajas y las órdenes de alejamiento ineficaces

Joan Morales

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Sofía, de espaldas, en las instalaciones del Servei d’Informació i Atenció a les Dones, en el Casal de les Dones de Reus. FOTO:alba mariné

Sofía, de espaldas, en las instalaciones del Servei d’Informació i Atenció a les Dones, en el Casal de les Dones de Reus. FOTO:alba mariné

«Esto no se ha acabado. Todavía hoy voy con miedo por la calle». El sufrimiento de las mujeres víctimas de la violencia machista no acaba cuando estas deciden dar el paso de dejar a sus maltratadores o cuando un juez impone a estos una orden de alejamiento, en muchos casos inútil. Las cicatrices serán profundas y estas mujeres estarán marcadas durante toda sus vidas por ese tiempo de tormento que tuvieron que pasar al lado de sus verdugos. Las administraciones se han puesto las pilas en los últimos años para proteger a la víctima y que esta tortura sea lo más llevadera posible. Pero todavía hoy existen puntos negros en la aplicación de la ley que convierten a las mujeres maltratadas en muy vulnerables.

Sofía (nombre ficticio de una de las dos mujeres víctimas de la violencia machista con las que ha hablado el Diari) hace cuatro años y medio que, en un gesto de enorme valentía, dejó al monstruo con el que había convivido tres años. «Agresiones físicas hubieron pocas, pero sí muchas amenazas y agresiones psicológicas. Era muy celoso y llegó a alejarme de todo mi entorno: familia, amigos... Hasta que no aguanté más y me fui al Ayuntamiento de Cambrils y les expliqué lo que me pasaba y me ayudaron desde el primer momento», explica Sofía. Después de dejarlo llegaron las persecuciones y las amenazas. Hasta que lo detuvieron, «pero salió en libertad y empezó otro calvario», recuerda esta mujer todavía hoy atemorizada.

La mayoría de víctimas tienen serias dificultades para acceder al mercado laboral

Todo aquel sufrimiento ha dejado en Sofía muchas secuelas psicológicas (miedo, ansiedad...) pero también físicas, que han sido determinantes para que perdiese su trabajo y hoy en día la única fuente de ingresos que tenga sean los 586 euros de la Renda Garantida de Ciutadania de la Generalitat. Sofía vive en un piso de emergencia en Reus (viviendas vacías propiedad de los bancos que, por ley, están obligados a cederlas para alquileres sociales) y recuerda que «las ayudas son básicas porque muchas de nosotras no tenemos acceso al mundo laboral. Pero el problema es que estas ayudas son muy bajas».

Está enormemente agradecida con el soporte que le están dando desde hace tiempo desde el Servei d’Informació i Atenció a les Dones (SIAD) del Ayuntamiento de Reus, pero también recuerda que «aunque los ayuntamientos paran el primer golpe (por ejemplo con los pisos de acogida), después hay mucho camino por recorrer».

Otra de las quejas de estas mujeres es la escasa utilidad de las órdenes de alejamiento. Tanto Sofía como Ángela -otra usuaria del SIAD de Reus- coinciden en que «son ineficaces porque nuestros agresores se las saltan. En mi caso existe una orden de alejamiento de 500 metros pero se la salta cuando quiere. Deberían llevar pulseras para cuando se acerquen demasiado», comenta Ángela.

En este segundo caso, la víctima tiene dos hijos en común con su agresor, siendo uno de ellos (la niña) menor de edad. Ello implica que cada 15 días el padre tenga un fin de semana para poder estar con su hija. La historia de miedo de Ángela al lado de su maltratador vivió sus primeros capítulos en Uruguay. Se conocieron jóvenes y se casaron jóvenes. Aunque en sus país de origen empezaron ya los primeros síntomas de que aquella relación iba a ser muy tortuosa, la mujer no le daba excesiva importancia ya que «en mi país hay mucho machismo y según que cosas se ven como normales. Hubo insultos, gritos... pero yo los veía como rabietas».

Con la llegada a Reus, previo paso por Barcelona, la cosa fue a más y lo peor de todo es que la mayoría de escenas violentas tenían como espectadores a sus hijos. «Con ellos nunca se metía y no llegó a pegarles, pero veían todo», recuerda Ángela. El punto de inflexión que la llevó a decidirse a denunciar fue cuando descubrió que su marido llevaba meses sin pagar el alquiler del piso y que la dueña les amenazaba con echarlos. «Me lo pensé mucho porque tenía miedo, pero mis hijos me animaron a hacerlo».

La denuncia conllevó un juicio rápido y una orden de alejamiento de 500 metros. Pero la historia no ha acabado todavía, de hecho «no acaba nunca», puntualiza Ángela. «Sigue la guerra con la niña. Por ejemplo, a mi hija se le venció el pasaporte y él tenía que firmar para poder hacerle uno nuevo y no quiere hacerlo».

El sufrimiento de los hijos
En un caso de violencia machista con hijos en común, estos sufren  como el que más, aunque «son impunes desde un punto de vista legal», se queja Ángela, quien recuerda que «mi hijo tiene 18 años y hoy en día es el más afectado por todo lo que ha pasado. Ha estado fatal y todavía hoy no lo ha superado del todo».

Igual que Sofía, esta mujer vive en un piso de emergencia de Reus y las dificultades para poder llevar una vida normal son mayúsculas. No trabaja y como su empleo era de media jornada cobra una Renta Activa de Inserción -a través del INEM, de 160 euros. Fuentes del Servei d’Informació i Atenció a les Dones del Ayuntamiento de Reus explican que «en este caso hemos pedido el complemento de la Renda Garantida pero se lo deniegan porque dicen que no lleva dos años vivienda en Catalunya, cuando esto no es cierto».

Mientras, Ángela, igual que Sofía y muchas otras mujeres cuyas vidas han sido destrozadas por sus parejas, luchan por sobrevivir con escasos recursos económicos y con dejar atrás unos fantasmas que amenazan con perseguirlas todas sus vidas

Depresión, ansiedad, algunas de las secuelas
Sara Seara, psicóloga del Servei d’Informació i Atenció a les Dones (SIAD) del Ayuntamiento de Reus, explica que las mujeres víctimas de la violencia machista sufren importantes secuelas psicológicas como «depresión, ansiedad, trastornos del sueño y de la conducta alimentaria, déficit de autoestima, etc». Desde su servicio trabajan para en una primera fase estabilizar a la míctima. Después viene el procesamiento y la resolución de las memorias traumáticas, para -finalmente- acabar con la reintegración (de la personalidad y con el entorno) y la rehabilitación.

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