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Priorat: ‘Els noms de la terra’

Clasificación. El Consejo Regulador ha presentado las nuevas categorías que distinguen entre vinos regionales, de villa, de paraje o de viña clasificada

E. G.

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El viticultor Álvaro Palacios y el presidente de la DOQ Priorat, Sal·lustià Álvarez. FOTO: ACN

El viticultor Álvaro Palacios y el presidente de la DOQ Priorat, Sal·lustià Álvarez. FOTO: ACN

Mucho antes de que se cotizaran en el mercado internacional, los campesinos del Priorat ya sabían que de la viña junto a la Ermita de la Consolació o de la Solana de Porrera podían obtenerse caldos excepcionales. También que en los años cálidos la villa de Morera produciría cariñenas frescas y minerales, mientras que de Gratallops saldrían garnachas cálidas y corpulentas. 

Ahora los viticultores de la zona quieren que esa sabiduría ancestral pueda ser valorada por quien descorcha una de sus botellas en Hong Kong, Toronto o Bruselas. Las nuevas categorías que ha presentado el Consejo Regulador distinguen entre vinos regionales, de villa, de paraje o de viña clasificada, además de otorgar especial protección a las cepas viejas. 

Con 2.000 hectáreas de viñedo y una producción anual que ronda los 5 millones de botellas anuales, esta pequeña región de Tarragona al abrigo de la sierra del Monsant tiene un peso escaso en el volumen de producción nacional, pero ha conseguido colocar un puñado de sus mejores caldos entre los más apreciados del mundo. 

Su apuesta por la viticultura de calidad o por la recuperación de variedades autóctonas hace 30 años se reveló pionera, como también lo es ahora esta nueva forma de clasificar los vinos, más parecida a la que rige el mercado internacional. Al fin y al cabo, de los franceses village, cru o grand cru han tomado prestados los catalanes sus vins de vila, paratge o gran viña.
La nueva clasificación «no es privativa ni prohibitiva», aclara el presidente del Consejo Regulador, Salustiá Álvarez. Aunque se podrán seguir etiquetando botellas bajo la DOQ Priorat, la denominación regional ampara ahora que se exhiba también la toponimia tradicional, especialmente cuando ésta sea sinónimo de unas virtudes especiales. 

Para ello se ha elaborado un exhaustivo catastro que subdivide la región en 12 villas, 459 parajes y hasta 1.500 viñas en función de los tipos de suelo, los microclimas o los flujos de uva tradicionales durante la vendimia, entre otros factores. 

Serán las bodegas quienes decidan si quieren mantenerse bajo el paraguas de Priorat sin dar más detalles o adoptar alguna de estas denominaciones, pero si lo hacen tendrán que cumplir una estricta normativa y someterse al criterio de comités de cata internos y externos. 

Al reforzar la identidad y reconocer los mejores pagos, buscan marcar un perfil alto que les abra jugosos mercados en el disputado negocio del vino. «Los nombres de la tierra son un tesoro patrimonial que lugares como Borgoña, Burdeos o el Piamonte han sabido mantener, pero en España en un momento dado se perdieron por la industrialización del campo y las denominaciones regionales; ha llegado el momento de recuperar esa historia», afirma el bodeguero Álvaro Palacios. 

La cima de la pirámide la ocuparán los vinos de Gran Vinya Classificada, «muestras muy escasas de talento natural e histórico, una conmovedora alianza entre capricho de la tierra y tradición que ha sabido salvaguardar hasta el presente las joyas vitícolas más exclusivas», reza la nueva normativa. De momento, el único candidato para obtener esa distinción es La Ermita, del propio Palacios, a más de 1000 euros la botella.

En los alrededores de la cumbre está la Vinya Clasificada, cuyas virtudes excepcionales hacen que su producción merezca ser embotellada aparte. Las escasas referencias que podrían lucir automáticamente este título son Clos Mogador, Mas de la Rosa y Mas d’en Gil, pero se espera que pronto soliciten su incorporación algunas más. 

Donde podrían aflorar decenas de caldos interesantes que hoy acaban mezclados en grandes producciones es en la categoría de Vins de Paratge, que identifica en cada pueblo cuáles son los enclaves que, por su orografía, su microclima o el tipo de suelo, tienen mejores condiciones para la viticultura. Por debajo de ellos estarían los Vins de Vila, que reflejan «la tipicidad del mosaico paisajístico de cada municipio», una categoría que está en vigor desde 2009 y fue el primer paso para esta nueva clasificación.

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